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Opinión |Hacia la construcción de un método político-educativo que nos sitúe en el protagonismo colectivo

Yo no os enseño, compañeros, desde esta tribuna, la historia de la crisis mundial; yo la estudio con vosotros. (Mariátegui, junio 1923).

Nuestras experiencias educativas, en gran parte, se sostienen en la construcción de la obediencia y la sumisión, en la extirpación de la imaginación y de la pregunta, es por aquello, que debemos reestablecer métodos en las organizaciones políticas como también en el despliegue, interacción y creación de la acción política que permitan configurar procesos de aprendizajes que se desmarquen de la experiencia anuladora de la escuela.

Primero hay que reconocer que nos encontramos profundamente escolarizados, esto significa, que estamos constituidos por experiencias en donde el miedo y la desconfianza en nuestras capacidades están sumamente presentes al momento de interactuar colectivamente. La escolarización se sostiene en una educación bancaria que ve en el otro un recipiente vacío, carente de experiencias, por lo tanto nace una relación asimétrica entre quien posee el conocimiento y quien lo ignora, entre quien debe ser educado y quien educa. “Pero en ambas partes (Norteamérica y América Latina) la sola existencia de la escuela desanima al pobre y lo invalida para asir el control de su propio aprendizaje. En todo el mundo la escuela tiene un efecto antieducacional sobre la sociedad”[1].

¿Cuántas veces no fuimos capaces de preguntar por vergüenza o por miedo a la burla y preferimos el silencio? Estas dolorosas experiencias nos vuelven sujetos dependientes, incapaces de proponer, temerosos de cometer errores. Comprender el ejercicio político como un ejercicio pedagógico dialogante nos volverá conscientes de la necesidad de un método que reconozca las experiencias que constituyen a compañeras y compañeros, constituir una organización revolucionaria, es también alejarnos de los vicios estalinistas donde la obediencia ciega y la disciplina que no da lugar a cuestionamientos sigue consagrando a quienes supuestamente saben y quienes no saben. Constituir un método político-educativo debe trazarse como objetivo el democratizar la política, en otras palabras, configurar al intelectual colectivo que tenga capacidad de resolución y de propuesta.

La importancia del ejercicio político-educativo dialógico a la luz de Gramsci y “Las Tesis sobre Feuerbach” en Marx.

En el transcurso de la obra de Marx, se puede constatar el momento donde ajusta cuentas con la filosofía alemana que comienza de manera más gráfica con el texto “La sagrada familia”. Ya en 1843 “Sobre la cuestión judía” se transformaba en un alejamiento con Bruno Bauer, más tarde en 1845 “tesis sobre Feuerbach” criticará el materialismo contemplativo anteponiendo la actividad práctico-revolucionaria. La continuidad de este proceso de profundas discusiones con la matriz filosófica alemana se encontrará en “La ideología alemana” que durante su contexto histórico no encontrará editor. Pues bien, en función de lo que intentamos problematizar en esta breve opinión nos interesa compartir la tesis III que esta contenida en “Las tesis sobre Feuerbach”.

Tesis III: “La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y de que por tanto los hombres modificados son producto de circunstancias distintas y de una educación modificada, olvida que son los hombres precisamente, quienes hacen que cambien las circunstancias, y que el propio educador necesita ser educado conduce, pues, forzosamente, a distinguir en la sociedad dos partes, una de las cuales está elevada por encima de la sociedad (así, por ejemplo, Robert Owen).

La coincidencia del cambio de las circunstancias y de la actividad humana sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria [revolutionare praxis][2]

En el materialismo propuesto por Feuerbach se observa un brutal determinismo por parte de las circunstancias que actúan sobre las posibilidades de acción, todo se encuentra expresado de una manera estática, a esto Marx lo catalogará como un materialismo contemplativo, ya que, no abre posibilidad alguna de transformación. La potencia política-educativa de esta tesis se encuentra en la metáfora “el propio educador necesita ser educado”, es justamente la crítica a un ejercicio pedagógico verticalista que anula la capacidad de agencia de los sujetos.

En palabras de Osvaldo Fernández esto se expresaría de la siguiente forma: “La metáfora, ´que el educador mismo tiene que ser educado´, se contrapone a la idea, “que el educador es quien educa”, y que el educado es el receptáculo de tal educación.  Es esta una concepción estática y limitada del hombre. Este hombre definido por la doctrina materialista como un ente pasivo, recibe los efectos de un movimiento que le viene desde fuera, y que lo determina sin que él pueda hacer nada al respecto. Hay una total ausencia en la doctrina materialista, del lado activo del ser humano”[3].

Justamente avanzar hacia un método político-educativo que cuestione el carácter mecánico de comprender el ejercicio pedagógico de la reflexión política desde la contemplación pasiva, es interpelar a la construcción de un método que nos sitúe como protagonistas, como actores capaces de participar en la elaboración, en el movimiento de la concatenación de la política práctica revolucionaria.

Por lo tanto, creemos que, en el desarrollo de toda organización revolucionaria, hay que responsabilizarse en generar las instancias participativas que logren quebrantar las experiencias traumáticas de la escuela, que nos sitúan en la pasividad. Si el paternalismo se va enquistando, es justamente porque durante nuestras experiencias educativas, nos acostumbraron a asumir en el pupitre lo que dictaba el “maestro” y con ello la inactividad de la sumisión.

Desarrollar una política práctica revolucionaria no comienza declarativamente, sino, desde la consumación de métodos político-educativos que reconozcan las experiencias heterogéneas de la colectividad, es decir, evitar la ponencia y la catedra excesiva del experto o la experta, como también constituir las confianzas para erradicar las burlas o las formas violentas de responder.

Por su parte, Gramsci, también es un claro observador de la importancia de romper con la educación bancaria, con la educación estática que no promueve más que la obediencia y el quietismo político contemplativo.

Hay que perder la costumbre y dejar de concebir la cultura como saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que el tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en casa ocasión, a los estímulos externos. Esa forma de cultura es verdaderamente dañina, especialmente para el proletariado (…) La cultura es cosa muy distinta. Es organización disciplina del yo interior, apoderamiento de la personalidad propia, conquista de superior conciencia por la cual se llega a comprender el valor histórico que uno tiene, su función en la vida, sus derechos y sus deberes, conocerse mejor a sí mismos a través de los demás y a los demás a través de sí mismo”[4].

Si la Institución de la Escuela es vista como un dispositivo reproductor del orden social capitalista es justamente porque también se sostiene en métodos que continúan con la violencia de embrutecer, que continúan con la tradición patronal de sembrar la sumisión y la obediencia. Necesitamos de métodos que configuren las semillas del comunismo, no solamente, desde una perspectiva económica, sino también en las experiencias educativas donde problematizamos la política de la organización democráticamente. Conocer la apuesta política de una organización no consiste en reproducirla de memoria, sino que, se trata de la capacidad de vislumbrar sus vacíos, de la capacidad para criticar políticamente y sostener la discusión.

Nos configuramos como sujetos históricos en la medida que reconstruimos nuestras confianzas organizativas, cuando somos capaces de dejar de presumir para avanzar en la acción honesta de la clase trabajadora.

Ante la pregunta que Gramsci plantea: ¿Qué es la filosofía? ¿una actividad puramente receptiva o a los más ordenadora, o bien una actividad absolutamente creadora? Necesitamos sin lugar a duda, la filosofía como una herramienta creadora capaz de subvertir los dogmas.

Necesitamos construir organizaciones que nos permitan transformarnos colectivamente a la luz del compañerismo y la acción mancomunada, para aquello es necesario un método que privilegie la participación de todas y todos, y que cuando se participe seamos conscientes de que una risa o un comentario violento nos transforma en ese profesor o profesora que mutila las capacidades y las confianzas.

A modo de cierre, creemos que tanto en Marx como en Gramsci se visualiza la importancia que posee anular lo contemplativo, de lo que nos lleva a la derrota de la pasividad, si se apuesta por la acción política revolucionaria, se apuesta por una forma de conocer y experimentar sostenida en la interacción, en el movimiento, en el desafío de superar cualquier forma bancaria que promueva las posiciones estáticas de quien sabe y quien no sabe, de quien conoce y quien no conoce. Si el lema favorito de Marx “De omnibus dubitandum” refleja la importancia de la duda, justamente no necesitamos consagrar dogmas ni replicar fórmulas, sino todo lo contrario, necesitamos de la construcción de métodos políticos-educativos que nos permitan reconocernos en nuestras experiencias.

Ricardo.

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[1] Illich, Iván. La sociedad desescolarizada. Editorial Godot, Buenos Aires.

[2] Tesis sobre Feuerbach. Antología Karl Marx. Ediciones siglo XXI.

[3] Fernández, Osvaldo. De las tesis sobre Feuerbach al materialismo histórico. Ediciones Escaparate. Valparaíso.

[4] Antología Antonio Gramsci. “Socialismo y Cultura”. Ediciones siglo XXI.

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