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Opinión |La Universidad como administración empresarial de la formación y la investigación

Escaso debate, aulas que son secuestradas por el ejercicio silencioso de tomar apuntes, carreras que son cerradas por criterios empresariales de administración, la ceguera por alcanzar certificados y títulos varios, precarización laboral bajo la figura del subcontrato, endeudamiento, externalización de servicios. Características que actualmente son totalmente asociables a la institución Universitaria, la cual, en un contexto de brutal mercantilización, no queda al margen, sino que devela un proceso de putrefacción.

La presente opinión tiene como objetivo develar la radical transformación que ha sufrido la Institución universitaria en dos grandes campos. El primero de ellos develar las reformas curriculares que se han sostenido, construyendo nuevos sentidos que asume la Universidad para responder a un contexto histórico de profunda mercantilización y en segundo término dar cuenta de la transformación de los actores que componen la Universidad, desde los estudiantes con sus lógicas clientelares y competitivas, hasta el cuerpo académico brutalmente precarizado y sometido a lógicas de elaboración que los lleva a una brutal competitividad en revistas indexadas, trastocándose el objetivo y el sentido político de la investigación en muchos casos.

  1. Reformas curriculares y los nuevos rumbos corporativos de la Universidad.

Para que las universidades respondan a los intereses del mercado laboral y las grandes corporaciones económicas, se hace sumamente necesario reformar y modificar la estructura de la educación, concretamente el currículum, que busca dar respuesta a los requerimientos del capitalismo global posfordista, el cual se ha ido configurando a partir de lineamientos impuestos por organismos de carácter internacional: OCDE, el Banco Mundial, la ONU. Es a partir de estos espacios que implantan la necesidad de una renovación curricular, la que busca responder a las necesidades del mundo globalizado, lo que genera una transformación en la formación que reciben los estudiantes orientándola hacia una formación por competencias materializada en las nuevas mallas curriculares.

Antecedentes que explican las medidas impuestas se encuentran en la declaración de Bolonia; la cual es una iniciativa para reformar el sistema educativo europeo, la declaración fue suscrita en esta ciudad del norte de Italia, el 19 de junio de 1999, por 29 países de Europa.

En palabras de Galcerán “el llamado proceso de Bolonia supone la implementación de las medidas necesarias para hacer de la universidad una institución central en los circuitos del capitalismo cognitivo, en la terminología oficial de la sociedad de la información y la comunicación” (Galcerán, 2010).

Las medidas planteadas por el programa de Bolonia nos develan un nuevo rol de la universidad en la sociedad, una transformación interna que reduce la formación a una especialización del conocimiento e insertando a la institución académica a los requerimientos de la economía mundial capitalista.

Muchas de las características que hemos descrito anteriormente fueron pensadas y promovidas tiránicamente por diversos organismos internacionales basándose en la declaración de Bolonia donde se plantearon dos ejes fundamentales: “en los primeros años se puso acento en la reforma de las titulaciones, acortándolas y en el cambio del sistema de créditos y de los títulos. Actualmente los nuevos títulos, denominados grados, constan solamente de 3 o 4 años – no 5 años como era habitual en las antiguas licenciaturas- y van seguidos por masters de uno o dos años” (Galcerán, 2010).

De esta forma la formación de pregrado sufre un desplazamiento, la cual ya no es suficiente para volverse competitivo en el mercado laboral; lo que trae como consecuencia que el estudiante-cliente deba endeudarse nuevamente para continuar su formación académica. Es así como por ejemplo una de las tantas preguntas que se realizan en entrevistas para postular a magíster o doctorados es: ¿cómo va a cancelar? Lo que nos da cuenta del principio economicista que rige actualmente el sistema educativo de educación superior.

En una segunda fase la declaración de Bolonia pone énfasis en los siguientes criterios: financiación, gobernanza, calidad, transferencia de conocimiento; con respecto a la financiación ocurre lo siguiente: “aumenta la tendencia a que disminuya la parte de la financiación que proviene de los presupuestos estatales y en cambio que aumentan las tasas a pagar por los estudiantes…. A su vez en el ámbito de la gobernanza la reforma contempla la introducción de figuras gerenciales que dirijan la universidad según criterios de rendimiento y de calidad, sustituyendo los viejos organismos democrático-corporativos por fórmulas de nuevo management, corriente en las empresas” (Galcerán, 2010).

Por lo tanto, a través de la declaración de Bolonia podemos entender de mejor forma la mutación que hoy en día experimenta la universidad, transformándose en un antecedente que nos vincula inmediatamente con lo que está sucediendo.

  1. La transformación de los actores que componen la universidad.

Al existir una competencia voraz y frenética tanto los docentes como los estudiantes entran en estas lógicas transformando el proceso colectivo de enseñanza en un proceso caracterizado por el individualismo.

Por su parte los docentes se preocupan de construirse  como sujetos competitivos acorde a las exigencias del mercado laboral; tal como lo explica Ibrahim Warde profesor de la Universidad de California: “el modelo de profesor se está modificando día a día; los docentes, otrora sedentarios y dedicados a sus cátedras se han convertido en verdaderos empresarios, dedicados a aumentar su currículo, sus publicaciones y seminarios en el extranjero y a competir por puestos, becas y premios para poder estar a la altura del mercado competitivo” ( Hoevel, 2001).

Dicha configuración de un docente sórdido y ensimismado en construir una carrera en base a la acumulación de certificados y diplomas es fomentada y orientada por diversas políticas que emanan desde las instituciones académicas. A partir de los gobiernos conservadores de Gran Bretaña, Margaret Tatcher realiza un violento giro mercantilizador de las esferas de la vida de los ciudadanos; imprimiendo lógicas competitivas e individualistas en el campo universitario. “todas las universidades han introducido programas de incentivos académicos basados fundamentalmente en la aplicación del principio de competencia entre profesores, departamentos e institutos y premiándose con fondos a las de mayor performance y castigando a los perdedores de la inanición financiera” (Hoevel, 2001).

Una de esas diversas políticas que surgen a partir de instituciones académicas tiene que ver con las evaluaciones a las cuales son sometidos los docentes, con una fuerte impronta cuantitativa, “la docencia y la investigación entran en la concepción de la llamada industria académica. En ésta el profesor se convierte en un productor que es evaluado por sus logros tomando en cuenta criterios básicamente cuantitativos: cantidad de horas de clase, cantidad de publicaciones, cantidad de cursos, congresos” (Hoevel, 2001).

Por lo tanto, dicha configuración del docente tiene tremendas repercusiones en la formación que recibe el estudiante, la cual se orienta en la reproducción de bibliografía sin cuestionar ni reflexionar la realidad en la cual estamos inmersos, concibiendo el conocimiento y la reflexión como la acumulación de información. “Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que el tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión a los estímulos del mundo externo” (Gramsci, 1970).

Por su parte el estudiante se transforma en un cliente, en un verdadero consumidor que demanda un servicio, despreciando y negando el carácter formativo de la educación superior. “En el nuevo capitalismo el objetivo de la expansión de la educación superior es atraer el mayor número de jóvenes para que se conviertan en estudiantes-clientes. Porque, en los tiempos que corren, la fuente de ganancia está puesta en el consumo de educación que hacen los jóvenes, y no tanto en lo que resulta del proceso formativo” (Suárez, 2012).

Se ha ido fraguando una masa de estudiantes-clientes cegados por la obtención de un título universitario que los posicione socialmente, transformando la educación superior en un espacio caracterizado por el exitismo y el sentido aspiracional; destruyendo la configuración e identidad histórica de los estudiantes caracterizada por contribuir y formar parte de ambiciosos proyectos de transformación social, por ser portadores de sueños e ideales materializados en una práctica sociopolítica.

Siguiendo a María Suárez el estudiante se ve envuelto en un sistema que le exige elegir-pagar-consumir y a la vez endeudarse-invertir-competir. Dicha estructura lo configura como un cliente que existe en base a un profundo sentido individualista y competitivo.

Al predominar una formación sustentada en el sentido de propiedad y acumulación de información y datos desarticulados; el estudiante es incapaz de conocer, de descubrir e interactuar con el mundo. “Nuestra educación generalmente intenta preparar al estudiante para que tenga conocimientos como posesión, que por lo general se evalúan por la cantidad de propiedad o prestigio social que probablemente tendrá más tarde. El mínimo que recibe el alumno es la cantidad que después necesitará para desempeñar adecuadamente su trabajo” (Fromm, 1978).

Por lo tanto, hemos construido un sistema educacional sumamente precario y mediocre orientado hacia un utilitarismo funcional a las exigencias del mercado laboral; lo que nos convierte en clientes solicitando un servicio, con nula capacidad de comprender y actuar frente a la crisis integral que atravesamos.

Frente a un sistema educativo de educación superior sustentada en la lógica de poseer; transforma al estudiante y el conocimiento en mera pedantería que no tiene ninguna repercusión en el desenvolvimiento de procesos sociales. “El estudiantillo que sabe un poco de latín y de historia, el abogadillo que ha conseguido arrancar una licenciatura a la desidia y a la irresponsabilidad de los profesores, creerán que son distintos y superiores… pero eso no es cultura, sino pedantería; no es inteligencia, sino intelecto, y es justo reaccionar contra ello” (Gramsci, 1970).

Es sumamente necesario reaccionar frente a la formación profesional que se ha ido configurando, debemos reaccionar ante la indiferencia tanto de docentes como de estudiantes, y sobre todo reaccionar a la deshumanización y despolitización transversal a la cual hoy en día asistimos.

Los estudiantes de Concepción comprendieron que su papel no es el de trepadores sociales a la caza de los beneficios de un título universitario, sino que, como grupo de edad y en su calidad de joven intelectualidad, al cruzarse con la agudización de los conflictos sociales a nivel nacional y latinoamericano, se integran al movimiento revolucionario entendiendo que a la universidad no vienen sólo a estudiar, sino también a luchar” (Enríquez, 1967).

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