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OPINIÓN | JRP3 – El Capitalismo y los nuevos movimientos reaccionarios

Visión, producido por Juventud Revolucionaria por el Poder Popular (JRP3), Febrero de 2019.

El Capitalismo y los nuevos movimientos reaccionarios.

Ya no es nada nuevo señalar la reaparición de tendencias nacionalistas y fascistas en la política institucional, existen múltiples ejemplos de organizaciones y de políticos y políticas que exaltan estas ideologías sin vergüenza alguna, desde Jair Bolsonaro en Brasil hasta Donald Trump en Estados Unidos, pasando por el alza de los partidos de ultraderecha en Europa y por el caso chileno, el excandidato presidencial José Antonio Kast o la diputada pinochetista de Renovación Nacional, Camila Flores. El nuevo espacio que han obtenido estas tendencias en la política institucional ha llevado a que pequeñas organizaciones, ya reaccionarias, se radicalicen y se empoderen a actuar, volviendo así la amenaza del fascismo.

El alza de las ideas y de los movimientos reaccionarios es un llamado de atención a la izquierda revolucionaria marxista y la emplaza a ser la principal luchadora contra estos. ¿Qué movimiento puede declararse antifascista? Para comenzar a entender el por qué, es necesario comprender el desarrollo histórico de los movimientos reaccionarios, así como también la forma en que estos protegen al capitalismo en tiempos de crisis.

En el nacimiento del Fascismo Italiano y del Nacional-socialismo Alemán -y de las tendencias reaccionarias en general- se pueden detectar muchas similitudes tanto en lo económico como en lo social y político. La crisis económica que azoto a Europa luego de la Primera Guerra Mundial fue esencial para el desarrollo de la reacción en ambos países, principalmente en Alemania que además de tener que reconstruir su economía nacional, se le impuso el pago de grandes indemnizaciones a los países vencedores.

La crisis capitalista radicalizo e hizo crecer el movimiento obrero a pasos agigantados porque, como es natural, estos veían sus condiciones materiales empeorar mientras que la clase dominante vivía en lujos, lo que llevo a una agudización de la lucha de clases.

El Imperio Alemán al salir vencido de la guerra pierde una cantidad significativa de su territorio, así como también pierde su estatus de imperio y se proclama como república, que termina siendo dirigida por socialdemócratas. A su vez, al Reino de Italia, dirigido por conservadores y liberales, y que en última instancia había pertenecido al bando ganador, se le niegan los territorios prometidos como botín por Inglaterra y Francia durante la guerra. Disputas políticas y económicas entre diferentes bandos de la burguesía que significan consecuencias devastadoras para los sectores pobres y la clase trabajadora, cada vez se sienten más los intereses irreconciliables entre los que oprimen y los oprimidos.

Este descontento general en la política tradicional e institucional provoco que las distintas burguesías nacionales se vieran necesitadas de encontrar un aliado que le hablara a la clase trabajadora descontenta y que castrara sus aspiraciones revolucionarias.

El factor nacional junto con la crisis económica le dio forma a este movimiento que necesitaba la burguesía, el Fascismo en Italia y el Nacional-socialismo en Alemania. Estos, agarrándose de las decepciones y desgracias que la democracia liberal y la monarquía parlamentaria le habían traído al pueblo alemán e italiano respectivamente, se alzan como una supuesta “tercera posición” contraria tanto al capitalismo como al comunismo.

Se caracterizó por colocar la “unidad nacional” por encima de la lucha de clases, llamando a la “conciliación de las clases” en pos de la prosperidad de la nación, y aunque criticaba algunas prácticas de la burguesía, termino entrelazándose oficialmente -aunque ya existía de facto con anterioridad- al capital y al estado, impuso el capitalismo por la fuerza y lo mantuvo vivo y alejado de la crisis con fuertes medidas proteccionistas, posibles gracias a esta coalición y ganó popularidad entre la clase trabajadora al utilizar el creciente nacionalismo generado por las pérdidas de territorio. Este señalaba como culpable de los problemas del pueblo, no a la burguesía ni al modo de producción capitalista, sino qué a los demás estados europeos, y a ciertas minorías sociales creando así “la amenaza externa” -e interna- con la cual se justifica.

La “Tercera Posición”, el Fascismo camuflado, aunque diga ser anticapitalista y regule ciertos aspectos del mercado, es el mejor aliado del capital en tiempos de crisis, lo protege a través de la violencia estatal y aleja a la clase trabajadora de su verdadera liberación con falsas promesas de conciliación entre fuerzas irreconciliables.

En Latinoamérica, al igual que en el resto del mundo, este fenómeno se manifiesta. La burguesía necesita alternar sus formas de gobierno para intentar engañar a los trabajadores en tiempos de crisis y de agudización de la lucha de clases. Los bonapartismos y caudillismos militares como el de Juan Domingo Perón en Argentina, Marcos Pérez Jiménez en Venezuela o Carlos Ibáñez del Campo en Chile cumplieron ese propósito en nuestro continente. Fueron gobiernos que al igual que los fascismos europeos estuvieron basados en el nacionalismo y en la conciliación de clases, planteándose como una alternativa a las democracias liberales en crisis durante el siglo XX pero en realidad siendo los más férreos defensores del capitalismo.

El 2008 apreciamos una nueva crisis del capitalismo con el crack financiero del 2008, las guerras imperialistas en el medio oriente, el agotamiento de los recursos naturales y la crisis medio ambiental como barreras naturales a la producción capitalista, la ofensiva del capital sobre el trabajo y la llegada de la automatización como un paso más en el desarrollo de los medios de producción, pero al mismo tiempo un paso más hacia su colapso.

Esta crisis, como planteamos anteriormente y como vemos en la realidad trae consigo una agudización de la lucha de clases, un incremento en la actividad y radicalidad de los movimientos sociales que se alinean cada vez más con la lucha por el socialismo y la emancipación de las y los trabajadores. Como es de esperarse en estos tiempos de descontento social y desconfianza en las instituciones burguesas, la clase dominante y el capital empieza a acercarse a otras alternativas para su prolongación.

Los nuevos movimientos reaccionarios o neofascistas que están en desarrollo naturalmente tienen algunas diferencias con el fascismo clásico, porque no se crean en las mismas condiciones materiales que este, pero si con los mismos propósitos, y por lo tanto mantienen muchas semejanzas como desmarcarse de la política tradicional y de la dicotomía izquierda-derecha, su uso del discurso xenofóbico y de la “amenaza externa” -e interna- esta vez utilizando la crisis migratoria, su militarismo y exaltación de la “ley y el orden” y su llamamiento a la conciliación de clases en pos de la nación.

Respondiendo a la pregunta planteada, la izquierda marxista y revolucionaria debe ser y será la que le dé frente los nuevos movimientos reaccionarios porque es ésta la única capaz de vencerlos. La derecha liberal, al momento en que la agudización de la lucha de clases genera una polarización en la política nacional e internacional, pierde su peso político y tiende a desaparecer o se une a la reacción, la socialdemocracia es inefectiva contra los movimientos reaccionarios que nacen de la agudización de la lucha de clases ya que esta se niega a posicionarse y a actuar en favor de la toma del poder por parte del proletariado, pero se mantiene dentro del movimiento obrero desviándolo y confundiéndolo, los partidos y movimientos reformistas como el Partido Comunista, el Partido Socialista y el Frente Amplio,  terminan siendo, más que nadie, quienes le abre las puertas a la reacción.

La izquierda que no busca abolir todo el orden social existente termina por seducir a la clase trabajadora ofreciéndole pequeñas mejoras en sus condiciones materiales sin infundirle ningún tipo de conciencia de clase, pero traicionándola, ignorándola y/o frenándola cada vez que esta intenta luchar por algo más que reformas y así hace que algunos sectores poco a poco se alejen y por consiguiente caigan a la reacción.

Tampoco pueden ser las tendencias anarquistas o “libertarias” ya que, aunque posean sincero y dedicado interés en frenar los movimientos reaccionarios no tienen un análisis científico, y, por lo tanto, ni un proyecto, ni praxis concretas que pueda llevar a la emancipación de las y los trabajadores, manteniendo siempre presente la amenaza de la reacción. Ademas, por el carácter pequeñoburgués y utópico de sus planteamientos teóricos, tienden a quedarse en la marginalidad fuera de los movimientos de masas.

Es la izquierda marxista y revolucionaria que se forje en el seno del pueblo, la única quien puede dar frente a la nueva cara de la reacción y vencer, porque en momentos de crisis, cuando el pueblo se cansa del estado de las cosas y adquiere una determinación para cambiarlo, la construcción del socialismo y del poder popular a través de una revolución de las y los trabajadores bajo los principios del marxismo es la única alternativa real a la barbarie. Se concluye de lo anterior que es el deber de la izquierda revolucionaria y de toda persona dedicada al antifascismo crear un proyecto y una organización de la clase trabajadora que le entregue al pueblo un camino para acabar con el orden burgués y conquistar su liberación.

 

¡Todo el poder a las y los trabajadores!

¡A emprender caminos hacia un proyecto revolucionario!

¡A frenar la ofensiva del capital y el fascismo!

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