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Opinión| Reflexiones en torno a la Locura.

¿Qué es la locura?

La locura no es un concepto estable, bien definido, ingenuo, sino que a lo largo de la historia se ha mostrado como una categoría dinámica, ambigua, que ha sido aprehendida y moldeada, en diferentes épocas por distintas instituciones que, haciendo caso a los paradigmas reinantes, y por ellos empoderadas (instituciones), han dado un trato particular este concepto según los intereses propios de las instituciones y de los contextos sociales y políticos en los cuales se hallan inmersos (Foucault, 1999, 2000).
De esta manera, la locura ha prestado una utilidad histórica como mecanismo de control y de normalización, pues ha sido una categoría construida por la medicina para englobar todas las conductas que diverjan de lo que la cultura predominante considera como normal, socialmente deseable o tendientes al bien común (Huertas, 1999).
El discurso sobre la locura, entendida hoy como enfermedad mental, en que confluyen las visiones de la institución religiosa, médica, política, económica, entre otras, y que nace como una categoría opuesta a la del bien común (Huertas, 1999), cumple hoy en día, como hace quinientos años y más, una función de control, normalización y exclusión social (Foucault, 2000; Vásquez, 2011), y se reproduce mediante la enseñanza de diversas disciplinas de la salud, entre las cuales contamos también la psicología. 


La locura es una construcción social ideológicamente determinada, por lo tanto es manifestación de intereses de grupos de poder dominante, con consecuencias sociales importantes como la marginación, exclusión, invisibilización, segregación de una parte de la población (Foucault, 1984, 2000,2004), cuyo discurso, que es el discurso de los otros, es callado mediante el encierro y la indiferencia, avalado todo esto, hoy, por la institución médica. “Desde la más alejada edad media el loco es aquel que cuyo discurso no puede circular como el de los otros; llega a suceder que su palabra es considerada nula y sin valor, que no contiene verdad, ni importancia.
Durante la edad media la interpretación de la ”locura” estaba entorno a una explicación sobrenatural, donde era considerada obra de la divinidad, siendo el loco un poseído, que, manteniendo a salvo su espíritu, por tanto su voluntad y su libertad, ve sometido su cuerpo, sus órganos de los sentidos, al dominio de los ángeles demoníacos. La forma de revertir esta situación era generalmente quemando los cuerpos para alcanzar la pureza espiritual, justificando que se quemará al insano por su salvación.
En el Renacimiento, la posesión ya no es entendida como posesión del cuerpo, sino del espíritu y, por lo tanto, abolición de la libertad. Consecuentemente el procedimiento ahora no será destruir el cuerpo, sino cuidarle, resguardarle, pues así se mantendría a salvo de la posesión, para que no sea instrumento de un espíritu insano, cambiando el sentido de las prácticas hospitalarias desde el castigo hacia la salvaguardia.
Hélen Tropé (2010) nos hablan acerca de cómo la locura se transforma en un verdadero problema para la inquisición de la España de los siglos XV, XVI, XVII, dónde era muy común la acusación de ser judaizante, por ejemplo, o de delirios religiosos (oposición a la fe cristiana), equiparando así herejía y locura. Es claro el poder que, tanto en la Edad Media como en el Renacimiento, tenía la institución religiosa a la hora de determinar los límites de la locura, tanto por su explicación sobre natural como por su equiparación con herejía. Tropé (2010) nos muestra la estrecha relación que se establecía en aquella época entre el Tribunal Inquisidor y la institucionalidad médica, siendo la locura el puente de unión entre ambas instituciones. 


Luego, en el siglo XVIII la locura deja de ser entendida como un añadido sobre natural a lo natural, algo demoníaco a la obra de Dios, y pasa a ser considerada como ausencia o privación de facultades más altas del hombre; “El insano ya no es un poseído, en todo caso, es un desposeído” (Foucault, 1984).
En esta forma de entender la locura se percibe una preponderancia de la institución del derecho, por cuanto se entiende que la locura determina la pérdida de autonomía en la persona –al abolir la razón- y la consecuente enajenación de sus derechos.
En el siglo XIX con el discurso de la “humanización” en la forma de comprender la locura, es la institucionalidad médica la que adquiere una mayor importancia en la delimitación de la locura y en la forma de proceder, tratando la locura como una misma batería conceptual que comprende la patología orgánica, funda la institución psiquiátrica que se apropia del discurso de la enfermedad mental.
Se ha venido entendiendo la enfermedad mental con la misma estructura conceptual que enfermedad orgánica, es porque se ha establecido un paralelismo artificial y abstracto entre ambas por intermedio de dichos postulados. Sin embargo, nosotros creemos que para comprender el significado y el sentido de enfermedad mental debe buscarse en el contexto cultural y socio-económico en que ella surge, es decir, en los determinantes sociales que posibilitan que ciertas características o signos sean considerados como constitutivos de enfermedad. 


Tanto más importante a lo anterior, es la enajenación que trae consigo la enfermedad mental, que quita al enfermo sus derechos para cedérselos a otros, privando su autonomía de manera a priori por el solo hecho de ser considerado un enfermo mental. Los otros administrarán sus bienes y que deciden por él o ella. Y el extranjero o extranjera, o alienado o alienada, el o la no es de aquí, el o la que no es como nosotros o nosotras, o peor aún, la o él que siendo de aquí lo o la expulsó cuya “libertad se ha convertido en el nudo de las coacciones que sufre”. Estas prácticas enajenantes y alienantes conforman un estigma, una marca que trae aparejada actitudes y creencias en mayor parte negativas (López y otros, 2008).
Con la creación de nosologías sustentadas y fundamentadas en un paradigma orgánico se naturaliza la existencia de una supuesta enfermedad mental, que es evidente en sí misma, que posee una esencia, y que se puede descubrir mediante sus síntomas. Sin embargo, la enfermedad mental junto a la orgánica comparten un paralelismo, que resulta imposible de justificar, ya que al aplicar los mismos postulados metodológicos de la patología orgánica a la mental, lo que verdaderamente se hace es crear un paralelismo que desconoce y aísla al individuo, quitándole y sacándolo de su contexto histórico y cultural.
Existe una paradoja referirse a la enfermedad mental. Por una parte el DMS hace referencia a trastorno, evitando el uso del término enfermedad. A psicofarmacología, que como se decía anteriormente, actúa como diagnosticadora y como tratamiento, asume el modelo de enfermedad mental como base de los trastornos psiquiátricos (González y Pérez, 2007). Entonces, si la clínica asume en sus clasificaciones diagnósticas que lo que existe en verdad son trastornos, al paciente se le da a entender que lo que le ocurre es una enfermedad, recurriendo así a una justificación del uso del psicofármaco.
“A pesar de que no se conozca a ciencia cierta la causa fisiológica de ningún diagnóstico, la psicofarmacología no ser priva de crear ‘modelos de enfermedad’ para diagnósticos psiquiátricos (González y Pérez, 2007).


Breve recorrido histórico en torno a la forma que ha ido adoptando la locura en Chile, desde la colonia hasta la década de los noventa, algunos estudios asemejan la historia de la locura con la Casa de Orates y otros que ponen el énfasis en la locura como un tema eminentemente de origen social con claras dimensiones políticas.
César Leyton (2005), describe la medicina de la conquista chilena como un período que comprende aproximadamente desde 1536 a 1616, años que representan el poblamiento europeo en Chile, por una parte, y la llegada de la primera orden religiosa hospitalaria, por otra. Etapa de tránsito entre una manera indígena de preocuparse por la salud, y de manera europea médico-científica, de entenderla, integrando, esta última, con el paso de tiempo, elementos de la medicina indígena como el uso de plantas consideradas medicinales. Se inició la construcción de hospitales que obedecían a una lógica militar para proteger el avance de las tropas conquistadoras. Algunos de estos hospitales son:
Lo Hospitales del Socorro, construidos por Pedro de Valdivia en Concepción (1552) y Santiago (1553), Hospital de San Julián en la Imperial (1557), Hospitales de San Cosme y San Damián Osorno (1558). Esta medicina dependía económicamente del Cabildo, institución que representaba el poder tradicional criollo, que tenía las funciones legislativa, ejecutiva y judicial, y que entre tantas funciones tenía a su carga la salubridad urbana (Laval, 2003).
Luego, se comienza a gestar la medicina colonial religiosa, cuyo comienzo lo marca la llegaba de la congregación religiosa San Juan de Dios, que es una etapa de más de doscientos años dominado por el catolicismo, que va desde 1616 al 1823, dicha congregación se hace cargo de los hospitales, donde éstos pasan a depender económicamente de la Iglesia Católica, por medio del diezmo (Leyton, 2005).
En esta época, nos dicen Aroca (2006) y Sepúlveda (1998), el lugar de la locura se encontraba en las calles, extra muro, pues la alienación mental no representaba una preocupación realmente importante para las autoridades, y no existía ni un conocimiento de los espacios institucionales que se hicieran cargo de ella. La locura compartía los mismos espacios con delincuentes, prostitutas, bebedores, etc., y era clasificada en tres categorías: furiosos, deprimido y tranquilos, los cuales describe Aroca (2006) de la siguiente manera:
“A los furiosos, se los amansaba mediante ayunos, palos y duchas frías. De no resultar, se los instalaba en el cepo. Como última medida, se les fijaba un muro, mediante una cadena corta. Los deprimidos, eran cuidados en su domicilio y se les aislaba en una habitación separada del resto de la familia y se les ocultaba de sus relaciones sociales. Los tranquilos, alternaban con la familia y las amistades, pues no constituían peligro.”
En estos momentos se mezclan habitualmente un discurso religioso acerca de la locura, que la considera como una falta de virtud, una falta de Fe, una lejanía de Dios, con uno médico, que la consideraba como una enfermedad de la mente (Sepúlveda, 1998). En esa época también se construyen diversos recintos hospitalarios y asilares, unos con la finalidad de procurar salud y otros más bien destinados a retener a diferentes grupos que quebrantaban las normas sociales. Algunos de ellos son (Leyton, 2005);
– La Caridad, recinto destinado a adoctrinar personas, en el año 1726.
– Las Recogidas, para asilar meretrices, en el año 1734.
En 1756 se crea el Protomedicato en Chile (Leyton, 2005; Laval, 2003), a imitación de España, nace el siglo XV como tribunal encargado de controlar, autorizar y aplicar medidas punitivas, además de regular las profesiones de la salud y de asesorar al gobierno en tema de salubridad. Los métodos utilizados por estas instituciones eran: Expulsar enfermos fuera del pueblo, Secuestrar enfermos, Fumigar embarcaciones sospechosas con vinagre o litre, Azotar a plebeyos que se relacionan comercialmente con barcos en cuarentena, Trabajos forzados y destierro de indios, negros y mestizos.
El 10 de Enero de 1803, se crea el Hospicio de Santiago, refugio para pobres, dementes y marginados sociales, ubicado en una chacra donde, a fines del siglo XVI. El 8 de Agosto de 1852, en el barrio Yungay, se funda, en lo que era un antiguo cuartel militar, La Casa de Orantes Nuestra Señora de Los Ángeles, lugar destinado a la reclusión de los enajenados mentales, y que tiene la misión de solucionar el problema que significaba la locura en esa época (Muñoz, 2012; Leyton, 2005; Aroca, 2006; Sepúlveda, 1998). Ahora bien, Aroca nos previene este espacio, al menos en sus inicios, no venía a hacerse cargo de cualquier locura, sino de la que se daba en los sectores de bajos recursos económicos. Lo revelan las estadísticas de los internados en la segunda mitad del siglo XIX que dan cuenta de casi la totalidad de los recluidos en esas instituciones provienen de la marginalidad.


En la construcción del Estado Chileno, entre mediados del siglo XIX y principios del siglo XX, se da lugar un proceso de construcción de un determinado orden social, en que el Estado dispone de dispositivos médico-judiciales de disciplinamiento orientados a la promoción del modelo del individuo y sociedad que desea (Muñoz, 2012). Dentro de esta lógica, todo aquello que se contrapone a este modelo de sociedad que se quiere construir es considerado criminal o una locura. Quien es considerado loco, o loca por un juez, debe ser enviado al manicomio. Es el Juez el que determina quien ingresa al manicomio, y los médicos en este sentido, no protegen la vida, sino la propiedad y el orden público.
En este sentido, en 1856 se dicta una ley de locos para regularizar el ingreso a las instituciones psiquiátricas, basadas en dos principios: libertad personal y tranquilidad social. La ley consta que los ingresos se hacen bajo autorización judicial quien sin pericia se encarga de comprobar la enajenación mental del sujeto. El objetivo de la casa de Orates es asegurar el orden público, puesto que el loco, en esa época, era un individuo peligroso para la sociedad (Muñoz, 2012).
La construcción de una casa de Orates viene desde Diego Portales, ex Ministro del Interior, Relaciones Exteriores, de Guerra y Marina, entre los años 1830 y 1831. Portales considero crear una casa de Orates, junto a la reforma de aduanas, en el establecimiento del orden conservador. El primer médico asistente de la Casa de Orates, Dr. Lorenzo Sazié, junto a Dr. Ramón Elguero uno precursor del alienismo en Chile, acerca de enfermedades mentales y nerviosas, lo que realiza hasta el año 1871, realizando las primeras estadísticas de las enfermedades mentales en la Universidad de Chile. 


El degeneracionismo era el paradigma médico predominante en la segunda mitad del siglo XIX, antecesor de la eugenesia, el cual consideraba que la enfermedad mental era expresión de un cuerpo en algún sentido anormal (Leyton, 2005). Los degenaracionistas hacían la siguiente clasificación nosológica: Degeneración por intoxicación, por el medio social, por una afección morbosa o de temperamento enfermo, por el mal moral o “vicio” en la educación, degeneración que proviene de enfermedades adquiridas en la infancia, degeneración en relación con la herencia.
La eugenesia, paradigma que proviene del generacionismo, y que dominará a comienzos del siglo XX, promueve generar una raza perfecta mediante políticas de Estado, políticas que justifican la esterilización y la lobotomía de los individuos física o mentalmente anormales (Leyton, 2005; 2006)
La psiquiatría en Chile de comienzos del siglo XX proviene y se enmarca en la higiene mental, la cual es una profilaxis policíaca médica que ve a la herencia genética como la responsable de todos los males sociales u predecesora directa de la psiquiatría. Pretende defender la sociedad de los individuos con alternaciones neuro-psicopáticas que pueden alterar el equilibrio social. Desde esta perspectiva la locura era considerada, por la psiquiatría de comienzos del siglo XX, como una herencia genética maldita que corrompía al individuo, su cuerpo, su familia y la identidad social (Leyton, 2005). De esta forma la locura se transforma en un tema con importante relevancia política para la época.
La psiquiatría de finales del siglo XIX y comienzos del XX, la locura es una enfermedad social que corroe al resto de las personas y por tanto hay que perseguir y erradicar (Leyton, 2005) y como forma de enfrentarle, ya que en último término significaba una escasez de mano de obra producto de la emigración. Las enfermedades eran problemas enfrentados con soluciones religiosas y militares. Entones, se plantea un nuevo orden planteado por Vicuña Mackenna, Intendente de Santiago entre los año 1872-1874, que entre otras cuestiones se propone la creación de un “Muro sanitario” ( La actual avenida Matta, R.M., Chile) que separa grupos sucios de la ciudad limpia, obedeciendo a las creencias de dicho Intendente de que existían dos ciudades, una cristiana y ordenada, limpia e ilustrada y otra bárbara, llena de infecciones (como la sífilis), crimen, vicio y peste (leyton, 2005;2005).


Luego de la guerra civil de 1891, en el gobierno de Jorge Montt, se forma una comisión que informa sobre las deplorables condiciones de Casa de Oretes, ordenando la construcción del Manicomio Nacional, inaugurando el 26 de noviembre de 1905, luego de la guerra del Pacífico para luego dictaminar en 1927 el Reglamento General de Insanos, que aún está vigente, cuya misión era recibir a los enfermos crónicos (Armijo, 2010).
Con el fin de la Guerra del Pacífico, se genera en Chile un ánimo triunfalista que lleva a promover, a nivel de discurso político, el mejoramiento de la raza chilena y así hacer de la sociedad un cuerpo maduro para la industrialización. Las instituciones hospitalarias se harán cargo, entonces, de mejorar la raza mediante la eugenesia y con ello evitar la falta de mano de obra productiva.
En relación a la forma en que se produce el conocimiento, y siguiendo lo anteriormente expuesto, argumentos que es en el plano social donde se articulan los conocimientos que son transmitidos y aprendidos por los sujetos, en donde a su vez se encuentran las instituciones, las cuales asumimos son las encargadas por una parte, de anclar en el marco social esquemas ideológicos que sustentan ciertos conocimientos, y por otra, de producir, transmitir, validar, habituar y controlar estos conocimientos (Foucault, 2004), los cuales a su vez aparecen como verdaderos. Son las instituciones que a través de su historicidad van adquiriendo autonomía con respecto a los grupos que las producen, y por lo tanto del conocimiento que de ellas emana, es decir, a medida que estas se alejan tanto del conocimiento que de ellas emana, es decir a medida que estas se alejan temporalmente del momento histórico particular que las produjo, van adquiriendo mediante un proceso de habituación de las prácticas que ella misma impone su carácter de objetividad, de verdad inamovibles, “todas las instituciones aparecen en la misma forma, como dadas, inalterables y evidentes por sí mismas” (Berger y Luckmann, 2008). Desde aquí se desprende que el conocimiento emanado desde las instituciones se va estableciendo como forma de conocimiento “verdadero”, y por lo tanto válido. Pero este conocimiento adquiere su valía no por ser “verdadero”, sino más bien por ser propuesto desde espacios legitimados históricamente.
Los conocimientos que las instituciones ponen a disposición de la sociedad se van socializando a través de las distintas interrelaciones de las personas, y en esa práctica se van estableciendo como formas de conocimiento común, cotidiano, legítimos, los cuales servirán además como fundamento para establecer ciertas construcciones sobre cómo se debe ser y hacer, sobre cómo 
dirigirse en el mundo, sobre cómo es que se ordena la realidad (Berger y Luckmann, 2008). Entonces, el conocimiento no será entendido como neutro, sino como medio de socialización de realidades ideológicamente determinadas (Van Dijik, 2003). Esto se ampara en la misma autoridad que la institución impone a los sujetos, haciendo prevalecer las definiciones institucionales sobre ciertas situaciones por sobre las individuales (Berger y Luckmann, 2008). La relevancia de esto es que mediante conocimientos institucionales, se objetivan sectores de la realidad social, es decir se la asignan propiedad de naturalidad a prácticas construidas históricamente, lo que se hace relevante al momento de construir un discurso sobre la locura, entendiendo que ésta pasa desde diversos puntos de conocimiento, y por tanto desde diversas ideologías, además de comprenderla como histórica, es decir, adecuada a cada institución o fuente “legítima” de conocimiento.

Las formas de conocimiento aparecen ante nuestros ojos como verdad universal, sin embargo, ignoramos por el contrario los intereses que detrás de estas formas de conocimiento ocultan, y que en sí mismos, están destinados a excluir.
El lenguaje como principal herramienta del discurso crea esquemas cognitivos socialmente compartidos (Van Dijk, 1999), en dónde estos esquemas permiten interpretar una realidad ideológicamente creada. O como dirán Berger y Luckmann (2008) “Sobre el lenguaje se construye un edificio de legitimación, utilizándolos como instrumento principal. La lógica que así se atribuye al orden institucional es parte del acopio de conocimiento socialmente disponible y que como tal, se da por establecido”. Las instituciones se sitúan en espacios de control legitimados que establecen las pautas “cualquier desviación radical que se aparte del orden institucional aparece como una desviación de la realidad, y puede llamársela depravación moral, enfermedad mental, o ignorancia a secas”.

 

Alejandra Piñones, Psicóloga 

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OPINIÓN, REPOST

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