Crónica de Ruperto Concha|Imperio

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El viernes pasado, 25 de mayo, el presidente Donald Trump asistió a la graduación de cadetes de la Academia Naval de Estados Unidos, en Baltimore, y pronunció un discurso muy notable. Dijo que ya antes los estadounidenses habían logrado domesticar a todo el continente americano. Dijo también que Estados Unidos tiene el poderío militar más grande del mundo y que cada día está haciéndose más y más mayor, para defender la paz, la justicia y la libertad.

Y agregó que no hay nada, absolutamente nada que Estados Unidos no pueda hacer, y que Estados Unidos no le va a pedir disculpas a nadie por lo que ha hecho antes o lo que hará en el futuro.

Bueno, los jóvenes cadetes navales lo escucharon en disciplinado silencio. Pero dos marinos egresados de la Academia, Daniel Barkhuff y William Burke, enviaron de inmediato un twitter al diario Baltimore Sun en que señalan cómo, en cumplimiento de su deber, esos jóvenes marinos tendrán que defender, según sus palabras, “la cobardía personal, el narcisismo y la incompetencia del actual presidente”.

Los dos egresados de la Escuela Naval se explayaron sobre los ejemplos de capacidad y espíritu de sacrificio de tantos graduados a lo largo del tiempo, llenos de profundo sentido del honor personal y profesional. Y concluyen diciendo: “el honor de los marinos contrasta con la persona del actual presidente de Estados Unidos, que una y otra vez toma mezquinas decisiones llevado por su ego, por sus impulsos y su necesidad de autocomplacencia”.

Y concluyen su tweet afirmando: “Él jamás podría hacer lo que le exigimos a los graduados de la Escuela Naval. Él es físicamente un cobarde, es un mentiroso y en ningún caso es un líder.”.

Oiga, ¿se imagina Ud. qué pasaría acá, en Chile, si unos egresados de la Escuela Naval se expresaran así del actual Presidente de la República?…

Bueno, eso es algo inimaginable aquí. Pero Estados Unidos y su Presidente siguen siendo algo muy, muy especial.

Técnicamente, se ha llamado Imperio al dominio político de un estado sobre otros estados, o de un rey sobre otros reyes. El primer Imperio conocido fue el de Sumeria, o Caldea, hace unos 7 mil años, donde la ciudad de Ur sometió a las otras ciudades del sur de Mesopotamia, imponiendo leyes, escritura, sistema comercial y alianza defensiva militar común para todos.

Luego el apacible imperio de Caldea fue invadido por el pueblo semita de Accad, muy agresivo y violento, encabezado por el emperador Sargón. Ahí, el Imperio agregó no sólo dominio y unificación de ciudades de un mismo pueblo. De hecho, Sargón se enseñoreó de otros pueblos, de otras razas, con otras culturas, ya no sólo para unificar, sino para, además, sacar provecho en forma de riquezas y esclavos.

Y así continuó la farándula de los Imperios. A los de Accad siguieron otros imperios semitas de Babilonia, que a su vez fueron vencidos y reemplazados por los persas. Un verdadero chisporroteo de imperios de corta duración, donde invariablemente se producía corrupción y degradación de los imperialistas, tal como lo cuenta la tradición bíblica sobre el mini imperio de Salomón, que supuestamente se extendía desde Egipto hasta el río Éufrates en la frontera persa y, por el sur, hasta cerca de Somalía.

El relato bíblico sobre el Imperio hebreo de Salomón es tremendamente gráfico. Dice: “Andan descarriados, todos se han pervertido. No hay quien practique el bien, no hay ni uno solo”… Y agrega la Biblia: “En vez de administrar justicia, oprimían a los pobres, acechaban y engañaban a las personas. Sus casas estaban llenas de fraudes; y con esos fraudes se han engrandecido y se han hecho ricos…”

“El rey demostraba que ya no era justo. Reavivó la esclavitud de los no judíos. Nombró sacerdotes a personas indignas y se llenó con elementos de guerra”. Tremendo, ¿verdad?

Un destino similar tuvieron los demás imperios de la época, incluyendo el que había impuesto la Atenas del Siglo de Oro, a través de la Liga de Delos. Invariablemente el Poder y la Riqueza terminaban corrompiéndolos hasta que se derrumbaban.

Pero, en el mundo occidental, hubo dos imperios antiguos que transformaron a todas las naciones desde el Asia y la India hasta las Islas Británicas. Fueron el fugaz Imperio del macedonio Alexandra Megás, o Alejandro Magno, y el solidísimo y recio Imperio Romano. El primero no duró más que la juventud de Alejandro, pero tras su muerte se desintegró en reinos q ue, casi a pesar de ellos mismos, amalgamaron las culturas orientales con la cultura griega. Y eso, desde Azerbaiján y la India, hasta la nueva Atenas y el nuevo Egipto. Ya no fue un imperio. Se había trasformado en un paradigma de cultura y civilización que traspasaba las fronteras.

Roma, por su parte, tuvo que aceptar su destino imperial muchísimo antes de enunciar el nombre “Imperium”. Nacida como una gran pandilla de muchachos aventureros y sin familia, ya los primeros romanos, con el mismísimo Rómulo, marcaron sus vidas, sus ganas apasionadas, con una extraña carga de misticismo.

De hecho, fue por una causa mística, por una acción blasfema, que el joven caudillo Rómulo tuvo que matar a su hermano Remo. Por supuesto que esa es otra historia, pero nos hace entender cómo desde su raíz el Imperio Romano estuvo ligado al derecho y la ley como algo sagrado: algo que siendo humano tiene carga divina.

Fue así que, pasando a través de ochocientos años y varias docenas de emperadores depravados, locos o simplemente estúpidos, el Imperio Romano cumplió su destino de diseñar la cultura, el derecho y las instituciones de toda Europa, incluyendo la victoria final del cristianismo.

O sea, el Imperio de Alejandro y el Imperio Romano, cumplieron su destino de penetrar y fecundar a las demás naciones con una cultura más fuerte que cualquier ejército, capaz de modelar a innumerables etnias e innumerables tradiciones, en un solo río intelectual y espiritual que no ha parado de fluir hasta nuestros días.

En Europa, durante la Edad Media hubo un par de pequeños imperios que consolidaron la herencia de Roma. Primero, el de Carlomagno entre los francos, y luego el de Otón, con el Sacro Imperio Romano-Germánico, que produjo el primer Renacimiento en la cultura europea.

Pero luego los mapas griegos y el entendimiento de que la Tierra no es plana sino un globo, lanzaron a los navegantes hacia los océanos inexplorados y ahí surgió un nuevo y terrible imperialismo. El Imperio Depredador, cuya ambición, más allá de cualquiera excusa teológica, racial o moralista, apuntaba esencialmente a agarrar las riquezas que había en lugares lejanos.

En una carrera desenfrenada, españoles, ingleses, portugueses y holandeses, armados con acero y armas de fuego, junto a sus formidables destrezas de tramposos, calculadores y manipuladores, saborearon el oro fácil que arrebataban a esos salvajes fácilmente domesticables, aunque al comienzo opusieran alguna resistencia.

Cuando Cristóbal Colón llegó a nuestra América, en Alemania Martín Ltero cumplía sus primeros nueve añitos. Ocho años después, durante una tormenta, le cayó un rayo tan aterradoramente cerca que, según él mismo cuenta, se tuvo que encomendar a Santa Ana, prometiéndole que se haría monje si le salvaba la vida.

Bueno, un rayo tempestuoso lo llevó a ser el sacerdote que a su vez se convertiría en el rayo que desarticuló a la Iglesia Católica y dio comienzo a la Reforma, con la noción, fíjese Ud., de que la salvación del alma sólo es por gracia del amor de Dios, no se gana ni con buenas obras ni con ritos religiosos, y para alcanzar el Cielo bastan la fe y el arrepentimiento, sin importar qué pecados o crímenes hayas cometido antes.

Asimismo, los protestantes enfatizaron que la Gracia de Dios se expresa en los dones que distribuye a la gente. De ahí que los que son bellos, fuertes, sanos, poderosos y ricos, lo son porque Dios los ama más que a los otros. Y, al revés, aquellos que son feos, enfermizos, débiles y pobres, algo de malo deben tener, ya que Dios los está castigando.

Según el poeta Paul Claudel, el descubrimiento de América estaba predestinado por el nombre mismo del descubridor: Cristóbal Colón, Cristóforo Colombo, que significa “La Paloma que lleva a Cristo”.

Y vea Ud. qué clase de paloma, de hierro, pólvora e insaciable codicia que llega a nuestra América, con unos conquistadores que podían cometer crímenes que luego serían perdonados por Dios, sea por la absolución que le dieran los sacerdotes a los católicos, o por el simple arrepentimiento de los protestantes.

¿Se fija Ud?… Estos nuevos imperios ya nada tenían que ver con los imperios de la antigüedad. Y, sin embargo, más allá de las intenciones imperialistas, los imperios en sí, por puro efecto de la dialéctica histórica, han conservado un rol endiabladamente eficaz para la transformación del mundo.

Y eso, incluyendo el discurso de Donald Trump ante la Academia Naval de Baltimore y la furiosa réplica de los egresados Daniel Barkhuff y William Burke. Se percibe que ahí hay un imperio que está agonizando y muerde como los tiburones adentro de un bote.

De algún modo, Donald Trump nos hace recordar al millonario romano Didius Julianus, quien pagó 25 mil sestercios a cada soldado de la Guardia Pretoriana, y con ello obtuvo ser nombrado Emperador en un remate que hicieron las tropas después de asesinar al emperador Pertinax, en marzo de 193 después de Cristo.

El pueblo romano se enfureció. Lo insultaron, le hicieron toda clase de humillaciones, hasta que fue finalmente, digamos, “destituido”, por decirlo de alguna manera, y lo reemplazó un general que supo poner orden a las tropas y una vez más salvó al imperio.

Las rarezas del gobierno de Trump llegan a ser espectaculares, por su parte. En Israel, tras provocar los estallidos por aceptar el traslado de la capital a Jerusalén, ahora, según la misma prensa israelí, se anuncia que estaría próximo a declarar que Israel oficialmente puede adueñarse de las Alturas del Golán, territorio de la República Siria, ilegalmente ocupado por Israel en la guerra de los 6 días.

O sea, Trump se siente autorizado, él, para regalarle a un país parte del territorio de otro país. ¿No es esa una actitud completamente imperial? El Congreso de los Estados Unidos claramente lo entendió así, y el viernes pasado, por unanimidad, la Cámara de Representantes aprobó una ley que prohíbe terminantemente que Trump o cualquiera otro presidente, pueda declarar una guerra sin autorización del Congreso.

Con ello, concretamente, le bloquearon a Donald Trump su tan anunciada amenaza de guerra contra Irán, y, eventualmente, le están prohibiendo realizar acciones de guerra en Siria, como había amenazado el martes pasado.

En realidad, ya una mayoría abrumadora en la clase política de Estados Unidos, tanto republicanos como demócratas, dan muestras de temor por los arranques y las decisiones súbitas del Presidente. De hecho, las relaciones con Europa han llegado a un punto tan crítico, que los países de la Unión Europea ya han aceptado que todos los negocios y acuerdos económicos con Irán, con Rusia y otros de los países sometidos a sanciones por el gobierno de Trump, dejen de realizarse en dólares y pasen a utilizar euros, yuanes, rublos o, incluso, criptomonedas.

Pero donde más estridente aparece el carácter contradictorio del régimen de Trump, es en Corea. De hecho, en una rabieta, había anunciado, hace poco más de una semana, descartar la cumbre con el presidente norcoreano Kim Yong Un, que se había planeado para el próximo 12 de junio. Luego, tras una sorpresiva cumbre de los mandatarios de ambas Coreas, y los compromisos de China y Rusia de apoyo a Corea del Norte, Trump bruscamente echó pie atrás y ahora anunció que sí, que se hará la cumbre en la misma fecha anunciada, el 12 de junio.

Y, por otra parte, la misma prohibición del Congreso, de que el presidente pueda declarar una guerra sin autorización parlamentaria, se aplica también a las amenazas de Trump de una intervención militar sobre Venezuela y, ahora, también sobre Nicaragua.

Claramente, la clase política, al igual que los altos mandos de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, no quieren por ningún motivo que su país inicie nuevas guerras innecesarias, que, además de ser ruinosamente caras, están llevando a que Estados Unidos pierda a sus aliados más valiosos.

En tanto, también está provocando temor en Estados Unidos el hecho de que en México la candidatura del centro-izquierdista Manuel López Obrador se está confirmando como ganadora en las elecciones presidenciales del 1 de julio. En particular, porque el programa de gobierno de López Obrador enfatiza el principio de no intervención en otros gobiernos, y ya anuncia que no respaldará en ningún caso sanciones o boicot en contra del gobierno de Venezuela.

Y, en Nicaragua en tanto, las organizaciones empresariales descartaron por completo realizar acciones políticas, paros o movilizaciones en contra del gobierno. De hecho, los principales voceros de los empresarios declararon que se oponen a que el gobierno de Daniel Ortega pueda ser destituido.

Para la clase empresarial nicaragüense, si la nación quiere un cambio de gobierno, tendrá que concretarlo en las próximas elecciones y no en aventuras desestabilizadoras. De hecho, hasta las recientes movilizaciones violentas, Nicaragua era el país más próspero y más seguro de toda América Central.

Así, estamos viendo que el endurecimiento amenazante exhibido por Washington y su camarilla de partidarios de la guerra, que encabezan el secretario de Estado, Mike Pompeo, y el Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, hasta ahora ha tenido por efecto debilitar la influencia real de Estados Unidos, aún en contra de los propios mandos militares.

Y, además, la coincidencia o convergencia del régimen de Donald Trump con el de Benjamín Netanyahu en Israel, está haciendo prever nuevas situaciones de extremo peligro tanto para Estados Unidos en el Medio Oriente, como para la misma seguridad del Estado de Israel.

En tanto, en el mundo árabe, el triunfo aplastante de los movimientos shiítas de Iraq, liderados por Mukdatar al-Sadr y Hadi al-Amiri, ambos enemigos jurados de EEUU, es ante todo una derrota amenazante, pues ambos líderes, que obtuvieron la primera y la segunda mayoría en el Congreso, han anunciado su intención de presionar por todos los medios para que Estados Unidos saque su presencia militar de Irak.

Y, como si fuera poco, en Arabia Saudita se intensifican hoy los rumores de que el belicoso príncipe heredero Mohammed bin Salmán, habría sido gravemente herido a bala durante un ataque de parte de otros miembros de la familia real. De hecho, hay sospechas de que el príncipe pueda haber muerto.

El gobierno de Arabia Saudita ha negado esos rumores, e incluso ha mostrado fotografías del príncipe en supuestas actividades de gobierno. Pero, fuera de esas fotografías, Mohammed bin Salman ha desaparecido. Desde hace demasiados días y demasiados rumores, el príncipe sigue sin que lo vea nadie en persona.

Como analizábamos hace algunas semanas, las crisis desatadas por Washington e Israel están haciendo tambalear a la monarquía más poderosa y más rica del Oriente. Una monarquía que se define como protectora del Islam y del pueblo islámico, incluyendo al pueblo palestino, que está siendo masacrado por Israel en la franja de Gaza.

Así, pues, eso que llaman el “Imperio Estadounidense” pareciera acercarse al destino de todos los imperios anteriores. Y ese avance hacia el desenlace histórico generalmente va acompañado de cosas y situaciones ridículas, como en el célebre cuento del Traje del Emperador.

Pero se trata de una comicidad demasiado trágica. Admitamos que también algunos seres humanos ponen caras ridículas cuando están agonizando.

Pero la Historia sigue marchando por su cuenta, por más que los líderes, sean trumposos, putinotes o merkelescos, en fin, crean estar al timón del destino.

El poder de los poderosos procura imponer respeto, y para ello comienzan por meter miedo. Miedo o respeto, ¿se necesitan entre sí? ¿Es posible un respeto sin miedo, un respeto que nazca de las ganas de vivir bien…, de eso que los cristianos llaman “Un Buen Vivir”?

Hasta la próxima, gente amiga. Hay que cuidarse. Hay peligro. Todos los finales son peligrosos

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