Opinión/Sindical| DE LA CLASE TRABAJADORA A LA CLASE MEDIA

El  Neoliberalismo y la despolitización social-sindical.

Lo que aquí se propone, es una mirada histórica de los últimos 70 años en cuanto a la mutación de las formas de organización que han tenido los sujetos asalariados formales principalmente y no formales. Diversos son los nombres con los que tanto la burguesía como el estado han tratado de clasificar para someter – contener a los trabajadores/as desde el principio de los tiempos, a través de la fuerza represiva, a través de la institucionalidad normativa y legislativa, pero también en el contexto socio-cultural y los contenidos simbólicos que intentan situarlo en un espacio utilitario y servil destinado más que todo a obedecer, producir y por supuesto, consumir.

Con la dictadura cívico-militar se rompen formas de organización que habían existido hegemónicamente, dando paso al plan orquestado del neoliberalismo, que no hubiera funcionado de ningún modo sin la fragmentación de la organización sindical, la desaparición y asesinato, en los 3 primeros días pos golpe fueron cerca de 150 dirigente/as sindicales asesinados, con el objetivo de desarticular los que hasta en ese momento en chile eran la masa creadora e impulsora de los cambios sociales en el país, conscientes de su rol no solo en la productividad sino que en la fuerza capaz de conducir al país.

En el periodo pre dictadura Cívico-Militar donde la matriz productiva del país la sostenía la fábrica y la industria en lo urbano, se expresaban relaciones socio-laborales que facilitaba la identificación de un sujeto trabajador capaz de verse y proyectarse como componente esencial de algo mayor. En el pasado, la identificación de clase trabajadora, provenía del reconocimiento junto a otros/as de sus necesidades inmediatas, de la  identificación con su trabajo u oficio, incluso en su vestimenta casco, bototos, overol, “cuellos azules”, con su espacio concreto en que habitaba en comunidad junto a otras/os. La naturaleza del empleo y del mercado permitía que las y los trabajadores pudiesen desempeñarse por décadas en un mismo trabajo, incluso teniendo oportunidades de ascender en algunos casos. La baja rotación y la permanencia en dichos centros laborales permitían desenvolverse en un centro laboral en el cual se conocía a los demás. La construcción al calor de la lucha sindical de poblaciones o barrios obreros al alero de las fábricas previo descuentos por planilla a modo de hipotecarios, facilitó que esos trabajadore/as fuesen al mismo tiempo vecinos perteneciente a la misma junta vecinal, en donde la asamblea sindical muchas veces traspasaba a la vecinal. Compañeros en la fábrica y apoderados del mismo colegio, pobladores que disfrutaban y cuidaban sus plazas, comiendo el mismo pan producido en la panadería barrio. Allí los problemas de todos son de todas, las luchas de todas son de todos. Bajo este contexto urbano observamos que la identificación con un mismo grupo social donde se daban relaciones cara a cara en el tiempo la unidad tendía a ser un factor cotidiano, todos poseían más menos lo mismo o tenían las mismas oportunidades de acceder a símiles. Desde el mundo campesino la cosa no era muy diferente, las cooperativas y organizaciones en base al agua, a las formas tradicionales de vida con distancia de la ciudad, el caserío y el rancho. Las señales anteriores nos indican que existe una presencia de simbolismos tanto históricos como prácticos de una identificación grupal que forma algo, que es parte de algo mayor, altamente identitario y profundamente horizontal en la escala de valorar a los seres por igual sin diferenciaciones más que las con el patrón dueño de la fábrica o del terrateniente dueño de la finca. El neoliberalismo y su diseño impactó directamente a la matriz industrial del país, atomizando y  logrando que ingresen nuevas ideas de relacionarse permeadas por el consumismo, la competencia, la avaricia y la falsa idea de progreso y desarrollo basado en lo material; y es que el modo de producción no se limita a designar solamente la infraestructura económica de la sociedad, sino que representa al todo en su conjunto impactando en las formas en que se construye la misma estructura global de la sociedad.

          En la medida en que cambian los medios de producción, la conectividad con otras regiones y estilos de vida, la creación de necesidades antes inexistentes, van transformando a Chile de un país que presentaba capacidad productiva a uno de servicios, cambiando así los empleos.  Las reformas también hacen lo suyo y el trauma de la dictadura y la persecución genera el temor a la organización y a la exigencia de derechos. El plan laboral destruye los avances conseguidos precarizando a la clase obrera que se sostenía de aquellos beneficios arrebatados. De la misma forma, la mercantilización de los derechos sociales como la educación, la salud y el encarecimiento de los insumos básicos producto de su privatización generan crisis en aquellos núcleos familiares que caían en regímenes nuevamente semi-proletarios.

Con las nuevas formas de generar dinero a través del sector financiero, la venta de intangibles, las importaciones y nuevas necesidades creadas por el consumo, la vieja y romántica organización obrera decae. Los nuevos empleos requieren cada vez más de especialización y tecnificación determinados por certificados validos por las casas de estudios de todos los niveles, se diferencias los salarios y se clasifican de manera diferenciada los trabajadores. La educación se visualiza como el trampolín que a las nuevas generaciones les permitirá obtener lo necesario para vivir de manera acomodada en el futuro. La exclusión de las personas de la periferia de las grandes ciudades implica mayor tiempo y horas de traslado, sumado a empleos que no duran más de 6 meses y donde no existe la posibilidad de identificación ni conocer a los otros genera una mayor atomización. El acceso al consumo logra confundir a las personas, propone que al obtener bajo el crédito y endeudamiento ciertas comodidades superfluas está integrado al mercado de manera exitosa puesto que ciertos símbolos de estatus generan la falsa imagen de no ser pobre, sabiendo que tampoco se es rico, el pudor que ambos conceptos generan deja un espacio fácil de habitar en el imaginario popular, este es el de la Clase Media. Ciertas ocupaciones acercan más a algunos trabajadores cualificados o semicualificados a identificarse con la clase media; la naturaleza de sus funciones con un carácter más ejecutivo o de “cuello blanco” que seguramente requiere menos esfuerzo físico que otros trabajos, probablemente aquello les brinde la sensación de pertenecer a la clase media aunque en estricto rigor su sueldo no se diferencie mucho del obrero y cree al igual que el 70% de los chilenos ser clase media aun cuando su nivel de ingresos está bajo lo $600.000. La clase media en Chile hoy en día para políticos, economistas, “ciudadanos” y empresarios existe, para los Clasista esa existencia es solo simbólica y falaz aunque se concretiza en ciertas práctica basadas principalmente en el consumo. Hoy en día existen “estilos de vida” imperantes, los cuales las personas con o sin ingresos buscan satisfacer igual por medio del consumo y el endeudamiento, tratando de asimilarse a una cultura dominante burguesa de quienes ostentan el poder, quienes buscan higienizar, cristianizar y blanquear el lugar donde habitamos todos. Con la oferta universitaria,  existe un auge en las ultimas 2 décadas de las contrataciones de carácter profesionales en diversos ámbitos, aunque se mantienen las remuneraciones bajas por la contención de salarios para la acumulación y la precariedad en el estado y sus formas contractuales creadas para estos fines.  Existen diferentes maneras de observar aires aspiracionistas en algunos trabajadores asalariados con certificados educativos o beneficios mayores, por ejemplo; es sabido que llamarse “empleados públicos”  y no trabajadores es uno de los principales inventos de diferenciación social en los asalariados del estado, permite gozar del prestigio y estatus social histórico que dichos empleados fiscales han tenido en nuestro país en cuanto a grupo calificado, garante de ciertos beneficios por sobre la media. No en el caso de Honorarios y Contratas quienes son unas victimas más de en este caso el Estado empleador neoliberal que junto a sus reformas históricas utilizan su poder para arrebatar beneficios y precarizar.

Pero en muchos casos en Chile, “clase media” para quienes creen en esas variantes creativas económicas,  la vara solo les mide la capacidad de endeudamiento y  la idea de poder asegurar ciertos hábitos de consumo y otras que se proyectan más allá como el el acceso a la educación de sus descendencias mediante de endeudamiento que No asegura la movilidad social más que ciertos niveles de confort que parecen suficientes para naturalizar casi de manera inconsciente la pertenencia a una “Clase Complaciente”  convencida de que la meritocracia hasta un cierto punto les permite gozar de ciertos accesos y bienes que obedecen a lo individual y que están lejos de lograr la transformación social necesaria.

Adoptar un discurso de Lucha de Clases Marxista profundamente ideologizado y crítico del sistema de producción, logra situar al trabajador en una de las dos clases antagónicas en donde se reconoce asimismo  como quien vende su fuerza de trabajo e identifica claramente a los otros quienes se aprovechan obteniendo plusvalía y acumulación de riquezas a costa de su esfuerzo; Retomar la conciencia e identificación de clase trabajadora es la clave para de manera colectiva recuperar los derechos sociales, luchar contra la desigualdad y permitir que los oprimidos y pobres tengan por derecho legítimo accedo al goce y bienestar de una sociedad plena por la cual trabajan en conjunto, donde la lideren, la conduzcan y la orienten a los suyos a la repartición de la nación y sus frutos y aleje a sus hermana/os de la peor de las violencias, la pobreza que engendra el capital.

Iván Rodo.

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