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Ruperto Concha |Economía

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Algo turbio está sucediendo en la economía mundial. Las cifras netas en el mundo desarrollado dicen claramente que los resultados hasta esta fecha no sólo son decepcionantes. Además son alarmantes.

Vea Ud. Alemania, principal y más fuerte economía de Europa, terminó el año en recesión técnica: su Producto Interno Bruto cayó a — 0,2%. El de Francia apenas llegó al 0,2% positivo; el de Gran Bretaña llegó al 0,4%, y el de Italia fue el mejor parado, pues alcanzó un 1,1%. Y, oiga, se esperaba que el crecimiento de todos esos países superase el 2,5% en el curso del año que pasó.

Paralelamente, el endeudamiento de los países de la Unión Europea se mantiene por encima del 70% de su Producto Interno  Bruto.

En Estados Unidos, a la vez, los agresivos intentos de presionar económicamente a China para eliminar el enorme déficit de su balanza comercial, terminaron el 2018 con que ese déficit no había disminuido. Por el contrario, había aumentado a la cifra récord de 478 mil millones de dólares.

En tanto, Washington sigue en cierre de sus operaciones de gobierno, mientras la mayoría demócrata de la Cámara se mantiene empecinada en negarle a Donald Trump un ítem de 5 mil millones para financiar el muro en la frontera con México.

La suma denegada parece ridícula, en un presupuesto del orden del millón de millones de dólares, y todo aparece como un forcejeo de los demócratas que quieren definir quién es más porfiado y más forzudo. Pero, en tanto, la opinión pública se muestra mayoritariamente en apoyo a Trump, como lo exhibe muy bien un twitter de respuesta a una publicación de la prensa opositora.

Un lector del periódico opositor Huffington Post  destacó por twitter que mientras se mantiene paralizado al país para evitar que le pongan un muro a los inmigrantes ilegales, en Estados Unidos, en estos momentos, hay alrededor de 700 mil ciudadanos estadounidenses en situación de indigentes sin casa y sin trabajo.

Ah, y como Ud. recordará, el endeudamiento de Estados Unidos ya superó los 21 millones de millones de dólares, o sea, el 100% de su Producto Interno Bruto.

Sin duda, estas cifras parecen ser el síntoma de una economía muy enferma.

La palabra Economía viene del griego y su significado original era el ordenamiento administrativo de la casa en que uno vive. Y, claro, la Casa de Todos es la Patria.

Los antiguos griegos  observaron que en algunas casas las cosas andaban mejor que en otras, y que ello se traducía en más bienestar y prosperidad. Y no sólo eso. Notaron también que “la plata llama a la plata”, o sea que prosperidad tiende a producir más prosperidad, mientras que la pobreza tiende a producir más pobreza.

Luego el filósofo Aristóteles se fijó en que cuando hay varias personas que tienen  dinero y ganas de comprar algo que vende una sola persona, esta persona, el vendedor, puede sacarle mejor precio a su producto. Y en cambio, cuando varias personas tienen un mismo producto y son pocos los que quieren comprar,  entonces los vendedores sólo pueden cobrar muy barato.

Esa observación de Aristóteles pasó a llamarse  la Ley de la Oferta y la Demanda, y es la espina dorsal de toda la economía. Cuando la oferta de productos es mayor que la demanda, los precios bajan. Y cuando la demanda es mayor que la oferta, los precios suben.

En los tiempos de Aristóteles estaban pasando cosas importantes. Sobre todo cuando Alejandro Magno derrotó al Imperio Persa y obtuvo un tesoro tan gigantesco que hasta el último de los soldados griegos se enriqueció.

Los que volvían a Grecia, traían  sacos llenos de dinero. Y entonces, ¿qué pasó? Pues que los productos de consumo subieron a un precio exorbitante. Veinte veces más que antes del regreso de los soldados enriquecidos. Lo que valía diez, de un día para otro pasó a valer cien o más.

De ahí Aristóteles concluyó que la abundancia de dinero produce carestía,  porque el dinero también está sujeto a la ley de oferta y la demanda. Y esa carestía por excesiva abundancia de dinero es lo que  pasó a llamarse Inflación.

Pronto se entendió que la administración local es también aplicable a una ciudad grande, o a un reino. Así fue que lo que era al principio economía doméstica se convirtió en economía política.

Los señores feudales, los ayuntamientos de las ciudades libres y los reinos, financiaban los gastos públicos, el lujo de las cortes y sobre todo los gastos de la guerra mediante el cobro de impuestos.

Resultaba claro que no se le puede sacar mucha plata en impuestos a la gente que está pobre. Es decir, la riqueza de las clases altas depende de la riqueza de las clases bajas. Que un estado donde la gente es próspera, será un estado rico también, porque podrá recaudar más dinero en impuestos.

Cuando los gobernantes entendieron eso, puede decirse que comenzó la economía en su sentido moderno. Los grandes economistas británicos del siglo 18, Adam Smith, David Ricardo y Thomas Malthus, establecieron que la riqueza de las naciones es un reflejo de la riqueza que tengan las gentes comunes y corrientes.

También desde muy antiguo, se sabía que no sólo producir bienes puede dejar ganancias, también se gana, y a veces mucho más, sin necesidad de producir, sólo comprando lo que otros producen y llevándolo a vender a otra parte, donde se le pueda sacar mejor precio. Pero, para hacer eso hay que tener dinero de antemano o bien hay que tener crédito.

La forma más eficiente de conseguir crédito es arrendar dinero.  Uno ofrece alguna garantía y otro le presta cierta cantidad de plata para hacer un negocio. Y cuando uno devuelve la plata, tiene que pagar algo más de lo que le prestaron, a fin de que el prestamista también obtenga una ganancia por su acción. Esos son los intereses.

Fue así que desde muy antiguo la economía se manifestó en tres áreas bien distintas; la producción, el comercio y las finanzas.

Estas actividades las realizaban casi exclusivamente los particulares. Pero cuando el Estado comprendió que sus ingresos por cobro de impuestos dependían de la riqueza que tuviera la gente, los políticos se dieron cuenta de que era conveniente ayudar a la gente a ganar más dinero.

Al principio el Estado ayudaba realizando obras públicas. Obras de regadío, caminos, puertos y bodegas, y también policías para proteger a los viajeros y comerciantes.

Después la ayuda del Estado se extendió a otros campos. Por ejemplo, vendiéndoles a algunos la exclusividad para producir determinadas mercancías, o para comerciar con ellas. O bien, al revés, poniendo obstáculos al trabajo económico de gente de otros estados. Así se sentaban las bases del llamado “proteccionismo”.

Durante  muchos siglos el proteccionismo fue la norma en la economía de todo el mundo. Hasta que al fin  se descubrió que sin proteccionismo la economía crecía más y se volvía más vigorosa, movía más dinero y por lo tanto pagaba más impuestos.

Entretanto se produjo otro fenómeno importante relacionado con la conquista de América por los españoles.

Ocurre que de América partió un verdadero río de oro y plata que se acuñaba en monedas. Fueron sumas gigantescas, pero esa riqueza no enriqueció realmente a España, sino que pasó de largo y fue a enriquecer a los países más  nórdicos,  que  fabricaban los productos que España compraba para venderlos en América.

Los países nórdicos no sólo se enriquecían con el oro español. Ellos transformaron ese oro en capital empresarial. Crearon fábricas cada vez mayores y mejores. Por ejemplo, ya a fines del siglo 18, Inglaterra producía 20 cañones en el tiempo en que España apenas conseguía fabricar uno. Al fin, España quedó pobre y débil, mientras los nórdicos se hacían ricos y poderosos.

De observar ese fenómeno, se entendió que no es el dinero sino el trabajo productivo el que genera la riqueza. Y entonces surgió otra pregunta. Si es el trabajo el que genera riqueza, ¿por qué los trabajadores mismos no se hacen ricos?

Ahí cobraron fuerza las ideas socialistas. Carlos Marx afirmó que, en justicia, sólo el trabajador es el dueño de la riqueza, y que toda la plusvalía, todo el valor agregado a las materias primas, es fruto de la explotación injusta de  los trabajadores por parte de los empresarios y sus socios políticos.

Según Marx, la plusvalía debe pertenecer a los trabajadores y sus familias, y es el Estado el que debe manejar esas ganancias para redistribuirlas al pueblo.

Sin embargo, en el quehacer mismo de la actividad económica siguieron vigentes las mismas leyes básicas definidas a lo largo de 21 siglos, y según muchos historiadores no llegó a haber una economía socialista sino el llamado Capitalismo de Estado. El Estado simplemente reemplazó a los empresarios privados.

A juicio del ex líder supremo de la Unión Soviética Mikhail Gorvachov, la mayoría de los burócratas que estaban a cargo de la economía soviética carecían de talento y de espíritu empresarial. Y su preocupación sólo era hacer carrera política.

Tras la Primera Guerra Mundial, la Europa demolida había desplazado a Estados Unidos prácticamente todo el oro y toda la capacidad industrial de los estados beligerantes. Y sin embargo esa inmensa riqueza, caóticamente manipulada por banqueros y especuladores que llamaron “Los millonarios silvestres”, desembocó en la gran crisis de los años 1928 a 1932.

El desastre económico de Estados Unidos repercutió en toda Europa y el resto del mundo, amenazando con la quiebra generalizada de las principales empresas. Fue entonces que el Presidente Franklin Delano Roosevelt adoptó la tesis económica de John Maynard Keynes, que apunta a la regulación y la planificación de la economía a través del Estado.

Elegido y reelegido tres veces más, el Presidente Roosevelt impuso el programa político y económico llamado el “New Deal”, que establece que la economía íntegra depende de tres grandes actores. Uno son los empresarios y capitalistas. Dos, los trabajadores y sus organizaciones. Y tres, el Estado que debe conciliar los intereses de los otros dos factores, atendiendo a los intereses de toda la nación.

La misma idea la tomaron otras formas de socialismo, algunos tan dispares como la social democracia occidental, el fascismo italiano y al nazismo alemán

Y en todos esos países esta noción híbrida de socialismo y capitalismo tuvo por efecto en Europa una recuperación económica prodigiosamente rápida. Sin embargo, la nueva economía política no había logrado neutralizar los viejos nacionalismos agresivos y sus nostalgias imperialistas.

Inevitablemente, la combinación de riqueza, capacidad industrial y nacionalismo anticuado desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

Y aun así, tras la victoria de Rusia y sus aliados occidentales sobre Alemania Nazi, la mayor parte de toda la actividad económica de reconstrucción mundial se realizó siguiendo los esquemas keynesianos, del New Deal, con importante participación del Estado sobre la planificación económica.

Todo el proceso de reconstrucción europea fue conducido bajo una visión  keynesiana, aplicada principalmente por gobiernos social demócratas que postulaban el llamado “Estado de Bienestar” en que al régimen de control estatal, se unía fuertes impuestos a las ganancias de las empresas. De hecho la veloz recuperación económica europea se vincula a esa alianza entre los sindicatos y la clase política.

En Alemania, que había vuelto a ser la más fuerte y dinámica economía de Europa, el Partido Social Demócrata fue el principal protagonista hasta 2003, cuando la cúpula del partido abandonó su visión keynesiana y adhirió a la llamada “Tercera Vía”, surgida en el laborismo británico de Tony Blair e intentó dar al gobierno un giro hacia la economía llamada “Neoliberal”.

Bajo la conducción de Gerhard Schroeder, la social democracia impuso en el gobierno medidas que reducían la intervención del estado en la economía, y, al mismo tiempo, alivianó la carga de impuestos a las ganancias de las empresas.

Como era previsible, durante el gobierno de Schroeder la militancia del Partido Social Demócrata cayó en casi un 50%, y ya no volvió a tener suficientes votos para llegar al gobierno.

Tras la caída de la social democracia “renovada”, el gobierno de Alemania pasó a manos de una alianza de los partidos demócrata cristianos, marcadamente derechistas.

Un proceso similar se produjo en los países escandinavos, Italia, Bélgica y Holanda. Y tras la desintegración de la Unión Soviética, en 1990, Europa entera había quedado bajo gobiernos neoliberales que postulaban la reducción del Estado al mínimo y la eliminación de facultades de control, además de una gran reducción de los impuestos.

Los Estados vieron cada vez más reducidos sus recursos financieros y sus atribuciones de control y planificación. Eso, por cierto se tradujo en desfinanciamiento de los programas de bienestar social. Incluso los fondos de pensiones, de educación y medicina social se vieron tan reducidos que la mayoría de los Estados tuvieron que recurrir al endeudamiento para mantener al menos un mínimo de funcionamiento.

Asimismo la política neoliberal logró eliminar gran parte de las trabas gubernamentales que impedían la formación de grandes monopolios y la colusión de empresas para eludir competencia real. Incluso, desde los gobiernos tanto demócratas como republicanos de Estados Unidos en la última década del siglo 20, se eliminaron las prohibiciones de que una misma empresa pudiera tener más de una radioemisora o canal de TV en un mismo condado.

Con ello se produjo un dominio prácticamente total de los medios de prensa y propaganda en manos de las grandes empresas que, además, controlaban la inversión publicitaria que financia los medios de prensa.

Igualmente, se eliminaron los límites y prohibiciones que obstaculizaban los aportes financieros de las grandes empresas a las campañas electorales. Con ello, el capital privado alcanzó un poder sin precedentes para crear y manejar la opinión pública y manipular las decisiones políticas.

Es decir, el neoliberalismo había logrado anular todo el sistema del New Deal, ese sistema que había logrado la asombrosa recuperación económica del mundo tras la Segunda Guerra Mundial.

En casi 30 años de economía neoliberal hubo un crecimiento enorme en la supuesta generación de riqueza. Y junto a ello, las nuevas tecnologías y la automatización del trabajo provocó que la producción de bienes y servicios fuese cada vez más barata, más rápida y empleara cada vez menos recursos humanos.

Pero, claramente, la generación de riqueza iba unida a un “hoyo negro”, que sorbía la riqueza producida, concentrándola en los grandes consorcios transnacionales, y dejando sólo un rebalse mínimo que llegara a los Estados y a la base social.

Igualmente, las nuevas tecnologías redujeron ya dramáticamente la generación de puestos de trabajo, mientras los gobiernos neoliberales modificaban las leyes laborales, debilitando a los sindicatos y provocando angustiosa precariedad sobre los que tenían trabajo.

Simultáneamente, los avances en la medicina, la higiene y la calidad básica de vida de la gente, habían producido un fuerte aumento en las expectativas de vida de la gente.

De hecho, a nivel mundial, ya la población humana tiene una expectativa de vida del orden de los 12 años más allá del referente antiguo de jubilación que eran los 60 años. O sea, actualmente el promedio de vida humana es de 72 años a nivel mundial. Y en el mundo en vías de desarrollo, como Argentina, Brasil y Chile, la expectativa de vida alcanza a los 82 años. O sea, 22 años más que la edad de jubilación.

En esas circunstancias, con los Estados empobrecidos y despojados de atribuciones por la política neoliberal, ya se encuentran incapacitados los países para financiar las jubilaciones. De hecho, ya los gobiernos de Macri, en Buenos Aires y Bolsonaro en Brasil, han anunciado no sólo aumentar en varios años la edad de jubilación. Además, se proponen reducir el dinero que recibirán los jubilados.

¿Por qué fue  abandonado el pacto social del New Deal que había logrado recuperar y enriquecer al mundo después de las dos Guerras Mundiales?

¿Por qué Gran Bretaña, hundida y empobrecida económicamente, sigue gastando casi 60 mil millones de dólares al año en sus Fuerzas Armadas? Y ¿por qué Estados Unidos, que sigue sobreviviendo al fiado, tiene un gasto real de 800 mil millones de dólares en  sus Fuerzas Armadas?

Si se sigue cacareando sobre las maravillas de la economía liberal de libre mercado, ¿por qué demontres entonces la economía está basándose ahora en sanciones, en amenazas militares, proteccionismo y contubernios bancarios para arruinar a algunos países?…

Las cifras y los hechos muestran claro que la economía neoliberal ha fracasado. Y que los tan glorificados instrumentos como el PIB, y el Ingreso Nacional Per Cápita en realidad no sirven para evaluar el rendimiento económico de las sociedades humanas.

Y el supuesto progreso de los últimos años, de los últimos 30 años de globalización  en  realidad no compensa ni los costos humanos ni el costo de la brutal y suicida destrucción del medio ambiente. Eso es real y es concreto

Hasta la próxima, gente amiga. Hay que cuidarse, hay peligro… Pero, con chalecos amarillos, con boinas y con recios pulmones gritadores, hay también más gente nueva con ganas de defender lo que es humano, lo que es natural.

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