OPINIÓN

Opinión |Resquebrajar el confinamiento ante el encarecimiento de la vida

Por Eduardo Ulloa, Carlos Vergara y Diego Gutiérrez

La presente opinión tiene por objetivo develar la pauperización de las condiciones de vida de la clase trabajadora y el pueblo en su conjunto bajo el contexto de pandemia y cómo las organizaciones populares han respondido tomando como centralidad la solidaridad popular movilizada en experiencias de sanitización y de Abastecimiento comunitario. Por último, creemos que el proceso de encarecimiento de la vida se irá profundizando junto al colapso del sistema público de salud, condiciones que nos llevan a proponer la superación del estado de confinamiento con acciones directas que lo desafíen.

  1. PANDEMIA, NEOLIBERALISMO Y PROFUNDIZACIÓN DE LA PRECARIEDAD

Una pandemia recorre el mundo y a su paso no deja de develar que son lxs trabajadorxs y el pueblo pobre quienes sufren y sufrirán las peores consecuencias de esta crisis. Se multiplican lxs desempleadxs por doquier, 22 millones de cesantes en un mes en EE. UU, el desempleo en Israel supera el 27% de la fuerza laboral (desde un 3,4% en febrero), reportes hablan de 3,7 millones de parados en Francia, por tomar algunos ejemplos. Y los recortes en inversión social en países con políticas neoliberales disminuyeron la capacidad de los servicios de salud, que hoy se evidencia con el colapso de sus sistemas al enfrentar los desafíos sanitarios impuestos por el Covid-19. En resumen, el mundo capitalista se sostiene en base a la precarización de las condiciones de vida de las grandes mayorías. Y, por supuesto, el poder político pretende superar la crisis actual con más precarización.

Nuestro país, un “oasis” neoliberal, está en perfecta sintonía con esta tendencia mundial. El gobierno de Piñera, desde el inicio de su gestión de la crisis sanitaria, ha anunciado medidas que van, directa o indirectamente, en desmedro de las condiciones de vida de nuestro pueblo y en protección al gran capital, consumando un capítulo más de delincuencia capitalista y de ataque a la dignidad de todxs nosotrxs. El desempleo en marzo sumó 300 mil nuevos cesantes, aumento de un 38% respecto al mismo mes del año anterior (Dirección del Trabajo). Alrededor de 780 mil trabajadorxs se verán afectados por la ley de “protección” al empleo, sea por suspensión del contrato de trabajo o por reducción de jornada laboral, de acuerdo a proyecciones. Cifras confirmadas hoy por el anuncio de la Ministra del Trabajo respecto a 516 mil trabajadorxs que tienen contratos suspendidos. Es decir, más de un millón de trabajadorxs que verán sus condiciones de vida más precarizadas aún, sin garantía de que podrán retomar sus trabajos en los mismos términos anteriores. Y si consideramos a sus familias, tendremos más de 3 millones de personas afectadas, sólo considerando esta línea de análisis.

Una característica del capitalismo neoliberal es que hace rato dejó de prometer “pleno empleo”. Claro, porque una de las condiciones básicas para el desarrollo de la explotación en estos tiempos es la enorme masa de excluidxs que genera; personas que están fuera del mercado del trabajo, que esencialmente sobreviven con trabajo por cuenta propia o trabajo informal, o con un vínculo extremadamente precario con el mercado laboral, como son lxs trabajadorxs a honorarios. Se estima que en Chile este segmento supera las 3 millones de personas. En condiciones de pandemia y aislamiento social, sus posibilidades de trabajo se reducen al mínimo y sus condiciones de subsistencia decaen con fuerza. Ni hablar si sumamos a los dependientes de estos grupos familiares. El gobierno, respondiendo a presiones diversas, anunció un proyecto de ley para establecer un ingreso de emergencia que ayude a estos sectores. Todavía no se discute en el Congreso y aquí adicionamos otro factor: la oportunidad. Para enfrentar la pandemia en términos socioeconómicos, el gobierno ha hecho una serie de anuncios, pero ninguno se ha concretado, salvo el bono Covid-19 que ha comenzado a ser entregado hace una semana, que no resuelve el deterioro de las condiciones de vida; sólo ralentiza el aterrizaje forzoso. Además, no disponer de un beneficio cuando se necesita profundiza la precarización. En resumen, para un amplio sector del pueblo aplican las palabras de Jesús Aller al describir el escenario de la crisis actual, en que “a la miseria y la desnutrición crónicas (características del capitalismo neoliberal) se superponen hoy el calvario de la enfermedad, la maldición del confinamiento y la perspectiva del paro y el hambre”.

En su campaña comunicacional, en la danza de los anuncios, el gobierno ha destacado sus medidas de apoyo a la pequeña y mediana empresa, en conjunto, el mayor empleador del país. Según el discurso, comprometió millones de dólares para generar liquidez y ayudar a este sector. Una vía es la postergación de pagos de impuestos, pero el área más significativa es el apoyo crediticio. El mecanismo es que el Banco Central deje estos fondos a disposición de los bancos a tasa prácticamente cero, para que lo presten a las PYME. Sin embargo, no establece regulación ni fiscalización para que las entidades bancarias presten a su vez a tasas mínimas. O sea, los bancos harán su negocio en tiempos de pandemia y con dineros del Estado. El gran capital, dueño del sistema financiero sacará cuentas alegres en el oasis del neoliberalismo. Sin contar con que el gobierno de los ricos está considerando medidas para un apoyo estatal directo a las grandes empresas, proyecto que está en desarrollo. Hay que agregar que el gran capital ya se ha visto beneficiado con la política gubernamental en esta crisis; un número de grandes empresas (873, un 1,3% del total) se ha acogido a la ley de “protección” al empleo, lo que ha derivado en 151.568 trabajadorxs con contrato suspendido, 29% del total de trabajadorxs en esta condición, una proporción bastante alta considerando los mayores recursos que manejan estas empresas.

El pueblo en revuelta social no tuvo las condiciones para mantener la iniciativa política en esta crisis y haber puesto el escenario a su favor. No tuvo el suficiente desarrollo para enfrentar esta pandemia desde una perspectiva popular y de cambio social, de reorganización de la vida y de construcción de la dignidad. Sobrevenida la pandemia, llegó la desmovilización. Sin embargo, lentamente las organizaciones populares están retomando la lucha directa. Estos días hemos visto cómo se desplegó la acción callejera en diversas ciudades del país, así como también la acción represiva. En las semanas recientes, diversas organizaciones territoriales han retomado su actividad desarrollando iniciativas que van en la línea de ejercer la solidaridad en los territorios creando redes de apoyo, fortaleciendo la organización popular y construyendo los vínculos necesarios para articular la lucha desde lo local a lo regional y nacional.

  1. CUANDO EL PUEBLO AYUDA AL PUEBLO, ATACA AL GRAN CAPITAL

Semillas de poder popular en las experiencias de abastecimiento

El ciclo de movilizaciones a nivel latinoamericano ha ido en ascenso respondiendo ante el despojo de históricas conquistas sociales y del avance extractivista. Los territorios se han alzado experimentando diversas formas de lucha y organización, abriendo prácticas revolucionarias en diversas esferas de la vida.

En este comentado ciclo de movilizaciones se evidencian ciertas debilidades que debemos abrir al debate. Las enseñanzas de nuestra historia reciente, como señala Atilio Borón, está centrada en la práctica de la insurgencia de las clases subalternas, resumidas en: (a) la fragilidad organizativa; (b) la inmadurez de la conciencia política, y (c) el predominio absoluto del espontaneísmo como modo normal de intervención política[1].

Evidentemente, la experimentación política de las últimas décadas ha estado cargada de movilizaciones y consignas que contienen las deficiencias planteadas, pero es evidente que la rebelión popular de octubre abre un escenario político que permite observar con mayor claridad una propuesta que busca la superación del neoliberalismo. Esta propuesta avanza con dichas deficiencias, pero desde un sincero cuestionamiento: se ha transformado en auténticas prácticas de organización popular mediante Asambleas Territoriales que avanzan en la construcción de poder, enfrentando el brutal proceso de pauperización de la vida mediante la solidaridad popular. En definitiva, la irrupción de la rebelión de octubre constituyó una experiencia de cualificación como síntesis histórica de las movilizaciones que la precedieron, si bien conteniendo las deficiencias planteadas, pero en la tensión de prácticas políticas complejas que buscan subvertirlas.

Las experiencias de Abastecimiento y Solidaridad Popular justamente son subversiones de las deficiencias planteadas, abriendo una disputa directa con la hegemonía neoliberal. La alimentación constituye un pilar fundamental en la reproducción de la vida, por lo tanto, un ámbito de abierta disputa. Tal como sostiene Juan Corrales, participante de la experiencia de canastas agroecológicas del Nodo Sitio Eriazo: “por eso la Revolución Culinaria no es adorno sino pieza fundamental de la sociedad nueva por medio de transformados vínculos, entre ellos la familia, amistades, colectivxs, territorios, instituciones, mercados, etc. El poder está en la consciencia y el acto de ser comunidad”[2].

Esta sociedad nueva debe asumir un principio de reapropiación de lo arrebatado, de lo usurpado; volver a entender la vida desde una dimensión de autonomía y superación de las lógicas del capital. De forma clara, la sociedad nueva se cimenta en el poder popular, tal como lo comprende Miguel Mazzeo: “El poder popular es la expresión de una fuerza liberadora y transformadora que se retroalimenta a partir del desarrollo de la conciencia (y la confianza) de la propia potencialidad. Se trata de la autoconciencia del oprimido que identifica la del opresor… se trata de la autoconciencia de una comunidad consensual y crítica que a partir de la organización identifica los argumentos de los dominadores y los mecanismos de dominación para luchar contra ellos”[3].

Si bien las experiencias de Abastecimiento y Solidaridad Popular abren una esfera de esa práctica revolucionaria de concientización, es necesario que se avance en una lógica de articulación, que haga del ejercicio local un punto desde donde pueda irradiarse en la vinculación con un proyecto político revolucionario.

Históricamente, el lugar de la alimentación ha sido un punto subversivo de prácticas colectivas territorializadas. Desde las ollas comunes hasta las experiencias de las Juntas de Abastecimiento y Control de Precios (JAP), estas experiencias nos invitan a comprender que la ofensiva histórica del capital expresada en la imposición violenta del neoliberalismo también trastocó los patrones de consumo. “En los años 1980 se experimentaron los primeros cambios en los patrones de consumo de la población chilena, lo que redundó en el aumento de la obesidad. Esto se debió al aumento de la comida procesada, alta en contenido de azúcar y grasas. De acuerdo con diversos estudios la ingesta de calorías pasó de 2.630 calorías en 1965 a 2.872 a comienzos de los años 2000”[4]. En síntesis: la gordura y la pobreza contrastan con la delgadez y riqueza de quienes pueden elegir vivir sano.

La mercantilización de las esferas de la vida, amparada en la experimentación neoliberal, nos debe llevar a constituir respuestas que lo desafíen en un terreno de la totalidad y no desde los claustros de la parcialidad. La potencialidad de las experiencias de Abastecimiento y solidaridad popular radica, por un lado, en posicionar la alimentación como un lugar estratégico de disputa, y por otro, volver viable la capacidad política organizativa del pueblo para responder ante el proceso de precarización de la vida.

¿Quiénes pueden confinarse? La necesidad de quebrar el disciplinamiento sanitario

La arremetida de la pandemia Covid-19 significó la instalación de un discurso médico-sanitario que vehiculizó una ofensiva de precarización bajo el pretexto de la necesidad de confinarnos para protegernos de la propagación del virus. No buscamos relativizar la existencia del virus, sino cuestionarnos lo que esconde el privilegio del impulso del confinamiento, como también la protección de los grandes intereses económicos por sobre la vida de la clase trabajadora y por último, precisar las actuales experiencias de lucha en Putaendo y Antofagasta como posibles escenarios de resquebrajamiento del confinamiento mediante la lucha, porque, en definitiva, el desenvolvimiento del capital no conoce de cuarentenas ni de suspensiones, simplemente su ritmo frenético sigue en movimiento sembrando la explotación y la miseria. En su contraparte, no hay otra alternativa más allá de la construcción de la respuesta popular organizada.

La necesidad de cuidarnos desde la solidaridad popular

La arremetida de la precariedad que caracteriza al contexto actual, junto a la ausencia de una política de protección social que garantice las condiciones económicas para el desarrollo de un confinamiento posible, han sido afrontadas por el campo popular desde la organización territorial, desplegando campañas de sanitización y campañas de solidaridad como “el pueblo ayuda al pueblo”, fortaleciendo el proceso político que irrumpió en octubre. La pauperización de la vida ha sido asumida desde la solidaridad movilizada, provocando el posicionamiento de las Asambleas Territoriales como espacios políticos estratégicos que transforman el deterioro de las condiciones de vida en acción política colectiva.

Debemos cuestionar la obediencia del confinamiento porque de forma aislada no nos resolvemos; desde la comodidad del “mañana volverá el estallido” no hay ejercicio político subversivo. Hay que seguir amplificando las jornadas de sanitización de los territorios y del transporte público, procurando condiciones de seguridad, pero desde la responsabilidad colectiva. Por otro lado, evidenciar la imposibilidad del confinamiento implica asumir las condiciones paupérrimas en las que vive la clase trabajadora, en situación de hacinamiento y en la necesidad de trabajar diariamente para sobrevivir, no queda más que aseverar que el confinamiento es una expresión de privilegio que es funcional a los intereses del capital que se sigue desplegando, que neutraliza e inmoviliza la acción política. Bajo esta lógica, nuestra posición es protegernos desde la solidaridad popular movilizada desplegada mediante un ejercicio político colectivo.

Resquebrajar el falso confinamiento retomando la iniciativa política

Evidentemente nos volveremos a movilizar sin esperar la señal sanitaria de que están todas las condiciones dadas, eso es iluso y no sucederá. Ante esto debemos retomar la iniciativa política que perdió la movilización popular tras el “Acuerdo de Paz y Nueva Constitución”, e instalar la destitución de Piñera como una condición que permita el desenvolvimiento de una Asamblea Constituyente soberana.

Los ejemplos de movilización que comienzan a resquebrajar el estado de falso confinamiento tienen su lugar en el epicentro de la rebelión de octubre. Nos referimos a las intervenciones realizadas en Plaza Dignidad y, por otro lado, las irrupciones en la Cachimba de Antofagasta o la dignidad del pueblo de Putaendo enfrentándose a la gran minería. Compartimos que la profundización de la crisis integral del capital viene sustentada de un proceso de pauperización de las condiciones de la clase trabajadora sumado a la destrucción medioambiental, generando un escenario político que sobrepasará las medidas sanitarias de un idóneo y privilegiado confinamiento.

[1] Boron, Atilio. América Latina en la geopolítica del imperialismo. América en movimiento, Valparaíso. 2016.

[2] http://oktubre.cl/2020/04/20/entrevista-a-juan-corrales-miembro-del-colectivo-cocina-mestiza-y-precursor-del-proyecto-de-compra-colectiva-de-canastas-agroecologicas-del-nodo-sitio-eriazo-asegurar-el-abastecimiento-de-la-pobla/

[3] Mazzeo, Miguel. Introducción al poder popular “el sueño de una cosa”. Tiempo Robado editoras, Santiago. 2014.

[4] Yañez, Juan Carlos. Gobernar es alimentar. Discursos, legislación y políticas de alimentación popular. Chile, 1900-1950. América en movimiento, Santiago. 2018.

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