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Opinión |La continuidad de la guerra fría en la propagación del anticomunismo

O vivir como en Estados Unidos, o vivir como en Rusia. O ganar el pan como hombre libre, o ganarlo como simple ruedecilla esclava sin alma de la inmensa máquina estatal. He aquí el designio que se jugará para la humanidad en la próxima guerra mundial.                                         

(Héctor Rodríguez de la Sotta, 1952)

Si preguntamos abiertamente ¿Qué es el comunismo? De inmediato emergen respuestas ensordecedoras tributarias de la Guerra Fría.  Se asocia el comunismo con el totalitarismo, con dictaduras, falta de libertad, a la mutilación del individuo, en definitiva, un mundo atrasado, opaco y tenebroso.

Dicha caricaturización que tras el triunfo global del capitalismo se alimentacon más fuerza, es sostenida no solamente por los medios de comunicación, sino, también, por centros de pensamiento, tales como: Fundación para el Progreso, El Mercurio o escritores tales como: Roberto Ampuero, Mario Vargas Llosa o Mauricio Rojas[1].

 La caricatura y la satanización se difunde sin perder oportunidad alguna, pensemos en el raudo viaje del presidente Sebastián Piñera al evento o show mediático en Cúcuta organizado por los opositores del Gobierno de Nicolás Maduro, es decir, no se deja pasar la oportunidad para sostener que cualquier intento por subvertir el régimen capitalista lleva a fracasos rotundos, que dichos proyectos políticos obedecen a un pasado remoto.

Nos interesa abrir dos ideas en esta opinión, la primera, comprender la construcción del anticomunismo como un lento y alimentado proceso histórico por diversas coyunturas y matrices de pensamiento, desde la Ley maldita de 1948 hasta la Dictadura militar (1973-1990). Por otro lado, como segunda idea, plantear la necesidad de abrir debate, con los sectores y centros de pensamiento que encabezan el acompañamiento ideológico de la ofensiva del capital.

  1. Las profundas raíces históricas del anticomunismo en Chile.

Si bien el anticomunismo presenta antecedentes previos a la Guerra Fría, será durante este período histórico donde se amplificará y adquirirá mayor fuerza en la escena política la difamación del comunismo desde diversas medidas, entre ellas la “Ley de defensa permanente de la Democracia” de 1948 en donde se declaraba la ilegalidad del Partido Comunista, lo que trajo como consecuencia la persecución y represión de los militantes de dicho partido.

 En 1946 se creó la agrupación paramilitar ACHA (Acción Chilena Anticomunista) organizada en siete regimientos, lograba articular a diversas tendencias políticas, desde conservadores hasta radicales, organizando una expresión civil del anticomunismo. En uno de sus manifiestos declaraban lo siguiente:

Sus fundadores, solidarios de un mismo sentimiento patriótico, sin distinción de clases ni de credos políticos o religiosos, se agruparon en defensa de la nacionalidad, amenazada por la acción desquiciadora del comunismo entronizado, expuesta al ataque artero e implacable de los fanáticos internacionales (…) Frente a la indiferencia inconsciente de unos y la tolerancia culpable de otros, los voluntarios de ACHA están de pie y alertas para devolver a Chile la fe en sus grandes destinos, la confianza en la fuerza moral de su pueblo, en las virtudes tradicionales de su raza, en las amplias posibilidades que le ofrece el futuro[2].

En el tremendo texto de Marcelo Casals “La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la <campaña del terror> de 1964”; se van develando las matrices históricas del anticomunismo, las cuales son: catolicismo, nacionalismo y el liberalismo. Desde estas tres fuentes integrantes del anticomunismo se expresan sus argumentos para lanzar la difamación: la Familia, la Patria y las libertades individuales.

Dicho anticomunismo articulado como una expresión histórica que se agudiza en el contexto de la Guerra Fría, en nuestra historia reciente se transforma en un arma certera de la derecha para infundir el pánico en la población o dando cuenta de que el comunismo debe abandonarse. Por lo tanto, podemos decir, que el anticomunismo se activa como un potente eje disciplinador. La imagen ejemplar de lo que mencionamos, tuvo lugar en las últimas elecciones bajo la efectiva ficción “Chilezuela”. Si existe una continuidad de la guerra fría, la podemos encontrar en esta incesante y sistemática caricaturización – demonización del comunismo, lo cual para quienes vemos en el comunismo una posibilidad no utópica, sino, concreta y políticamente real, nos lleva a afrontar el terreno de la disputa, de reconocer que podemos vivir de otra manera, y esa otra manera, es el Comunismo.

  1. Del debate autocomplaciente y autoflagelante a la disputa.

En el libro recientemente lanzado por Atilio Boron “El Hechicero de la tribu. Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina”. Termina ofreciendo un lúcido debate con uno de los íconos de la difusión del liberalismo e instalando la necesidad de abrir discusiones con autores y centros de pensamiento que han ido construyendo poderosos tentáculos en la promoción de las ilusiones del libre mercado a nivel global.

La izquierda suele enfrentar la irrupción de la derecha radicalizada a nivel global, aferrándose a una especie de superioridad intelectual y moral, que impide pensar en la propuesta y en la disputa. Si pensamos en las últimas elecciones, la candidatura de Piñera, solamente se combatió con un ¡NO A PIÑERA! O dando cuenta de la imbecilidad del candidato, ya sabemos los resultados, Sebastián Piñera logró nuevamente anclarse en el gobierno. Si vamos al emplazamiento a figuras desconcertante a nivel mundial como Donald Trump o Jair Bolsonaro, la figura tiene ciertas similitudes, la discusión se centra meramente en la denostación. Estos signos de la impotencia, lleva a preguntarnos: ¿son señales de izquierdas carentes de propuestas para las contradicciones históricas actuales?

Lo que sí ha prevalecido con fuerza, es el debate desgastante, autocomplaciente y autoflagelante entre las izquierdas, que posee raíces históricas en clivajes binarios rígidos, tales como: reforma o revolución. Si la revolución está cargada de futuro, nos debe convocar el repensar el comunismo como posibilidad política real, dejando de lado, la nostalgia encapsulada en el pasado reproductora de derrotas.

La lección de Marx es notable en este sentido, no sólo porque se dedicó de manera rigurosa a la lectura y discusión de quienes justificaban la irrupción del capitalismo otorgándole un marco teórico, desde el utilitarismo de Jeremy Bentham o las propuestas en materia de economía política de David Ricardo. Es este mismo ejercicio el que nos debe llevar a salir del debate autocomplaciente entre cuatro paredes o los foro-conversatorio para sobarnos la espalda, se vuelve vital responder, por ejemplo, a las publicaciones de Axel Kaiser (“La tiranía de la igualdad”, “El engaño populista”, “La fatal ignorancia”), por muy delirantes que nos parezcan, no podemos subestimar su impacto y alcance. Si bien, encontramos en Fernando Atria o Alberto Mayol una intención de debate con Kaiser, nuevamente como síntoma hay un gran ausente, la izquierda marxista revolucionaria, que queda rezagada o marginada en la elaboración.

Si asistimos a un momento de volver a Marx sin intermediarios molestos, dicha vuelta debe invitarnos al debate descarnado con quienes buscan justificar un sistema inhumano, basado en la explotación, pero para eso, debemos arrojarnos al estudio metódico de la contraparte.

Ricardo

[1] Rojas, Mauricio. El joven Karl Marx y la utopía comunista. Editorial Debate, Santiago, 2019.

[2] Cit. en: Casals, Marcelo. La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la <campaña del terror> de 1964. LOM ediciones, Santiago, 2016.

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