OPINIÓN

Memoria de la Resistencia |El primer apagón nacional y la quema de Renault

La memoria también es un campo en disputa, y no solo de historiadores, como algunos pelmazos han pretendido.

Por Guillermo Rodriguez

Nada ni nadie está olvidado, suele decirse en muchos discursos, frase bonita, aunque en la realidad el olvido es un manto terrible que va cubriendo hechos y procesos, de manera tal que las nuevas generaciones se forman imágenes distorsionadas de la historia que les antecede, muchas veces con arrogancia e ignorancia. La memoria también es un campo en disputa, y no solo de historiadores, como algunos pelmazos han pretendido. Los escenarios y las coyunturas son siempre diversos, sin embargo, en los hechos del pasado podemos encontrar pistas, señales, criterios, ejemplos, que pueden ser de alguna utilidad para el presente. Y uno de los temas mas recurrentes en el cotidiano, es la ausencia de unidad y de instrumentos que nos permitan avanzar, sobre todo cuando la pandemia ha sumido a no pocos en la desesperanza, la frustración y el desaliento. Cierto que los momentos son muy difíciles, que lo avanzado en organización, en determinación y formas de lucha aparecen cuestionado por el tremendo control social y represión que impera en estos momentos.

De alguna manera, en 1980, recién aprobada la Constitución pinochetista que nos rige hasta hoy, todo parecía muy adverso. La resistencia era muy débil, las organizaciones sociales recién rearticulándose. Existe la imagen de mucha resistencia en la época, pero ello no es tal. El terror desencadenado por la dictadura, los crímenes impunes, la violencia extrema desatada mantenían en retroceso cualquier intento de lucha de masas.
Bajo la conducción del MIR, no mas de una centena de compañeras y compañeros tratábamos de mantener la iniciativa que habíamos logrado asumir solo un par de años antes, reorganizando fuerzas muy pequeñas de militantes y construyendo estructuras para el trabajo político, cultural, social, miliciano y militar. No éramos muchos, ni mucho menos teníamos las condiciones materiales básicas para la lucha clandestina. Todo en contra y sin embargo existía la determinación y sabíamos que nadie haría lo que solo nosotros como parte del pueblo estábamos llamados a hacer. Un futuro incierto nos deparaba y habíamos asumido las palabras de nuestro ya extinto secretario general que nos había señalado que en la lucha se nos podía ir la vida, pero la continuaríamos hasta la victoria final. Hermosa frase, para vivirla no solo para pronunciarla. ¡Que disputa de cargos, de liderazgo se puede plantear en ese marco! La verdad es que los resistentes de esa época no teníamos ni para comer muchas veces, como otras tantas nuestras compañeras y compañeros que nos apoyaban no podían hacerlo mas y quedábamos sin recursos, sin vivienda, sin apoyo alguno. Lo que verdaderamente teníamos claro, que de ser detenidos seriamos asesinados, como ocurrió en la mayoría de los casos, sobre todo los combatientes de las guerrillas rurales intentadas, de las milicias y de las Fuerzas Centrales. ¿Sabía usted que lee este posteo que muchos soldados, marinos, aviadores, que habían sido apresados o exiliados eran parte de esas fuerzas que recién se construían? ¿Sabía usted que el primer apagón nacional producto de voladuras de torres fue realizado por las Fuerzas Centrales del MIR el 11 de noviembre de 1980?

Como responsable de las milicias en Santiago, fui informado pocos días antes de que esto ocurriera y ello nos permitió preparar una serie de acciones que serian realizadas por los grupos milicianos que estábamos constituyendo. Pero mi relato quiero centrarlo en una acción especifica que nos habla con claridad de lo que es realmente la lucha desde el pueblo mismo. El caso es que habiendo preparado ya las acciones milicianas, existía un compañero que era dirigente sindical, quemado, porque su hermano miembro del Comité Central había sido asesinado el año anterior. En lo practico el funcionaba apoyándonos en información y en la búsqueda de recursos. Al saber que venia el apagón planteo una acción muy simple que la haría solo, sin apoyo, sin arma alguna.

La noche del apagón mismo, las milicias tuvieron desigual desempeño: algunas lograron los objetivos que se habían planteado y otras no pudieron precisamente por la oscuridad total les impidió desplazarse o llegar a tiempo. El compañero en comento, salió de su casa en Maipú apenas se produjo el apagón, se traslado al camino de pajaritos rumbo a la empresa Renault, con un alicate corto una alambra protectora y entró al patio donde había centenares de vehículos nuevos, roció con combustible las brillantes carrocerías y dejando un rastro del líquido simplemente encendió un fósforo. Al día siguiente los principales titulares de prensa no hablaban del apagón y de la acción de la Fuerza Central, hablaban de los millones de dólares de perdida de esta acción realizada por Alejandro Olivares. Anexo mi intervención a un año de su muerte.

HOMENAJE A ALEJANDRO OLIVARES. Lunes 29 de septiembre de 2008

Estimadas compañeras y compañeros: Nos reunimos aquí en Maipú, cuna del recordado Cordón Cerrillos, en esta Junta de Vecinos, a pocos metros de la casa de la familia, donde habitó Alejandro Olivares, para recordarlo cuando se cumple un año de su partida. Lo hacemos como un ejercicio necesario que nos permite mantener la memoria y su ejemplo presente en los duros días que nos corresponde encarar, en un tiempo en que hay que luchar contra la amnesia, la insolidaridad y el individualismo, tiempo en que necesitamos reconstruirnos como pueblo con vocación de lucha y de poder, como pueblo pobre con proyecto. Y que mejor que hacerlo recordando la militancia de Alejandro, quien reunió en su vida terrenal una serie de características como padre, esposo, poblador, dirigente social, artista popular, dirigente sindical, militante revolucionario y combatiente miliciano de cuya trayectoria nos enorgullecemos quienes somos fuimos sus hermanos, parientes, esposa, hijos e hijas, camaradas y compañeros de lucha. Parte de mi historia personal está ligada a los hermanos Olivares. Me correspondió el privilegio de conocer a su hermano Juan en Cuba, en una escuela de instrucción cuando nos preparábamos para regresar a Chile de manera clandestina a sumar nuestro aporte a la lucha que comenzaba en el año 1978 a revitalizarse con las primeras acciones armadas de la resistencia y las acciones de masas que en los frentes culturales, pobladores y sindical ya brotaban enfrentando a los poderosos. Es alrededor del año 1979 cuando logré ingresar al país y sumarme a las Milicias de la Resistencia Popular conectándome con un grupo de resistentes de Maipú. Así conocí a Alejandro. “

Bigote”, el compañero que dirigía el grupo armó una reunión y pude conocer a un hombre fornido, macizo, con cara de bonachón quien era el segundo al mando del grupo miliciano que comenzaba a operar en esta misma zona realizando acciones de propaganda armada menor, reclutando resistentes, desarrollando redes, acopiando materiales e información. La casualidad hizo que un día, sin querer, haciendo un punto de contacto en la calle con Alejandro, nos encontráramos con Juan que ya había ingresado al país y que trataba de establecer una retaguardia mínima. Me tocó ver entonces el encuentro amoroso, fraternal, cálido de dos hermanos que no se veían desde largo tiempo y que luchaban ambos, desde la clandestinidad contra la dictadura. Juan no estaba en buenas condiciones de seguridad e intentaba conectarse con su instancia. Hicimos los contactos necesarios para que se conectara y ambos hermanos debieron separase una vez más para no producir los peligrosos cruces en la vida clandestina. A las pocas semanas nos enteramos que Juan había sido detenido y asesinado por la CNI quien presentó a Juan como un atacante del Cuartel Borgoñés que se movilizaba en una citroneta. Fue un golpe duro para la Resistencia haber perdido a Juan, quien reunía las mismas características que Alejandro como dirigente sindical, social, artista y creador popular y destacado militante del MIR, miembro de su Comité Central. Fueron días duros para Alejandro que no dejo por ello de militar y asumir su compromiso miliciano. Son decenas de acciones en las que participó Alejandro, destacando entre ellas el sabotaje realizado a la Planta de la Renault en ocasión del primer apagón nacional realizado por las milicias de la Resistencia Popular, acción de sabotaje realizada de manera sencilla, tremendamente simple y eficaz y que se tradujo en grandes pérdidas por más de dos millones de dólares a la multinacional que como otras tantas aprovechaba el retroceso de las masas impuesto por el terror y las armas de la dictadura para hacer sus negociados en nuestro país. Años después, estando encarcelado, pude reencontrarme con Alejandro en una visita que el realizó a la Cárcel Publica. Hacía ya bastante tiempo que Alejandro se había convertido en dirigente sindical, explorado los caminos de la articulación de los sindicatos formando parte de la estructura sindical del MIR. En medio de la lucha fraccional que se desató en la cúpula del MIR y que finalmente condujo a la desarticulación, quiebres continuos y diáspora de la organización que se había ganado claramente un lugar de vanguardia en la lucha revolucionaria, Alejandro mostraba una de sus más particulares facetas luchando por la unidad de los revolucionarios y participando de la discusión desde una visión de entender a la organización de los revolucionarios con humildad, como parte del pueblo y sosteniendo, al igual que Clotario Blest que la emancipación de la clase obrera y los trabajadores debe ser obra principalmente de los propios trabajadores, enfrentando por tanto las visiones mesiánicas, voluntaristas y también a quienes hipotecaban la autonomía de clases apostando a salidas subordinadas. Es que Alejandro era parte de la clase, no hablaba desde fuera de ella, su práctica cotidiana era hablando el mismo lenguaje sencillo y directo, sin los ideologismos y la soberbia que muchas veces vemos en compañeros y que tanto daño hacen. Quizás esas eran las mayores virtudes y cualidades de Alejandro, materializar la política revolucionaria desde la vida misma, desde la necesidad de comer y formar las ollas comunes, desde la necesidad de trabajar formando bolsas de cesantes, desde la necesidad de mejorar las condiciones de vida desatando luchas reivindicativas, organizando las fuerzas, desde la necesidad de vivir desarrollando arte comprometido a través de su canto y la guitarra. Nos volvimos a encontrar años después, cuando ya habían transcurrido tres gobiernos patronales de la concertación, en momentos en que la nueva CUT que él había ayudado a formar mostraba claramente la hilacha como departamento sindical del gobierno. Estaba muy enfermo, pero aún mantenía la alegría principalmente porque Varinia, su hija, presentaba en el Bandolero Durán sus canciones y canciones de su hermano Juan. Fue una velada solemne y ante nuestros ojos aparecía un hombre cansado pero que iba a luchar hasta el último aliento de su vida, como realmente fue. En los duros días del presente que nos toca enfrentar, que mejor homenaje que asumir el legado de unidad y lucha que Alejandro nos dejó. Sobre todo, cuando el Imperio entra en crisis y nos esperan duras horas porque con toda seguridad intentaran trasladar el costo de la crisis del capitalismo a los pueblos e intentaran mantener y acrecentar la guerra para desarrollar su industria militar y de alguna manera dinamizar su debilitada economía. Sobre todo hoy en Chile, en que modelo neoliberal que cumple 35 años de estar siendo implementado, comienza en su madurez a mostrar las grietas por las que podemos avanzar. En este tiempo, en que es tan necesario unir a los revolucionarios para incrementar las luchas que fracciones del pueblo ya desarrollan, el ejemplo de vida y lucha de Alejandro estará presente en las nuevas generaciones que ya comienzan a desafiar el dominio. Honor y Gloria para Alejandro Olivares, hijo de la clase obrera y del pueblo, sembrador de unidad y lucha.
¡Solo la lucha nos hará libres!

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