EDITORIAL

Editorial | El fracaso y la derrota en la “Batalla de Santiago” por el gobierno

La salida de Mañalich da cuenta del total fracaso de la batalla de Santiago para el gobierno.

La salida de Mañalich de la cartera de salud es ya un hecho, ni las “felicitaciones” de autoridades internacionales, ni las cuarentenas transitorias, ni las tardías medidas adoptadas para frenar la pandemia lograron mantenerlo a salvo. Su salida, por lo tanto, da cuenta del total fracaso del gobierno en su “Batalla de Santiago” y la moneda de cambio para poder establecer un nuevo Acuerdo Nacional, que de al menos una legitimidad para seguir impulsando el programa de emergencia del gran capital, como ya lo hemos vistos estos días.

Esta situación, que se presenta como un colofón de un sinfín de errores y malas decisiones durante este período, casi como una “crónica de una muerte anunciada”, no debe engañarnos y hacernos pensar que estamos frente a una gran victoria. Se corta la parte más delgada de un larguísimo hilo, y Jaime Mañalich no era más que la cara visible de una decisión consensuada entre distintos actores.

Desde el inicio de la pandemia en el país, señalamos como diario que el gobierno parecía improvisar frente al curso de los hechos, demostrando una imagen de absoluta seguridad respecto a las decisiones tomadas para tranquilizar a la población, pero tapando los errores e indecisiones “debajo de la alfombra” para así no revelar su falta de capacidad en el manejo de la crisis.

En marzo, mientras Sebastián Piñera alardeaba con que nuestro sistema de salud estaba mucho mejor preparado que el de Italia, tras bambalinas se fraguaba el plan de emergencia, que no significaba más que un programa de medidas contra la clase trabajadora, que consistía en implementar medidas ajustadas a lo posible, a lo esencial, que considerasen el presente sin proyectar las futuras problemáticas desatadas por un más que seguro peak, para así tocar en lo más mínimo la economía de los grandes grupos empresariales que exigían su parte en el entuerto tras meses de afección económica producto de la Rebelión. Para esto, en conjunto  con los grupos económicos desarrollaron un plan de ofensiva contra la clase trabajadora y el pueblo, para poner sobre sus hombros el costo de la crisis.

Con Sebastián Piñera a la cabeza y Jaime Mañalich como principal estandarte de la implementación de estas decisiones, fueron sucediéndose uno a uno los pasos tomados para echar a andar la estrategia que les permitiera mantener contenta a la Gran Burguesía y a la vez “controlar” el avance de la pandemia. Pero dicha decisión, para desgracia del gobierno y todo el bloque que lo ha sustentado durante este período, iba a funcionar sólo en sus cabezas, ya que el azote de la más cruda realidad del ” país modelo” tardaría poco en aparecer.

Todo comenzó a fraguarse con la tristemente famosa “Ley de Protección al empleo”, como parte de su plan de ofensiva, que permitía a los empleadores cortar relaciones laborales con sus trabajadores debido a necesidades de la empresa, debiendo acogerse estos últimos al Seguro de Cesantía. Si bien dicha ley estaba pensada para las PyMes, rápidamente el engaño se develó tal cual era cuando grandes consorcios y holdings comenzaron también a acogerse a la misma.

Del mismo modo, a medida que se iba implementando este programa de ofensiva contra la clase trabajadora, el gobierno impulsaba una cartera legal para preparar los nuevos escenarios de movilización popular.

Y de pronto nos dimos cuenta que en Chile existía la cesantía y la precarización laboral, y que todo no era tal cual como nos lo pintaban.

Por mientras, alentados por el manejo de la pandemia y el escaso número de fallecimientos y casos positivos en el país, en abril los principales personeros de salud se esmeraron de sobra en instalar el concepto de “nueva normalidad”. Se habló de abrir nuevamente sectores estratégicos del comercio, de salir a tomar “un cafecito” con amigos; e incluso el alcalde Joaquín Lavín fue más alla y decidió reabrir el Mall Apumanque hacia fines de mes, para dar una señal inequívoca a todo el país de que la nueva normalidad estaba en marcha. Todo acompasado por las “cuarentenas dinámicas” del Ministro Mañalich, que según sus palabras de aquel entonces “eran la mejor opción para enfrentar la pandemia”.

Nada sirvió, la fuerza de los hechos terminó por derrumbar las intentonas de normalidad cual castillo de naipes. El Mall Apumanque volvió a cerrar poco después, y el rápido aumento de casos positivos en las principales ciudades del país terminó por sepultar la discursiva respecto a una “nueva normalidad”.

De un momento a otro, el gobierno y el Minsal debieron echar pie atrás y asumir que la pandemia comenzaba a descontrolarse, y que las cuarentenas transitorias no estaban surtiendo el efecto esperado. A mediados de mayo se declaró “cuarentena total” para toda la Región Metropolitana, con bombos y platillos daban inicio a la “batalla de Santiago” y, en vez de asumir los errores cometidos, los personeros de gobierno prefirieron culpar a la gente por el ‘mal comportamiento durante la pandemia al no respetar las cuarentenas.

A los pocos días, pobladores de uno de los sectores más vulnerables y olvidados de Santiago salieron a protestar exigiendo medidas urgentes, ya que estaban pasando hambre, dando inicio a la proliferación de ollas comunas y organismos para enfretar la crisis sanitaria. Como decíamos en párrafos anteriores, la triste realidad del “país modelo” se revelaba en toda su crudeza en medio de la crisis.

La digna protesta de las y los pobladores evidenció frente a todo el país, que un enorme número de trabajadores y trabajadoras debe salir día a día para poder trabajar, y si estas condiciones no existen y no pueden salir a ganarse el sustento el hambre tarda poco en hacerse notar. Para más remate, Jaime Mañalich profundiza aún más el descontento argumentando que “desconocía” la precariedad y pobreza que se vive en los sectores más postergados de la sociedad.

Y el gobierno, con los hechos a la vista, y con la posibilidad de asumir soluciones realmente satisfactorias frente a la crisis – como la suspensión del pago de servicios básicos, cierre de actividades económicas no esenciales o estatización de sectores privados estratégicos – decidió solucionarlo todo con la entrega de cajas de mercadería y escuálidos bonos de emergencia, como una acción improvisada en momentos en que las barricadas aparecían en los principales matinales del país.

Actualmente la crisis no ha hecho más que agudizarse. Desde inicios de junio los casos positivos no bajan de 4.000 al día – situándose el nuevo récord hoy domingo, con 5.013 casos reportados -, y los fallecimientos comienza a reportarse por cientos día tras día.

El descontrol de la crisis sanitaria sitúa a Chile en el 11° lugar de contagios a nivel global, mientras el gobierno divaga pensando que sacar a Jaime Mañalich sería su mejor salvavidas. Nada más equivocado.

Los grandes responsables son todo el Bloque de Unidad que decidió dar preferencia a sus negocios por sobre la vida de millones de habitantes. Son el gobierno, el oficialismo, el gran empresariado, la ex concertación y todos los sectores serviles a las pésimas decisiones adoptadas durante el último tiempo, y que ha tenido como consecuencia el genocidio del pueblo.

El actual contexto de pandemia ha definido con sutileza la profunda crisis actual que vive no solo nuestro país, sino que también el mundo. Así, la tríada de crisis sanitaria, económica y política ha determinado el escenario actual. El gobierno, como bien hemos dicho, tomó su decisión hace un tiempo atrás, y para enfrentar esta crisis integral lanzó una ofensiva de precarización contra la clase trabajadora, a partir de su programa de emergencia desarrollado veladamente por la burguesía.

Las futuras decisiones irán en el mismo tenor, visualizando un futuro totalmente incierto debido a las febles condiciones generadas por este sistema para contener la crisis. Al gobierno y la burguesía no les queda otra que prepararse para posibles escenarios de carestía y movilización mediante ofensivas paulatinas y estratégicas que les permitan mantener la escasa gobernabilidad que han logrado durante estos meses.

Estas ofensivas vendrán seguramente estructuradas desde un amplio espectro: legal, judicial, económico, represivo. Todo cuenta a la hora de mantener el barco a flote. Un primer gran paso fue el Acuerdo de Unidad Nacional suscrito entre amplios sectores, entre los que se encuentran los partidos tanto del oficialismo como de la oposición. Una especie de “espaldarazo” al mismo gobierno que ha ocultado cifras, ha lucrado con la crisis sanitaria, ha implementado soluciones insuficientes y hasta hace no mucho nos mataba en las calles por exigir una vida digna para todas y todos.

Lo peor es que buscarán subirnos también al barco, a una especie de “Teletón” nacional en la cual todas y todos debemos hacernos parte por igual para “salvar al país y la economía”, pero sabiendo que al final del show los perdedores seguirán siendo los mismos, y seremos nosotros.

Pero el pueblo ya no está para cuentos. Desde hace ya un buen tiempo la trillada discursiva de la “unidad nacional” para superar la crisis viene quedando obsoleta, porque no se olvida a los responsables del hambre, la miseria y las muertes provocadas no sólo en esta crisis sanitaria, sino que también en la Rebelión misma.

Como Diario Venceremos somos firmes defensores de que la única respuesta y posibilidad de superación de la actual crisis proviene de la propia organización popular, la cual ha aflorado por miles en forma de ollas comunes, comités de emergencia, centros de acopio y  expresiones de solidaridad de toda índole. Por lo mismo, apuntamos a la confluencia y cualificación de estas experiencias en un solo bloque, un Frente Único de Emergencia en el cual la unidad sea el estandarte del poder popular, con la capacidad de reemplazar o disputar el manejo de la crisis con la burguesía, por considerar que las soluciones propuestas por dicha clase sólo buscan el propio beneficio de sus negocios, llevando a la ruina a la clase trabajadora.

Una vez establecido aquel Frente Único, nuestras tareas serán arduas, y todas debiesen apuntar a superar esta crisis en beneficio de las y los trabajadores.

La principal será luchar por un Programa de Emergencia, en el cual se vean asegurados nuestros sueldos y condiciones dignas para las y los trabajadores de servicios esenciales. Nadie que no esté realizando un servicio esencial debería arriesgar su vida por brindar beneficio económico al patrón, como también la creación de un sistema único de Salud expropiando  a las grandes cadenas del negociado de la salud Privada, para lo cual, debemos expropiar a los grandes capitales y fondos de AFP, como la nacionalización de la banca.

Por último, mantener viva la llama de la auto organización popular, tan presente durante estos meses de incertidumbre y crisis sanitaria. Lo que nació en la Rebelión no debe soltarse jamás, y el llamado es a cualificar las experiencias de los Comités de Emergencia donde sea necesario; en territorios y lugares de trabajo por igual, como respuesta legítima a la crisis que no han sabido sobrellevar los poderosos. Abogando, además, por la libertad de nuestros y nuestras hermanas presos y presas políticos, tanto en territorio  chileno como en Wallmapu.

Como clase trabajadora hemos dado pasos de gigante para responder con nuestras propias manos a la crisis integral del capitalismo que actualmente se vive en el mundo, y la salida de ningún ministro debe engañarnos y desviarnos del objetivo final, ya que sólo son pastillas que buscan calmar nuestro descontento y desviar el foco de la atención hacia los verdaderos responsables de esta crisis. Además, es inaceptable pensar que Jaime Mañalich no pague por todos sus errores y acciones en esta crisis, siendo cómplice de datos falseados y dolosas omisiones.

Ya se les pasará la cuenta, por mientras el pueblo continúa movilizándose y organizándose, en la lucha porque esta crisis la paguen los verdaderos responsables. Es la hora del pueblo, organizado en sus organismos de ganar la Batalla de Santiago.

 

 

 

 

 

 

 

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