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EDITORIAL

¡A reagrupar la organización popular! ¡Enfrentemos juntas y juntos al régimen!

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La “sorpresiva” victoria de Claudio Orrego, candidato de la DC, por sobre Karina Oliva, candidata del Frente Amplio por la gobernación de la Región Metropolitana, nos recordó una situación ya antes vista en la historia de las elecciones en el país: cuando la derecha, los máximos defensores del régimen capitalista, se ven amenazados, aunque sea un ápice en su dominio ideológico y económico, no dudan en apoyar a otrora adversarios políticos, haciendo gala de una fenomenal flexibilidad táctica.

De todas formas, frente a la situación ocurrida el pasado domingo no debemos engañarnos: la DC jamás ha sido un partido de centro y su histórica naturaleza basculante los suele situar hacia el lado derecho de la balanza, mientras que la candidata del Frente Amplio hizo gala de una enorme incapacidad de plantear un programa acorde a los intereses políticos e inmediatos de la clase trabajadora.

No sirve plantear propuestas para la generación “millenial” o “centenial” sin apuntar hacia problemáticas de fondo, no sirve tampoco ir a disputar una candidatura por la Gobernación con un dinosaurio político como Claudio Orrego; a fin de cuentas, el desinterés del pueblo pasará la cuenta. Y lo pasó, reflejándose en el minoritario porcentaje del padrón electoral que acudió a votar el pasado fin de semana.

¿Es la “flojera” de la clase trabajadora empobrecida la causante de que no saliera electo el “mal menor”? ¿Qué han hecho los partidos políticos del régimen y la izquierda democratizante para revertir el desinterés hacia las elecciones suscitado durante este fin de semana?

Consideramos que la clase trabajadora poco tiene que arrogarse de responsabilidad en la elección de Orrego, sino al contrario, el resultado de estas elecciones no es más que la cristalización de la profunda crisis en que se encuentra el actual régimen. Crisis que los tienen reordenando sus fuerzas, intentando oxigenar, a como dé lugar, su capacidad de gobernabilidad.

En estos esfuerzos, el “campo de batalla” por excelencia será la Convención Constitucional. A pesar de sus limitancias, y de que por sí misma no anida la posibilidad de desarrollar cambios revolucionarios en la sociedad, dentro de ella se desenvolverán las expresiones concretas de las disputas propias y más agudas de la lucha de clases, y la capacidad de “correr” o no el cerco del actual estado de las cosas generará agudizados conatos entre las fuerzas en disputa.

Frente a los meses venideros las reestructuraciones de las fuerzas políticas cobrarán aún más fuerza. Mientras los sectores de la derecha “dura” y los partidos políticos de la ex concertación buscarán alianzas y disputa directa con los sectores más a la izquierda, intentando evitar el “tsunami rojo”, seguramente los sectores reformistas intentarán poner el punto de balance y contención, pensando, a su vez, en las elecciones presidenciales de noviembre próximo, en las que todo parece vaticinar que disputarán palmo a palmo el sillón presidencial con la derecha. Empero, no debemos olvidar que el proyecto histórico de la socialdemocracia se encuentra en estos momentos en la bancarrota, imposibilitado de desarrollar su programa en las actuales condiciones políticas, por lo que no apuntan a nada más que una “mejor gestión” del sistema capitalista si llegan a salir electos.  

Dicho escenario nos tensiona como izquierda. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras el enemigo nos pasa por encima e impone sus condiciones dentro de la convención y las calles. Se vuelve fundamental reagruparnos, reordenarnos y desarrollar las capacidades de asestar golpes en los momentos oportunos.

¿Cómo podemos ir construyendo la fuerza propia del pueblo? ¿Cómo podemos iniciar esta fase de “reagrupamiento”? Una apuesta inicial es que en cada territorio deben ir generándose las capacidades para levantar Asambleas del Pueblo, órganos que fortalezcan la organización popular en la calle y designen sus mandatos hacia la Convención Constituyente, en clave de lograr que dicha convención adquiera una naturaleza soberana y deliberativa.

Para lograr aquello, se vuelve fundamental levantar las consignas centrales de la Rebelión Popular en todos los escenarios de disputa, agitar el derrocamiento de Piñera, la libertad sin condiciones a las y los presos políticos y el juicio y castigo a los violadores y violadoras de DD.HH. Todas aquellas consignas deben ser disputadas como puntos centrales de la Convención Constitucional, y la única forma que tendremos, como clase trabajadora, de presionar por su cumplimiento, será la organización y la protesta en momentos concretos.

En el transcurso del año se volverá fundamental unirnos a dichas convocatorias, tensionar las discusiones de la Convención mediante la protesta callejera y el objetivo último de la Huelga General. Mientras los sectores reformistas están jugando todas sus cartas a la lucha por la presidencia e incidir con sus propuestas en la discusión constituyente; los partidos de la ex Concertación se reagrupan y apuntan a salvaguardar, en parte, todo lo perdido; y la derecha intenta fortalecerse en la lucha presidencial y constituyente, como izquierda debemos también jugar nuestras cartas. Convencer a los más amplios sectores de la clase trabajadora de que otra salida es posible, que el actual régimen económico puede y debe acabarse, y que la única forma de lograrlo será mediante la organización y la lucha concreta en las calles.

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Un nuevo 11 de septiembre, y la memoria sigue más viva que nunca

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“Estamos condenados a recordar tanto, pero tanto espanto, que no hay canción ni escrito que alcance, porque el horror que pasa por los ojos se queda en el cuerpo, en las vísceras, en las entrañas, se mantiene en el tiempo, en la memoria y se propaga”.

Asamblea Internacional del Fuego.

Se conmemoran hoy 48 años desde el Golpe de Estado de 1973. Aquella fecha, que parece lejana en el tiempo, está incrustada a fuego en la memoria popular de todo un país.

Las y los compañeros caídos, el horror, las violaciones a los derechos humanos, la impunidad, los verdugos caminando campantes por las calles sin recibir castigo, el modelo económico creado como producto de la dictadura y tantos otros factores, hacen que el 11 de septiembre no sea una fecha como otra en el año.

Por más que el discurso de la burguesía, incluso también de muchas posturas progresistas y ciudadanistas, llamen al “perdón” y dar vuelta la página, cada año que pasa tras 1973 reafirma aún más la necesidad de mantenernos firmes por la senda de la memoria, la misma que niega la posibilidad de un “perdón” real.

¿Por qué se utiliza tanto la frase de “sin perdón ni olvido” durante estos días? Consideramos que por una razón muy simple: absolutamente nada ha cambiado desde el día en que la burguesía y las fuerzas armadas decidieron derrocar al gobierno de Allende y exterminar a las fuerzas de la izquierda chilena.

Se podrá decir que la violencia sistémica ya no es la misma, que las libertades individuales son un hecho en la sociedad y las y los gobernantes y representantes políticos son electos de forma democrática, pero hay también muchas evidencias que se posicionan, cual resabios, de la crudeza que en algún momento caracterizó la dictadura. Esquirlas de aquel período que quedaron incrustadas en la memoria de todo un pueblo.

Aún a día de hoy no existe reparación para miles de víctimas de violencia sistémica del Estado durante la dictadura. Aún a día de hoy se mantienen férreo el pacto de silencio de los violadores de derechos humanos, que no han querido ocupar el último resabio de dignidad en sus perversas vidas para decir dónde están las y los desaparecidos.

Aún, estando en pleno 2021, muchas y muchos cómplices de la dictadura caminan libres por las calles, e incluso se dan el lujo de ser presidentes del país y ocupar altos cargos de gobierno y empresariales. ¿Cómo habríamos de perdonar y olvidar bajo dichas condiciones?

Podríamos afirmar que, al menos, el carácter del Estado ha cambiado durante todos estos años, y muy atrás quedaron los años de la dictadura. Pero el curso de los hechos y el peso de la memoria han sido lo suficientemente fuertes como para advertirnos de lo contrario.

Desde los inicios de la “democracia” en los noventa, fraguados a sangre y fuego en contra de compañeros y compañeras de grupos revolucionarios, que tuvieron que pagar con sus vidas las migajas que actualmente estructuran esta sociedad, hasta los hechos de octubre de 2019, que nos recordaron que el Estado y la burguesía, cuando se ven amenazados, no dudan un ápice en echar mano de toda la violencia posible en contra del pueblo.

Muertos en la Revuelta y el Wallmapu, víctimas de trauma físico y ocular, cientos de presos políticos chilenos y mapuche que atestan las calles del país pagando exageradas condenas; no hacen más que refrendar que los hechos del ayer son, también, hechos del hoy.

Por más que se intente borrar la memoria con el codo, tirarla bajo la alfombra como si fuera polvo, esta aparece a cada paso de la lucha de clases, evidenciando cómo una clase no escatima en gastos para imponerse por sobre la otra si las coyunturas así lo ameritan.

Es por ello que consideramos que estamos muy lejos aún del olvido, más todavía del perdón. Pero con esto no queremos marcar tampoco una posición de víctimas, sino por el contrario, la memoria se construye también en la acción concreta, a fuego, movilización y protesta.

Muchas compañeras y compañeros que hoy son recordados como ningún otro día del año, murieron luchando por el socialismo, intentando derrocar al tirano y la dictadura en su conjunto. No fueron víctimas que esperaron en sus asientos la guadaña del verdugo. Así también muchas y muchos compañeros caídos y encarcelados en Wallmapu y los distintos territorios de Chile lo hicieron luchando por aquello que consideraban justo. En muchos casos también, su ímpetu permanece incólume incluso tras las rejas.

Por lo mismo, nuestro llamado como Diario Venceremos es a preservar la memoria a como dé lugar, pero desde una posición activa, no victimista ni aferrada al pasado, sino que, de forma dialéctica, comprendiendo que los hechos acontecidos en el pasado fraguan la sociedad sobre la cual hoy nos posicionamos. Así como cientos y miles de compañeras y compañeros lucharon por un Chile digno en la dictadura y otros tiempos, también a día de hoy debe ser esa la senda que marque nuestro camino.

Con palabras de este tipo queremos remarcar que la inmovilidad jamás será el camino desde el cual recordar y hacer honor a todas aquellas personas que se nos vienen a la memoria durante estas fechas.

Ya sea en una asamblea de barrio, un centro cultural, un espacio autogestionado, un sindicato, mediante una barricada o cualquier otra acción, durante todo el año y no sólo para septiembre, será siempre la mejor manera de poner en alto la memoria de aquellas y aquellos compañeros y compañeras.

Y la memoria, en sí misma, es un espacio de combate. Debemos preservarla, luchar por ella y por todos los espacios físicos y culturales que la conformen. Uno de los objetivos del enemigo será siempre intentar borrarla: derribar los espacios de memoria, las expresiones culturales que la sustentan, los relatos que le dan vida. Es absolutamente necesario evitar aquello.

Muchos edificios y lugares se conforman hoy como espacios de memoria, pero muchos otros permanecen aún ocultos, si es que ya no han sido derribados o intentan ser derribados – como Varas Mena 417 –, y es aquellos por los cuales hay que pelear.

Dicha memoria colectiva es de ayer y de hoy, se conforma con trazas de la dictadura, pero también del 18 de octubre, y de todos los procesos de lucha que ha vivido nuestro pueblo. Por lo mismo, es imposible no luchar por ella, hacerse parte de ella de forma activa y consecuente.

Aquel es nuestro llamado hoy, a 48 años del 11 de septiembre de 1973, a luchar contra la impunidad de ayer y de hoy, por el juicio y castigo a las y los violadores de DD.HH., por la libertad de nuestras y nuestros compañeros presos políticos.

No sólo durante septiembre, sino que durante todo el año. No hay mejor forma de recordar y preservar la memoria de todas y todos los caídos que esta.

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El planeta está en crisis, y el capitalismo es quien la produce

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Las últimas noticias respecto al cambio climático en el mundo nos han pegado como un baldazo de agua fría a toda la humanidad. Si bien existía consciencia de las profundas y negativas consecuencias que este traía aparejado a toda la vida en la tierra, aún prevalecía una suerte de esperanza de poder revertirlo, aunque sin lineamientos demasiado concretos respecto a cómo hacerlo.

Estas esperanzas, de una u otra manera, se vieron sepultadas hace dos semanas, cuando la ONU publicó su último informe sobre el cambio climático – compuesto por más de 3.000 páginas y hecho en base al análisis de más de 14.000 textos científicos –, en el cual concluyeron que el daño hecho a nuestro planeta es “irreversible”.

Por consecuencia de los gases de efecto invernadero, las malas gestiones energéticas de los países “desarrollados” y la voracidad de los capitales multinacionales, aquella lejana esperanza de no pasar el umbral de lo irreversible se esfumó con este informe.

Los cambios, según el texto, apuntan a un incontrolable aumento de las temperaturas a nivel global en las décadas venideras, provocado indiscutiblemente por la labor humana, en consideración de que estas temperaturas comenzaron su vertiginoso aumento a partir de la revolución industrial, situándose a razón de 1° Celsius de aumento en un poco más de cien años.

Este progresivo aumento de las temperaturas ha traído consigo un sinfín de negativas consecuencias, las cuales se hacen sentir de una u otra manera en todas partes del mundo: incendios forestales de magnitudes inimaginables – como los de Australia o Estados Unidos durante el último tiempo –, desaparición de grandes masas de agua y ecosistemas completos – como el lago Poopó en Bolivia –, o sequías interminables – como la que afecta a nuestra zona central desde hace años –; parecen ser el corolario de un escenario de tintes catastróficos a futuro.

Frente al problema que palpamos en nuestras manos, diversas son las voces que alzan la voz en pos de intentar, a como dé lugar, revertir esta situación, pero pocas son las que realmente apuntan al verdadero problema: el capital industrial y rentista, depredadores de los recursos naturales y la tierra.

Es sabido que, en un plano global, los países que más aportan a la contaminación son los que concentran mayores niveles de industrialización y explotación de recursos naturales[1]; los más “desarrollados”, dicho en lenguaje liberal. En un plano estrictamente socioeconómico, se sabe también que el 1% de la población más rica del mundo contamina el doble que el 50% más pobre de la población mundial. Es decir, menos de 65 millones de personas contaminan el doble de lo que contaminan 3.100 millones de personas.

La gran burguesía global, por tanto, contamina en planos diversos: mediante sus diversificados negocios industriales en todo el mundo, y a la vez, en base a su ostentosa vida plagada de lujos.

Más allá de los simulacros de conatos entre países desarrollados por limitar la contaminación global y apuntar hacia un “capitalismo verde”, lo cierto es que ningún gobierno está realmente dispuesto a poner un fin definitivo a esta problemática tan profunda.

En el caso específico de nuestro país, el problema es asumido como un tema de la sociedad en su conjunto, del cual todos y todas nos hacemos parte de una u otra manera. Se nos llama a limitar nuestras emisiones, a reciclar, a ducharnos por tiempos más acotados, a dejar el auto en casa cuando se pueda y vivir una vida de ciudadano ejemplar y “ecofriendly”, sin apuntar nunca los dados a los mayores detentores del problema.

Las problemáticas climáticas que atraviesa Chile son diversas, y si bien su aporte a la contaminación global es prácticamente nulo comparado con las grandes potencias industriales, las consecuencias de una explotación indiscriminada de nuestros recursos naturales se hace sentir desde hace años en las comunidades locales: contaminación de aguas en el norte por parte de la gran minería; sequía sostenida en la zona central que es azuzada por los grandes dueños del derecho al agua; contaminación de las aguas marinas por causa de empresas salmoneras y pesqueras en el sur; zonas de sacrificio repartidas por todo Chile debido a la acción de industrias de todo tipo; son sólo algunos de los problemas más profundos que deben enfrentar millones de habitantes en el día a día.

Por parte de las “autoridades” las respuestas han sido prácticamente nulas, en un sistema cruzado por la corrupción enquistada, que se refleja en lobbys y coimas de todo tipo para aprobar leyes que atentan en contra del medioambiente.

La última expresión de la indolencia del gobierno y las autoridades por resolver realmente el problema ha sido la aprobación, por parte de la Comisión de Evaluación Ambiental de Coquimbo, del Proyecto Dominga, un megaproyecto minero que, si bien se encuentra aún en disputa, atenta en contra de un ecosistema completo y único en todo Chile, por lo cual no ha tardado en ser calificado como un verdadero “ecocidio”.

Mientras proyectos de este tipo avanzan, a veces sin contratiempos, y senadores y diputados dan manotazos de ahogado al lado de congresistas títeres del gran empresariado, el gobierno insiste en apuntar hacia un “capitalismo verde”, capaz de reemplazar la matriz energética del país en un mediano plazo y así acabar, de un golpe, con el problema climático local. Nada más alejado de la realidad.

Las más grandes fortunas que se amasan en el país mediante la explotación de la tierra son totalmente identificables en dos actividades económicas en particular: la gran minería y la producción de monocultivo forestal. Una con presencia mayoritaria en el norte y centro del país, la otra principalmente en el sur. Actividades total y completamente respaldadas por los gobiernos de turno, por considerárseles “el sueldo de Chile”, aunque el real peso de sus ganancias sólo pueda observarse en un escaso grupo de súper ricos y capitales multinacionales.

Por tanto, si a los gobiernos y autoridades de turno les importa poco y nada las consecuencias de la problemática medioambiental, si los grandes capitales expolian y explotan nuestros recursos naturales día a día sin ningún límite, y la economía local y mundial se basa en torno a la explotación indiscriminada de la tierra, ¿Cómo nos toca a nosotras y nosotros, como clase trabajadora, hacer frente a este escenario de debacle?

Como Diario Venceremos consideramos que la consigna es clara y no da pie a medias tintas, tal como lo afirmaría Rosa Luxemburgo en los primeros compases del siglo XX: socialismo o barbarie. Nada se puede esperar del capitalismo en el afán de resolver de raíz la problemática del cambio climático y el medioambiente. Por más que se vista de verde, azul o el color de turno, el detentor y gran beneficiado del problema jamás atentará contra sus propios intereses.

La única manera de evitar, o al menos intentarlo, esta debacle medioambiental, es luchar por un nuevo sistema económico, un nuevo modelo de producción, en el cual los ciclos de super producción queden en el pasado para resolver las demandas más urgentes de todo el mundo, no sólo de lo que dicte el mercado.

En términos concretos, considerando el caso específico del país, la lucha es evidentemente de largo aliento, plagada de diatribas y nebulosas. No poseemos la fórmula exacta mediante la cual consideramos se pondrá un fin definitivo a la explotación desregulada de nuestros recursos naturales, pero sí creemos que es necesario observar los ejemplos triunfantes de comunidades que han plantado cara, y en muchos casos han vencido, a los capitales que hacen de la tierra un negocio más. Hablamos de Freirina, Aysén, Chiloé y la digna lucha de los sectores más radicalizados del pueblo mapuche. Hablamos de comunidades que, muchas veces con pocos o nulos medios, han puesto la dignidad por delante y han salido a las calles a exigir un buen vivir, poniéndole freno a los intereses de las empresas en el sector.

Independientemente del corolario que muchas de estas luchas locales terminaron desarrollando, cierto es que su ejemplo resuena aún a día de hoy, y nos recuerda una premisa que jamás deberíamos olvidar como clase trabajadora y explotada: nunca, en la historia, los problemas de nuestra clase se han solucionado apelando al sentido común de los explotadores. Nuestras principales ganancias se han conseguido mediante la movilización – sea esta o no violenta –, y a día de hoy, más que nunca, resuena la necesidad de reforzar la organización y la coordinación de los más diversos sectores que enfrentan la problemática ambiental en el día a día.

Si bien existen comunidades que, en la actualidad, son la viva imagen del abandono estatal frente al avance de megaproyectos industriales, mineros y/o forestales – como Til Til, Lota-Coronel, Quintero-Puchuncaví o la Araucanía – cierto es también que muchos de estos problemas comienzan a sentirse a lo largo y ancho del territorio. Específicamente en la Zona Central, por ejemplo, los expertos ya han anunciado que la escasez hídrica será el gran problema a sortear durante los próximos años, en consideración de las pocas o nulas lluvias que caen cada invierno en el valle central.

Una termoeléctrica en Quintero-Puchuncaví, la zona de sacrificio «por excelencia» del país.

La necesidad, por tanto, es ahora. Las consignas respecto a la lucha por el medioambiente deben redoblarse, encontrar lineamientos comunes y construir frentes comunes por donde se pueda. Se deben reforzar y tensionar las acciones en todos los territorios donde la violencia medioambiental se haga sentir con fuerza, respaldar la resistencia de las comunidades con hechos concretos, difusión, acción directa, autodefensa, etc.

Hay que reforzar a los sectores y coordinadoras ya movilizados por el problema medioambiental, engrosar sus filas y/o apoyar activamente, y apuntar, como una exigencia más, hacia la Convención Constituyente, para que pongan el problema medioambiental como una de las prioridades fundamentales a discutir. Sacándola de los voladeros de luces propios del régimen, que intentan cambiarlo todo para cambiar nada, poniendo en el centro la problemática fundamental de todo este asunto, la “viga maestra” que sostiene el avance del cambio climático a nivel global: el daño al ecosistema global causado por los grandes capitales; locales y multinacionales.

Sólo si identificamos a los verdaderos causantes de esta debacle, y los denunciamos y señalamos donde sea que vayan, podremos intentar, al menos, revertir la rápida vía hacia el despeñadero en la cual nos encontramos, y a la cual los gobiernos de turno harán, de seguro, la vista gorda.

Queda en manos de nosotras y nosotros, como clase trabajadora y explotada, hacernos cargo del problema. No en un sentido individual, de duchas más o menos largas y bolsas reciclables, sino apuntando hacia un sentido colectivo, hacia la organización común, para asestar golpes donde sea que se necesite a todos aquellos que intentan enriquecerse mediante la destrucción del planeta.


[1] https://www.forbes.com.mx/economia-10-paises-contaminantes-mundo/

https://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/1-poblacion-mas-rica-contamina-doble-que-mitad-mas-pobre_15913

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Recuperación de todo el territorio en Wallmapu, ¡Desmilitarización ahora! ¡Fuera las forestales de territorio mapuche!

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Ha pasado más de una semana de la muerte en combate del weichafe Pablo Marchant en Carahue. El compañero, destacado militante de la CAM y miembro del ORT Lavkenche-Leftraru, con su actuar consecuente marca el sendero de lucha no sólo para los sectores en resistencia del pueblo mapuche, sino para todas y todos quienes luchan por la emancipación de la clase trabajadora desde sus más diversas veredas.
La vía armada, la misma que tomó Pablo y siempre ha reivindicado la CAM y otras organizaciones en resistencia del Wallmapu, ha sido el canal al cual han sido empujadas comunidades y miembros del pueblo mapuche, por siglos de expoliación y explotación de sus recursos naturales por parte del Estado chileno y el gran capital, en los cuales la violencia estatal, e incluso el exterminio de comunidades, no ha estado ausente. Acá no estamos hablando de un enfrentamiento igualitario, con condiciones similares entre ambas partes, estamos hablando de la dignidad de un pueblo, con los medios que tienen a disposición, frente a la hegemonía de la violencia que ejercen día a día los sectores privados, amparados por las fuerzas del Estado.
Décadas de negociaciones e intentos de salidas pacíficas al conflicto no han sido fructíferos, sólo han consolidado la dominación colonial sobre los territorios y el pueblo mapuche en Wallmapu, dejando tras de sí un ínfimo reguero de tierras compradas por las instituciones encargadas de mediar esta problemática .

Por lo mismo, y en consideración de estos hechos, nos sorprende que ciertos sectores de la izquierda vacilante y la socialdemocracia pongan el grito en el cielo, condenando por todo lo ancho, el accionar bajo estructuras político militares de organizaciones como la CAM, WAM u otras, lo que implica, necesariamente, la utilización de armas para la autodefensa y el sabotaje.
Si las comunidades y organizaciones en resistencia tomaron, en algún momento, la decisión de alzar las armas, no fue por mero antojo o impulso de violencia sin sentido, es una decisión respaldada en función de la necesidad de resistir frente al despeñadero social y ecológico al cual los empujan día a día las forestales.
La negociación pacífica, el subordinamiento frente a las hojas de ruta planteadas por el gran capital, es una práctica propia de los sectores que tanto condenan la violencia “venga de donde venga”, descontextualizando las problemáticas y haciendo vista gorda a las fuerzas en disputa. Intentando observar el curso de los hechos en el país desde su óptica claudicante, desconocen que en el sur sí existe la convicción, por parte de muchas compañeras y compañeros, de resistir al capital en el plano concreto, no con meras declamaciones y palabras de buena crianza, como ellos y ellas suelen hacerlo.
La militarización a la cual ha sido sometido todo el Wallmapu no es más que la justificación concreta de dicho accionar, una expresión de cómo opera el brazo armado del Estado a disposición de los grandes capitales. Éstos últimos, no conformes con las más de 3,6 millones de hectáreas que poseen en territorio mapuche, buscan por todas las formas posibles acabar con las reivindicaciones ancestrales de dicho pueblo, que no es más que la defensa irrestricta de una forma de vida, de una manera de ver el mundo; alejada totalmente de la concepción capitalista y su depredación de la tierra. Si las forestales no han logrado dicho objetivo mediante la negociación y la subordinación de ciertos sectores, lo intentan hacer mediante otras tácticas, aún más cuestionables, como la militarización del territorio por parte de las fuerzas policiales, justificando esta ocupación en base a los falsos relatos del «narcoterrorismo» presente en la zona[1].


¿Cómo no habrían de resistir con todos los medios posibles, desde una visión integral, las organizaciones de vanguardia del pueblo mapuche?

Con palabras de buena crianza poco y nada se ha conseguido durante estos años, y mientras las comunidades intentaban destrabar sus demandas ancestrales por sus tierras, mediante la negociación y el diálogo, el avance de las forestales no detenía su paso, dejando tras de sí un preocupante reguero de desertificación y pérdida de flora y fauna nativa. Frente a un escenario de este tipo, que no ha cambiado sustancialmente con el paso de los años, todas y todos debemos vernos interpelados, mapuche y winka.

La muerte de Pablo Marchant ha tensionado, aún más, un escenario marcado por las diversas posturas en torno a la lucha del pueblo mapuche. La composición de este pueblo es heterogénea y representa una franja importante de la población del país, y mientras los sectores en resistencia llaman a no confiar en los meros “simbolismos” de la Convención Constitucional, desde su tarima, algunas y algunos convencionales, mapuche y no mapuche, intentan destrabar el conflicto mediante alocuciones e intervenciones varias.

Cierto es que las palabras de buena crianza, los simbolismos, las cartas o discursos rimbombantes no poseen la intrínseca capacidad de detener las balas que disparan las fuerzas policiales en Wallmapu o recuperar las tierras robadas por las forestales, por lo que se quedan cortas en el desenvolvimiento del actual escenario de la lucha de clases.

Con esto no queremos marcar, como Diario Venceremos, una postura que eche por la borda el trabajo de la Convención Constitucional, pero debemos ser consecuentes y expresar de la mejor forma posible nuestros planteamientos. En anteriores editoriales hemos dicho que aquel escenario es uno más de disputa, incapaz por sí mismo de acabar con el extractivismo o la militarización, por ejemplo; pero sí con la potencialidad de dinamizar, mediante su palestra pública y nacional, las contradicciones que en estos momentos atraviesa la clase dominante, las mismas que abren espacio a las luchas que el pueblo es capaz de desarrollar en las calles. Es un espacio sumamente limitado, que por sí solo no logrará ningún cambio sustancial o radical en el actual estado de cosas, pero no debe ser obviado por todo lo que expresa.

Todas y todos aquellos constituyentes que tomaron postura por el pueblo mapuche o chileno deben desarrollar las acciones debidas para que las consignas no queden solamente en palabras de buena crianza, sino que se reflejen directamente y con la mayor celeridad posible, en ganancias para ambos pueblos. Se debe ir configurando un escenario que permita la capacidad soberana de la Convención, sin necesidad de arrogar en los poderes del Estado decisiones tan importantes como la desmilitarización en Wallmapu o el fin al extractivismo de las grandes empresas forestales.

Esperar que este sistema, el actual régimen, avancen realmente hacia una solución del conflicto, no es más que ingenuidad política. Por lo mismo, nuestro llamado es a exigir las consignas mencionadas en nuestro título en las calles, mediante la solidaridad activa del pueblo chileno en las ciudades hacia los sectores en resistencia del pueblo mapuche, abandonar el rol de mero espectador y cumplir uno mucho más activo. Lo mismo esperamos de las y los constituyentes que representan los intereses de la clase trabajadora.

De lo contrario, de permanecer en la indecisión, en la inercia, no haremos más que entregar en bandeja la capacidad de dar el primer golpe a la burguesía, el cual siempre puede ser el más contundente. Tenemos que ser propositivos, se vuelve necesario revisar cuantas veces sea necesario el camino de nuestra lucha y no nublarnos frente a los cantos de sirenas que algunos sectores de la vieja política nos harán llegar, intentando vendernos, con prebendas y promesas vacías, las soluciones definitivas a un conflicto como el que se vive hoy en Wallmapu contra las forestales.

La única vía posible, en estos momentos, de resistir frente a dicho avance, es la que han trazado las organizaciones mapuche en resistencia. Es labor de todas y todos, desde nuestras tarimas – considerando también la Convención Constitucional – tender los puentes necesarios para apoyar a la misma y evitar su aislamiento frente al asedio del Estado. De lo contrario, las consignas por la desmilitarización, el fin al extractivismo forestal y la liberación de todas y todos los presos políticos – incluyendo a los PPM – no abandonarán el plano de simples “palabras de buena crianza”.


[1] Para más información respecto a esta idea del “narcoterrorismo”, visitar la opinión publicada en CIPER referente al tema: https://www.ciperchile.cl/2021/07/14/para-que-se-construyo-la-idea-del-narcoterrorismo-en-wallmapu/

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