Juan Pablo Jiménez: la historia íntima de un luchador social

A 5 años del asesinato de Juan Pablo Jiménez su historia no puede quedar en el olvido.

Originalmente publicado en theclinic.cl el 4 de marzo de 2013.

Juan Carlos Jiménez se dirige, días después de ese cruel 21 de febrero, a la Caja de compensación Los Héroes. Él y su hijo estaban afiliados a la misma institución. Mientras espera sentado a que anuncien su número, se acerca un empleado de la Caja y le pregunta si él es el padre de Juan Pablo. Él dice que sí, pero que anda ahí por trámites personales y no de su hijo. El hombre le pide que lo acompañe. Suben al segundo piso y le preparan un café a Juan Carlos. Le dicen que lamentan la muerte de su hijo, porque era una gran persona. Ahí Juan Carlos se entera que su hijo, en sus tiempos libres, asesoraba al sindicato de la Caja de Compensación Los Héroes. Lo mismo hacía con sindicatos de Coca Cola, Carozzi y el Call Center Conecta. Cuando uno se iba a huelga, Juan Pablo iba a Carozzi a pedirles fideos para la olla común, a Coca Cola a pedir bebidas y así. Su padre no tenía idea y eso, saber que su hijo era tan querido, les ha traido algo de tranquilidad a él, su esposa y sus dos hijas: Carolina y Natalia. La pena, sin embargo, no pasa.

Cuando Juan Carlos y Nancy tuvieron a su primer hijo, hace 35 años, se llevaron una sorpresa. Juan Pablo nació con “pie bot”, una condición que hacía que sus extremidades estuvieran enrolladas hacia adentro. Tuvieron que someterlo a tres operaciones, la primera apenas a los ocho meses. La paciencia y dedicación de Nancy lograron que su hijo pudiera caminar normalmente a temprana edad.

Cuando Juan Pablo tenía unos cinco años, nació su hermano, Cristián. Pero antes de que cumpliera un año una meningitis lo dejó internado en el hospital. Lo iban a ver todos los días hasta que ya no fueron más. Juan Pablo no entendía por qué habían dejado de visitar a su hermano. En ese momento, la muerte de Cristián pareció pasar desapercibida, pero a los 17 años Juan Pablo comenzó a sufir ataques de pánico sin razón aparente. Un tratamiento psicológico llegó a la conclusión de que Juan Pablo nunca pudo tener un duelo y asumir la muerte de su hermano, y eso se estaba manifestando ahora, en su adolescencia. Por eso, Juan Carlos y Nancy aconsejaron a su nuera, Ximena que lo mejor para Benjamín, el hijo mayor del dirigente sindical, era ver a su padre y poder decirle adiós, aunque Juan Pablo ya no seguía con ellos. Así, a sus nueve años, Benjamín se despidió de su padre en una fría sala de hospital.

Juan Pablo, o Pablo, como aún le dice su familia creció en la casa de su abuela en San Miguel. Luego la familia tuvo su propio hogar en un pasaje de Puente Alto. Se reunían las familias y Juan Carlos recuerda que Pablo siempre andaba parando la oreja. Resulta que a principio de los ’80 Juan Carlos trabajaba en una empresa cuando un cuñado le mostró un reportaje de El Mercurio que hablaba de un concepto nuevo: la gratificación anual. Juan Carlos, sin contarle a sus compañeros, se hizo asesorar en la Inspección del Trabajo, con una persona que lo atendía los sábados. Pablo lo acompañaba a esas reuniones y se preguntaba por qué algunos delegados del sindicato dejaban de alegar por los derechos de los trabajadores justo cuando aparecían con camionetas nuevas. Su padre le explicaba las cosas, pero nunca le inculcó un color político. Juan Carlos logró que a todos los trabajadores les pagaran la gratificación anual retroactiva y con el tiempo, pasó a ser delegado del sindicato y Pablo le ayudaba a su padre a redactar los informes que tenía que presentar.

Pero su formación sindicalista no vino sólo de ahí. Desde que era pequeño sus padres notaron su afán por ayudar. Si veía que a un vecino le ladraba un perro, él salía a llamar al animal, y siempre lograba que le movieran la cola. Su padre incluso le decía San Francisco de Asís en talla, porque amaba a los animales. Tanto así, que un día de lluvia llegó con un cachorro bajo la parka. Su mamá le dijo que por ningún motivo quería al animal en la casa, porque le iba a aruuinar el jardín. Pero todos se encariñaron. Le pusieron Willy, pero Nancy encontró muy feo el nombre. La madre de Nancy le encontró cara de mono al perro, así que así se llamó: Mono.

El Mono vivió 14 años y hace poco murió. Antes de eso, cuando Juan Carlos se fue de la casa de sus padres Nancy le dijo que tenía prohibido llevarse a su Mono. Lo había aprendido a querer. En otra ocasión Pablo llegó con un gorrión que se había quebrado una pata. Lo cuidó hasta que sanó y lo dejó ir. Igual que en las películas. También tuvo unos canarios y tortugas. Su hermana le regaló una perra para que tuviera en su casa cuando dejó la de los padres. Pablo le puso Mona.

Antes de eso, cuando Pablo tenía 19, estuvo a punto de partir a Haití. Desde pequeño tocaba la guitarra en una iglesia. Nadie le había enseñado, pero él desde chiquitito fue ingenioso y bueno para armar y desarmar cosas. En su pieza agarraba pilas y les conectaba lucecitas. Así aprendió solito a tocar la guitarra. Después tuvo un grupo con unos amigos del barrio y últimamente colaboraba en la radio popular Enrique Torres. Fue así como en su juventud su espíritu de ayuda a los demás lo llevó a ser misionero del Verbo Divino en la comuna de Puente Alto. Tanto fue su afán que le escribió una carta a su familia despidiéndose, porque partiría a Haití.

Al final no se fue y se puso a trabajar en una fábrica de cajas. Su papá le consiguió la pega porque Pablo no lograba encontrar trabajo en lo que había estudiado. Había salido del colegio Luis Matte Larraín de Puente Alto habiéndose especializado en Mecánica y herramientas, pero en todas partes le pedían experiencia. Con su primer sueldo le pidió a su hermana Carolina, la del medio, que lo acompañara al Mall Plaza Oeste a comprarle alguna cosita a cada miembro de la familia. Su mamá todavía tiene la blusa que le regaló.

Después estuvo estudiando paralelamente, pero junto al trabajo fue mucha carga y finalmente se dedicó a trabajar para mantener a su familia. Porque a los 24 años había conocido a Ximena, su esposa y la madre de sus dos hijos: Benjamín y Francisco. Se conocieron en la playa y nunca más se separaron. Pablo salía en la mañana en bicicleta a su trabajo y volvía en la noche a comer. A veces el exceso de trabajo y su labor por el sindicato le quitaba tiempo de estar con su familia, pero así era Pablo, siempre luchando por lo que consideraba justo.

A veces llegaba con su computador, sus libros y su copia del Código del Trabajo a la casa de sus padres y se ponía a hablar sobre todo lo que se estaba logrando en el sindicato de Azeta, la empresa subcontratista donde estaba trabajando hace más de 10 años. Su familia lo escuchaba atento, pero a veces se cabreaban. Le alegaban que si había ido a estudiar o a compartir. Entonces Pablo dejaba los libros a un lado y jugaba con sus hijos y sus sobrinas. Se agarraban a cojinazos en el living y compartían una colección de autitos que Pablo aún tenía. Después de eso empezaban los chistes y los asados. Porque Pablo era bueno para el leseo, aunque no fiestero. Con su papá se iban de chiste en chiste y podían pasar horas así.

Además de su colección de autitos, Pablo le tenía un gran cariño a su bicicleta. Juan Carlos se armó la suya cuando joven, mientras Pablo miraba. Y ahora Pablo había hecho lo mismo mientras su hijo Benjamín lo veía unir piezas. En esa misma bicicleta Pablo partió después del terremoto a ver si sus abuelas estaban bien, porque les tenía un cariño especial y porque vivían cerca, en San Bernardo. Su abuela paterna, de 93 años, aún no se entera del trágico final de Pablo. No han querido decirle por temor a que no pueda soportarlo.

La bicicleta la fue armando en un taller que se hizo en la casa y como siempre fue busquilla, se dedicaba a arreglar y vender bicicletas. Una vez también se hizo su propio horno de barro y vendió empanadas en Semana Santa. Este año iba a postular a subsidio para poder comprar su casa propia. No alcanzó a hacerlo y cuando Ximena volvió esa noche del 21 de febrero a su casa con sus hijos, la luz que funciona con sensor de movimiento no se prendió. Ahí Benjamín se dio cuenta cómo le iba a hacer falta su padre en la cotidianeidad. Llorando escribió un poema sobre lágrimas saladas que no vienen del mar, sino del corazón. Benjamín siempre ha sido un niño reservado, un viejo chico que aprendió a leer a los cuatro años.

El día de la marcha que se hizo en honor a Pablo, Benjamín quería llevar huevos porque una vez había acompañado a su papá a una marcha frente a Endesa y ahí habían llevado huevos. Pero esta vez no llevaron. Juan Carlos, Nancy, Carolina, Natalia, Ximena y Benjamín sólo llevaron lienzos y poleras que decían: “todos somos Juan Pablo Jiménez”. Iban al frente de la marcha que caminaba pacíficamente por el Paseo Ahumada hacia el sector del Teatro Municipal. No lograron llegar a las oficinas de Endesa, a quien Azeta presta servicios, porque los Carabineros arremetieron con el carro lanzaguas. Carolina, con un embarazo avanzado tuvo que correr. El primer chorro le llegó al resto de la familiay eso les dio rabia porque antes de comenzar habían hablado con Carabineros. Les habían dicho que iban niños y una mujer embarazada, que esto era un homenaje pacífico. Pero eso no importó.

Después partieron con las lacrimógenas y ya todo se transformó en destrozos, desastres, protestas y esas palabras que tanto gustan en la prensa. También tienen rabia contra la empresa, contra Azeta y Endesa. Porque los primeros dijeron que era normal que llegaran balas al patio de la empresa y los segundos dicen que se preocupan de la seguridad de sus trabajadores. Pero hace unas semanas Pablo había estado con licencia porque los arneses que llegaron para trabajar no eran apropiados, sino que eran para andinismo, y él se lesionó un testículo por eso. Les da rabia que el momento en que Juan Pablo recibió el disparo, iba leyendo una carta de la empresa, que decía que ellos se preocupaban por la seguridad de todos, sin importar si eran subcontratados o contratados.

También están enojados con la CUT, con Bárbara Figueroa, porque ella dice estar en contacto con la familia y ellos dicen que no. Nancy dice que a ella le da lo mismo que no la llamen, porque es la madre, pero que ni con Ximena se han contactado. Escuchan a los políticos decir que quieren cambiar el fiscal, pero ninguno ha conversado con ellos. Y ellos están conformes con la labor del fiscal, porque está haciendo su trabajo, dice Juan Carlos. En resumen, no quieren que la labor de Pablo se utilice en el año de campaña. Porque Pablo nunca militó en ningún partido. Ni siquiera votaba, nunca lo hizo. Él era, como le gusta decir a su padre, de la izquierda social, esa que se preocupa por la gente. Por eso hoy dicen que están orgullosos de su hijo, que dio la vida por la gente trabajadora.

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