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INTERNACIONAL

Se profundiza la crisis política en Brasil: renuncia Sergio Moro, ministro de Justicia y uno de los políticos más populares del país

La dimisión de uno de los ministros más destacados del gobierno viene a marcar una nueva fase en el cuadro de crisis política que vive Brasil, poniendo a Jair Bolsonaro en una nueva encrucijada.

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Hace un tiempo planteábamos en un «live» de Diario Venceremos que la actual crisis global no es solo una crisis sanitaria, sino más bien la concatenación de tres expresiones de una misma crisis, las cuales podríamos categorizar en crisis sanitaria, crisis política y crisis económica. Cada una indivisible de otra en función de la concepción global de la actual coyuntura.

Esta concatenación de hechos que venían suscitándose desde mucho antes de la pandemia evidentemente no ha golpeado a todos los países por igual, pero dentro del actual contexto podríamos establecer cierta tendencia a profundizar los factores determinantes que devienen en esta crisis integral en aquellos países donde la ofensiva del capital estaba en ciernes durante los últimos meses.

Entre dichos países podemos encontrar a Estados Unidos, Ecuador, Chile o Brasil, siendo este último uno de los más afectados en el plano político por la pandemia, al develar ésta las enormes fisuras existentes dentro del bloque que sustenta al régimen de Bolsonaro.

Dentro de aquel escenario, hoy se ha escrito una nueva página de una crisis política que sólo parece profundizarse a medida que avanza la pandemia de Covid-19, ya que nos enteramos de la renuncia de uno de los ministros más importantes e influyentes del gabinete brasileño: Sergio Moro, ex Ministro de Justicia y uno de los políticos más respetados y apoyados por el pueblo brasileño, ya que fue uno de los líderes de la investigación conocida como «Lava Jato», que develó el mayor caso de corrupción en la historia de Brasil y que trajo como principales consecuencias la destitución de la ex presidenta Dilma Rousseff y el encarcelamiento del también ex presidente Lula da Silva durante 2018. 

moro anuncia su renuncia

Sergio Moro en la conferencia de prensa donde anunció su renuncia al Ministerio de Justicia. 

Las causas que explican la renuncia del denominado en su momento «súper ministro» de Bolsonaro son diversas, pero todas conectan de una u otra manera con la progresiva desintegración política a la cual se ha visto expuesto el régimen de Jair Bolsonaro durante las últimas semanas.

En lo particular, Sergio Moro explicó en una conferencia de prensa dictada al momento de abandonar su cargo que las razones que lo llevaron a tomar una decisión tan drástica eran principalmente políticas, acusando directamente al presidente de Brasil por interferir en sus labores, ya que este último había destituido recientemente al director de la Policía Federal, Mauricio Valeixo, sin consultar a ninguno de sus allegados. 

Según Moro, la decisión para destituir a Valeixo radicó en su cercanía al ex Ministro de Justicia y en los intentos del presidente brasileño por posicionar a alguien más cercano a su línea política en el cargo de director de la Policía Federal, institución que juega un importante cargo en la justicia brasileña al investigar delitos relacionados con corrupción, tráfico internacional de drogas y control de fronteras.

Valeixo

Mauricio Valeixo, destituido director de la Policía Federal de Brasil. 

Moro incluso fue más incisivo en sus declaraciones, al asegurar que Bolsonaro pretende tener acceso a «información privilegiada» que maneja la dirección de la Policía Federal en el marco de la investigación que sobrelleva la Corte Suprema acerca de un caso de corrupción que involucra directamente al hijo del presidente, Flavio Bolsonaro. 

La acusación, de ribetes mayores al dejar entrever que Bolsonaro intenta intervenir en una investigación que involucra directamente a su familia, viene a agudizar aún más la crisis política que se vive en el país vecino, la cual viene expresándose hace ya varias semanas.

Sin ir más lejos, hace sólo una semana Bolsonaro decidió destituir a Luiz Henrique Mandetta, quien fuera su Ministro de Sanidad y uno de los miembros del gabinete más valorados en su momento por las y los brasileños, debido a sus constantes desencuentros con el presidente respecto a la manera de manejar la crisis sanitaria, situación que terminó por costarle el cargo.

Si a esto sumamos los constantes desencuentros del bloque de apoyo a Bolsonaro con las autoridades de los principales estados brasileños – como Sao Paulo y Río de Janeiro – es posible avizorar el desmembramiento del pacto que llevó al ex capitán de ejército a la presidencia durante 2018.

¿Qué consecuencias puede traer aparejadas, en lo pronto, la renuncia de Sergio Moro?

Como habíamos señalado anteriormente, una de ellas es el posible desmembramiento del pacto que llevó a Bolsonaro a la presidencia; que estaba formado, entre otros, por sectores militares, políticos defensores del libre mercado, sectores de la gran burguesía, sectores de la ultra derecha y un enorme contingente de fuerza evangélica afincada en la Iglesia Universal del Reino de Dios. 

A modo de ejemplo, el día de hoy el diario Folha de Sao Paulo, uno de los periódicos más importantes e influyentes de Brasil, indicaba que altos mandos del Ejército que forman parte del gobierno estaban evaluando la posibilidad de retirar su apoyo al régimen bolsonarista, debido a que el presidente en ningún momento les consultó respecto a la destitución de Valeixo, siendo que este sector militar se estaba jugando la opción de que el director de la Policía Federal se mantuviera en su cargo por ser cercano a Moro, uno de los ministros mejor evaluados por el ala castrense del gobierno.

Como efecto dominó, la renuncia de Moro viene a agudizar ciertos conflictos internos del gabinete que parece estructurado en «bandos», de los cuales Moro y Bolsonaro conformaban partes distintas. En dichos bandos las desavenencias entre el Comandante en Jefe del Ejército, Edson Pujol, y el Ministro de Defensa, Fernando Azevedo, han sido conocidas, dando cuenta de la pugna existente en el propio seno de las fuerzas militares respecto a dar su apoyo o no a las medidas asumidas por Bolsonaro en medio de la crisis de Covid-19.

Por último, a este cuadro debe sumarse el alejamiento del Ministro de Economía, Paulo Guedes, de las decisiones asumidas por Bolsonaro, ya que las medidas ultra liberales propuestas por Guedes para sobrellevar la actual coyuntura han dejado de hacer sentido en la cúpula más cercana al líder bonapartista, siendo «congeladas» de forma provisoria. Los medios locales se aventuran incluso a proponer una posible dimisión de este Ministro, otro de los llamados «súper ministros» del régimen, expresando en todas sus fases la ruptura dentro del gobierno. 

El complejo matiz de re configuraciones en la estructura política de Brasil anuncia una agudización aún más tenaz de la lucha de clases en dicho país, ya que por un lado el presidente ha dado la espalda al electorado que lo llevó al poder en medio de la crisis; y por otro, «ensucia» también su imagen al revelar tentativas intervencionistas en aspectos ligados directamente a una investigación judicial contra la corrupción, siendo que uno de sus principales «eslogan» de campaña fue la lucha contra este delito.

Cacerolazo

Imagen de un «cacerolazo» contra Bolsonaro en Sao Paulo, los mismos que volvieron a reactivarse hoy exigiendo la dimisión del presidente tras conocerse la renuncia de Sergio Moro. 

En suma, se vuelve evidente que las condiciones para una profundización de la crisis y un ascenso de las luchas populares en este país están sobre la mesa, volviéndose claves los próximos días para comprender los alcances de todos estos acontecimientos.

Sólo a modo de colofón de esta nota, y en nuestra intención también de develar que la actual crisis del capitalismo es en realidad una conjunción de tres aspectos de la crisis ya mencionados, cabe señalar que el día de hoy la Bolsa de Sao Paulo nuevamente se desplomó en sus índices bursátiles, cayendo más de un 5% a consecuencia de la renuncia de Sergio Moro. Esta situación, de todas maneras, venía registrándose desde mucho antes, ya que los índices de aquel país vienen en picada desde el inicio de esta crisis integral.

Como vemos, Brasil demuestra transitar el mismo camino que Estados Unidos, y quizás en estos países es donde logra expresarse con mayor claridad la agudización de la lucha de clases y la profundización, en consecuencia, de la crisis política, que tienen a los gobiernos bonapartistas de Bolsonaro y Trump en una encrucijada de la cual les resultará difícil poder salir bien parados.

 

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Manifestaciones populares en Guatemala terminan con el congreso incendiado

Miles de personas salieron a las calles de la Capital guatemalteca a protestar contra las medidas de hambre del presidente Alejandro Giammattei.

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Este sábado se han desarrollado enormes movilizaciones en Guatemala. Miles de personas han salido por la capital del caribeño país a demostrar su descontento contra el recién aprobado presupuesto 2021 que recorta fuertemente el gasto social y pone en signo de interrogación la forma de enfrentar las problemáticas sociales que vive el país.

En ese marco de protestas populares no se hicieron esperar, pues dicho paquete de medidas enfrentan hoy el total rechazo del pueblo guatemalteco puesto que estas medidas estaban dirigidas a infraestructura con empresarios y deja de lado el combate a la pobreza y desnutrición infantil que afecta a casi el 50% de los niños menores de cinco años.

Son estas medidas del gobierno burgués de Alejandro Giammattei, que los y las manifestantes ingresaron al congreso, y según informan los medios locales lanzaron antorchas en su interior, lo que produjo el incendio al interior del edificio parlamentario.

Como en un reflejo, las protestas siguen agudizándose. Una vez que los manifestantes entraron al congreso, el incendio creció y los destrozos se multiplicaron.

En Desarrollo.

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Cuba es elegida nuevamente como miembro del consejo de DDHH de la ONU

“A pesar de la campaña de desprestigio, los logros de Cuba no pueden ser opacados”, así afirmaba Bruno Rodríguez, canciller de la isla, luego del triunfo electoral.

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Por Diego Chacano

Durante la jornada del pasado martes 13 de octubre, Cuba volvió a ser elegida por quinta vez como parte del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas; un órgano compuesto por 47 estados miembros quienes deben procurar la protección de los derechos humanos en todo el mundo.

A pesar de las contracampañas de parte de EEUU y ONGs, tales como Human Right Watch, la isla fue elegida con un total de 170 votos a favor, lo que equivaldría al 88% de los países miembros de la ONU. Situación que para el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, honra “(…) la autodeterminación y resistencia del pueblo cubano frente los graves obstáculos y amenazas que provoca la política unilateral de hostilidad, agresiones y bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos.”
Ante el triunfo en las elecciones, la cancillería de Cuba comunicó: “Es también un reconocimiento a los avances significativos que los cubanos han alcanzado en el disfrute de todos sus derechos y al amplio historial en materia de cooperación internacional en la esfera de los derechos humanos, demostrando, a través de hecho concretos, su inequívoca disposición al diálogo respetuoso, franco y abierto”

Con esta elección vendría a ser la quinta vez en que la isla ocupa un escaño entre los ocho reservados para América Latina y el Caribe en el órgano.

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La crisis en Bolivia se agudiza: protestas obreras e indígenas transcurren hace más de dos semanas

Las movilizaciones en el país hermano han plegado a diversos sectores de la población, que han encontrado en el derrocamiento del gobierno de Añez uno de sus principales objetivos.

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Imagen de portada: Agencia AFP.

Más de nueve meses han pasado ya desde la renuncia de Evo Morales durante el día 10 de noviembre de 2019.

El que había sido recientemente reelecto presidente por un cuarto período consecutivo, se vio en la obligación de abandonar su cargo frente la cristalización de un Golpe de Estado perpetrado por la burguesía blanca y los sectores reaccionarios y de derecha del país, quienes, aliados con las Fuerzas Armadas y grupos civiles paramilitares, generaron un clima de violencia e ingobernabilidad que transcurrió durante más de 21 días hasta volver la situación insostenible, obligando al líder del partido Movimiento al Socialismo (MAS) a renunciar y posteriormente escapar del país.

Durante aquellos días la resistencia al golpe de estado estuvo representada por sectores obreros e indígenas, ligados muchos de ellos al MAS, quienes en torno al eje conurbano de las ciudades de El Alto y La Paz intentaron plantar cara y detener la conflagración urdida en contra de Morales. Nada de ello resultó.

Las Fuerzas Armadas, en trabajo conjunto a numerosos grupos paramilitares financiados por los sectores más reaccionarios de diversas ciudades bolivianas, aplacaron y sofocaron los intentos de resistencia mediante el excesivo uso de la violencia, sólo días después de haber juramentado «que no iban a disparar ni atentar contra la vida de ningún boliviano». La respuesta represiva de estas fuerzas dejó como saldo decenas de bolivianos asesinados, siendo los casos más tristes las masacres de Senkata y Sacaba, que se saldaron con más de una treintena de fallecidos entre ambas.

Senkata

Féretros de fallecidos en la masacre de Senkata siendo trasladados en medio de la represión militar, una de las postales más icónicas y representativas que dejó el golpe de Estado en Bolivia. Fuente: El Ágora Digital. 

En aquel marco de acción llega Jeanine Añez al poder como presidenta subrogante. Su «gobierno de transición» se establece bajo la base de una descarnada represión hacia sus adversarios políticos, muchos de ellos representantes de los sectores populares de Bolivia. En aquellas acciones la presidenta de facto también jugó su parte, al emanar un polémico decreto que eximía de responsabilidades a los integrantes de las Fuerzas Armadas por sus acciones en dicho período, lo que les entregó un marco de acción fuera de toda regla.

Añez llegó al poder gracias a la conformación de un amplio bloque enemigo de Morales, compuesto por la burguesía santacruceña, sectores políticos opositores al MAS e incluso personajes ligados a grupos neonazis y de extrema derecha, como son los casos de Luis Fernando Camacho o el actual Ministro del Desarrollo Boliviano, Branko Marinkovic, uno de los principales protagonistas del golpe perpetrado en contra de Morales y las fuerzas del MAS.

Camacho

Luis Fernando Camacho – izquierda – y Branko Marinkovic, dos de los principales líderes del golpe de Estado perpetrado en contra de Evo Morales en noviembre del 2019. 

Este bloque, configurado sólo con el coyuntural objetivo de derrocar a Evo Morales y así acelerar medidas económicas neoliberales que les permitieran instaurar su propio dominio, desbancando a los sectores de la burguesía cocalera e indígena, comenzó a hacer agua prácticamente en el mismo instante que Añez asumió como presidenta subrogante.

Evidentes diferencias políticas, casos de corrupción, bajo apoyo popular y la sorpresiva candidatura de Añez a la presidencia de la República terminaron por minar la consistencia de un grupo que sólo encontraba puntos comunes en una sola cosa: iniciar una ofensiva hacia el proletariado boliviano para «neoliberalizar» el país y revertir las medidas asumidas en los años de gobierno de Morales. Pero, se encontraron con una problemática insalvable: el advenimiento de la pandemia.

A la fecha, Bolivia ha sido uno de los países más golpeados por la pandemia en el continente. Miles de muertos – algunos tirados por las calles -, un sistema de salud colapsado, escasez de insumos y una total incapacidad del gobierno para hacer frente a la crisis sanitaria terminaron por configurar un cuadro de absoluta incertidumbre para todo el pueblo boliviano.

Según cifras recogidas por CEPAL, hacia fines de año se estima que la pobreza extrema en Bolivia alcance porcentajes cercanos al 16,8 %, sumándose a una tremenda contracción del PIB cercana al 5,2%. Frente a este cuadro dantesco, el gobierno no ha hecho más que matizar la crisis mediante bonos y medidas sumamente coyunturales, con la expresa intención de no pasar a llevar a los círculos golpistas que fraguaron la salida de Morales de la presidencia. Su gran piedra de tope, empero, ha sido el propio carácter de «gobierno ilegítimo» con el cual pesan en gran parte del pueblo boliviano, quienes muy bien saben que Añez llegó al poder mediante el derramamiento de sangre de cientos de bolivianos y bolivianas.

Esta situación reactivó rápidamente las protestas en el país hermano, las que se agudizaron al conocerse un nuevo aplazamiento por parte del Tribunal Supremo Electoral de las elecciones presidenciales, desde el 6 de septiembre al 18 de octubre. De forma solapada, el constante aplazamiento de las elecciones mediante la excusa de la crisis sanitaria develaba la intención de Añez y los grupos golpistas de no dejar rápidamente el poder, sobretodo considerando que quien lidera las encuestas actualmente es Luis Arce, candidato presidencial del MAS.

Dicho aplazamiento fue el perfecto polvorín para detonar nuevamente las protestas en el país, las que a día de hoy suman más de dos semanas. Todo comenzó el día 28 de julio, cuando la Central Obrera Boliviana, tras una asamblea multi gremial en la ciudad del Alto, convocó a una movilización nacional en oposición al nuevo aplazamiento de las elecciones y el nefasto manejo de la pandemia por parte del gobierno. Rápidamente fueron sumándose organizaciones sindicales, estudiantiles e indígenas de diversas partes del país, las que decidieron radicalizar sus manifestaciones el día 3 de agosto coordinando una serie de cortes de ruta y caminos en las ciudades más importantes de Bolivia.

Corte de ruta

Masivo corte de ruta en la autopista que une las ciudades de El Alto con La Paz, el pasado 10 de agosto. Fuente: Reuters. 

El corolario de las jornadas de protesta con mayor masividad se saldó con más de cien cortes de ruta a lo largo del país, y la dinámica propia de la lucha de clases no sólo activó a los sectores movilizados, sino que también a la reacción. Tal como se pudo observar durante noviembre, grupos de civiles armados comenzaron a movilizarse por diversas ciudades del país con el fin de detener los cortes de ruta, iniciándose focalizados enfrentamientos en algunos sectores.

Frente a la agudización del conflicto, el ya mencionado «bloque de unidad golpista» terminó por desintegrarse definitivamente. Por un lado, sectores reaccionarios santacruceños representados por Luis Fernando Camacho – también candidato presidencial – llamaron abiertamente a solucionar el problema «mediante la movilización civil» si el gobierno no era capaz de darle solución. Por otro, el gobierno se ha mostrado impotente, incapaz de detener el digno levantamiento de miles de bolivianos y bolivianas contra el gobierno golpista, limitándose a ordenar a las F.F.A.A. a resguardar instituciones e infraestructura crítica.

Por el momento ningún intento de diálogo ha prosperado, y el actual escenario apunta a radicalizar aún más a las partes en disputa. Si bien los sectores de la derecha han denunciado la presencia del MAS detrás de todas estas movilizaciones, lo cierto es que las propias movilizaciones han sobrepasado la propia esfera de influencia del MAS.

Hace algunos días, por ejemplo, Evo Morales, desde su exilio en Argentina, llamaba a acelerar las elecciones presidenciales y deponer las movilizaciones violentas que apuntan a sacar a Jeanine Añez del poder para «resguarda la democracia en Bolivia», por lo cual, al menos de forma superficial, se denota que el MAS está jugando sus cartas a una salida institucional del conflicto.

Los sectores movilizados, agrupados en un «Frente de Unidad» y muchos de ellos no alineados con la influencia del MAS – como es el caso de la Central Obrera – son variopintos y apuntan a distintos objetivos, aunque uno que ha tomado fuerza durante los últimos días es el derrocamiento de Añez. Frente a este escenario, todo parece apuntar a que una salida pactada del conflicto sería el adelantamiento de las elecciones presidenciales, pero en aquel nuevo escenario la derecha golpista tiene mucho que perder si se cumplen las proyecciones que dan por ganador al candidato del MAS. 

Por lo tanto, un escenario que muchos analistas no descartan es la posibilidad de un «autogolpe», o por lo menos un retorno descarnado de la represión por parte de unas Fuerzas Armadas que han develado lo peor de su naturaleza durante estos últimos meses. Si aquel escenario no se ha desenvuelto aún es por diversos factores, entre los cuales se encuentran la propia incapacidad del bloque golpista en encontrar puntos estratégicos comunes, la mirada atenta del mundo a un gobierno catalogado por muchos países como «ilegítimo» y el propio contrapeso hecho por el pueblo boliviano, que en estos momentos está dispuesto a dar las batallas que sean necesarias para conseguir sus objetivos.

Todas estas condiciones se agudizan aún más debido al factor pandemia, ya que la incapacidad de los actores en disputa de resolver el conflicto termina por golpear a los más afectados por el avance de la enfermedad, ya que las escasas e insuficientes condiciones para afrontar la pandemia se tornan aún más deplorables en medio de la crisis política.

En suma, al parecer los caminos apuntan a una salida institucional mediante el adelantamiento de las elecciones en medio de la pandemia, pero lo cierto es que aún queda mucho paño que cortar en este conflicto; ya que, por una parte, comienzan a fraguarse objetivos mayores en ciertos sectores del pueblo boliviano que no apuntan sólo a una elección presidencial y, por otra, la derecha golpista no se quedará de brazos cruzados viendo como el MAS vuelve a ascender al poder menos de un año después del derrocamiento de Morales.

Seguramente se avecinan aún más batallas para el pueblo boliviano, y desde Chile, si bien tenemos las propias, debemos estar al pendiente de lo que suceda en nuestro vecino del nordeste, ya que el desenvolvimiento del conflicto en Bolivia puede marcar ciertas tendencias en el desarrollo de la lucha de clases dentro del continente. Y como siempre decimos, es ésta quien tendrá la última palabra.

 

 

 

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