OPINIÓN

OPINIÓN|La pandemia original

Tal como una enfermedad, la altanería y la falta de conciencia por parte de algunos se propaga a altas velocidades y se vuelve un problema normalizado que repercute fuertemente en el resto de la población.

Por: Equipo DV Concepción

La pandemia a la que nos vemos expuestos desde que nos damos cuenta del orden social en el que vivimos, nunca va a erradicarse, o al menos, no se ve pronta a acabar. Basta con ver las redes sociales, que están más a la mano que cualquier otra situación de índole social-presencial. En esta se puede ver que el virus se fue con los amigotes a surfear el fin de semana o que de nuevo se fue a un viaje al medio oriente a sanar y reencontrarse.

Nunca hemos prestado demasiada atención a eso, a menos que haya sido por un evento específico o que alguien cercano esté en contacto con esas burbujas (porque eso son, burbujas).Ahora bien, en tiempos de incertidumbre y desesperación nos vemos expuestos a otra pandemia que esta vez no había sido detectada en humanos hasta diciembre del 2019. Pero, ¿qué conexión existe entre ambas? Se apunta a que el virus número uno, trajo a Chile el segundo.

No me arriesgaré a ser tajante y escribir que así fue, pero la verdad, no lo veo como una posibilidad errada, ¿o podrá ser que el cabro que está endeudado y trabaja a dos turnos para pagar su casa, las cuentas y la educación de sus hijos se haya dado una vuelta por España o Estados Unidos? Juzgue usted mismo. Es bien sabido que el dinero no es el problema de fondo en esta situación. Es decir, no es culpa del niño la situación económica de la familia en la que ha nacido, ni la educación que le han dado sus padres (o la empleada); el problema llega cuando sus acciones poco premeditadas salen a la luz en redes sociales, y tachan de “picante” al que piensa lo contrario a él, porque “mi papá es abogado y la demanda no va a demorar en llegarte ‘perrito’”.
A raíz de esto, reluce la poca conciencia del virus número uno. Me explico y pongo lo anterior en contexto: el presidente en cadena nacional anuncia la suspensión de clases, prácticamente sin excepciones, en todo el país para que se pueda llevar a cabo la cuarentena. Extraña, pero no sorpresivamente, es el ambiente ideal para que el primer virus se expanda y salga de la comuna o región bajo la consigna de “vamos a hacer cuarentena a la playa / mi cabaña en las termas / cualquier otro lugar”, porque esta parece ser la segunda parte de “las vacaciones que nos dieron los rotitos desde octubre del año pasado”.

Ejemplar del virus uno, se va a Cachagua. De su familia, nadie llegó con síntomas de las vacaciones, pero no lo sabrán después de 5 a 14 días. En ese período, el virus uno ya habrá contagiado al que atiende la botillería porque “se nos acabó el pisco ‘perrits’ ”.

En esta misma línea, otro ejemplar opta por quedarse en la casa a hacer cuarentena, pero le exige a la niñera y a la nana trabajar, porque la casa no se mueve sola, y si crees que sí, “Intenta trabajar desde casa con tres niños”. Y ninguna de las dos se puede negar, porque hay que poner el pan en la mesa, por lo tanto, toman la micro de las siete de la mañana, que va llena (porque no pueden llegar tarde a trabajar), sin antes haber ido a dejar a sus hijos a la casa de alguien más para que los cuiden. Pero hay otros que son “#humanitarios” y dejan que la nana se vaya a su casa, total, si se contagia, la despiden y el virus uno corre a la clínica más cercana a hacerse el examen, porque tiene la plata para hacerlo.

No se trata de odiar a la gente adinerada, porque es de conocimiento público que la plata te da comodidades y facilidades para vivir; se trata de que utilicen esta ventaja como un arma y les dé aires de superioridad frente al que tiene que esperar meses por una hora para el hospital o frente al que se endeudó para pagar la universidad.
Pero, indiscutiblemente la falta de lógica y sentido común de la pandemia original llegó a su límite cuando arribó el segundo virus,donde por redes sociales, se quejaron sin cesar sobre cómo los supermercados que ellos tanto habían defendido, armados y con chalecos amarillos durante los meses de rebelión popular, hace unos días los dejaban prácticamente a la deriva por no reponer los elementos de aseo que ellos mismos habían vaciado de las góndolas del barrio alto.

Dime tú, persona de apellido alemán,¿qué vas a hacer con veinte litros de cloro? ¿Vas a limpiar ahora lo que no limpiaste en años?Y el espectáculo se ve lejos de acabar: basta con ver las noticias, donde se ven menos de 50 personas enojadas, bajándose indignados de sus camionetas y jeeps porque los mismos pobladores de la ciudad de destino electa para pasar la cuarentena, cierran el paso para evitar la entrada de nuevas personas y potenciales sospechosos. Se trata de ver que la Pili está prácticamente en un viaje de autodescubrimiento porque partió una palta por primera vez en la vida, ver que la Mari de los Ángeles tuvo que lavar su ropa porque no está la Nancy e incluso antes de todo esto, escuchar que “con el Benja y el José teníamos todo planeado para ir al Lolla”. Pero aún así, con toda esta barbarie detrás, una de las mayores formas de hipocresía, para una mujer al menos, está el ver a la Trini con un pañuelito azul en la marcha del 8 y 9M, justo cuatro meses después de que fuera al extranjero por una apendicitis (a propósito, ese día no estábamos todas, faltaba tu nana).

Personalmente, admiro a la gente común y corriente que tiene que relacionarse con ellos y no enloquece en el intento. Claro, pueden sacar en cara cuantas veces quieran que esa clase social a la que pertenecen mueve al país económicamente hablando, pueden explicarle al flaite sobre ingeniería comercial y todo lo que quieran, pero no pueden exigir igualdad o respeto, cuando ellos mismos, como el virus que son, no practican los valores que según ellos, escasean entre la gente como nosotros. Exigir igualdad es fácil cuando los pungas que hacen (o hacían) barricadas cortaron la calle y no vas a poder ir a hacer crossfit después de haber ido a comprar el último IPhone, pero tomaste una foto y escribiste “y dónde está mi derecho de vivir en paz?” para subirla a estados de WhatsApp.

No hablo desde la envidia o el odio, porque no sé dónde voy a estar el día de mañana y tampoco sé qué clase de personas me rodearán; hablo desde la decepción, la vergüenza y la rabia al ver que el caballero del negocio más cercano a la playa va a tener que atender porque al grupito de malcriados se le ocurrió ir a surfear, porque el paco que le pegó un lumazo al cabro que andaba fotografiando la marcha de la semana pasada, estará escoltando la próxima marcha del rechazo, y porque una mínima parte de la población de este país, puede ser capaz de infectar de un virus a todos los demás, simplemente porque se niegan a vivir como el resto de los mortales.

No pediré disculpas por documentar la realidad en un par de líneas, ni tampoco gastaré más tiempo y palabras en ejemplificar más de lo mismo, pues sería ocupar espacio innecesario: basta dejar de leer y volver a la cotidianidad de las redes sociales para encontrarse con un caso así, explícita o implícitamente.

Tampoco me disculpo por no ser rubia, ni seguir los estándares sociales de una élite política que cree que el único camino es tener una casa gigante en barrio exclusivo, tener nueve hijos y casarse entre primos. Pero definitivamente, no tengo por qué disculparme por lo que pienso: al igual que la actitud de aquellos infectados con el virus uno, mi opinión -aquí expuesta- es todo menos humilde.

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