CANCIÓN DE ENTRE SIGLOS: COMENTARIOS A LA NOVELA DE GUILLERMO RODRIGUEZ

¡Qué tremenda historia! Fue el primer comentario que le hice a Guillermo por su libro, y es que nuevamente nos sorprendía con esa capacidad de crear imágenes a través de una riqueza narrativa tremenda. Me había tomado por completo desde el primer párrafo hasta el último, la novela es de esos relatos que cuando los tomas no los quieres dejar y te pasas la noche o el día hasta terminarlo con sed de saber más, qué va a ocurrir y luego cuando se va acercando el final te vas quedando con esa sensación de pérdida porque ya terminará.

Y es que la literatura del compañero, y en particular esta novela, está marcada por esa mezcla de relato histórico, de ficción narrativa y una dimensión política que resulta significativamente aportadora en términos de formación política.

Cuando la terminé quedé con muchas inquietudes, de explorar, de conocer más, de recoger nuevos aprendizajes de las luchas del ayer para amplificar las del hoy, conocer más acerca de los procesos revolucionarios de nuestros países latinoamericanos, con una sensación nostálgica de lo que pudimos haber vivido y lo que podríamos vivir. Con más convicción que nunca respecto a lo que necesitamos hacer tratando de recoger cada una de las reflexiones que el libro logra despertar con su lectura. Y sin duda, porque cuando una se empapa de la experiencia de lucha desde la voz, desde los lugares en que éstas se dieron y se dan en la actualidad, una se siente un poquito más cerca de aquello que se quiere construir, un lugar donde el compromiso, la calidez humana, la alegría de vivir y de compartir, de ser parte de una historia común, forme parte de la vida cotidiana de todos y todas.

Entonces quedé con la sensación de una promesa de nuevos relatos de los que podamos seguir disfrutando de la pluma del autor y los que podamos construir para nuestra libertad.

Ahora, luego de releer los comentarios que le hice a la versión borrador de la novela, me di cuenta que fueron casi todos observaciones críticas, tales como: que el intento de conjugar estas 3 dimensiones de lo histórico, la ficción y lo político, muchas veces no conversaban con fluidez por el interés de privilegiar la formación política; o bien lo ambicioso de la novela al tratar de abarcar diversos períodos del ayer y el hoy en un relato no muy extenso etc. Como en un intento quizás forzado para no tirarle solo flores al compañero, y tratar de hacer un aporte; sin embargo al darle una segunda lectura al libro, me llevó a profundizar en aspectos que en un primer momento no le di tanta centralidad como lo es el papel de la mujer en el libro, y que sin duda hoy cobra mayor relevancia a un año en que la lucha por la visibilización de la mujer en combate directo contra el machismo, ocupa cada vez mayor espacio en Chile y el mundo.

¿Con qué nos encontramos entonces? Con un texto que entrega una mirada acerca de experiencias organizativas durante la dictadura, que entrecruza y actualiza a través de una novela ficción, con las experiencias de lucha de los últimos años en el país, en donde el papel de la mujer es central para su comprensión. A través de diversos personajes femeninos le va dando vida al relato desde una sensibilidad que recoge el sentir de la mujer desde distintos roles. Un ejercicio no menor para un autor que si bien cuenta con una vasta experiencia para construir cada uno de las historias y personajes, resulta ser un hombre.

Una de los personajes, Antonia, es una mujer adulta, luchadora, madre y abuela, que tras una ruda trayectoria endureció su carácter llegando a ser una mujer decidida y autónoma.

A través de ella el autor nos muestra la violencia por la que las mujeres transitamos a lo largo de nuestras vidas: la inocencia inicial, luego descubrir que somos muchas veces objetos con una suerte cortada desde muy temprana edad, después la violencia machista, el abuso doméstico, el paso hacia la emancipación y el costo que ello implica.

Pero también a través de ella se abren una serie de preguntas que resultan muy interesante y enriquecedoras para quienes nos encontramos en estos momentos planteándonos con mayor fuerza cómo damos la lucha por la liberación de la mujer desde una posición de clase.

Me voy a permitir contarles un pasaje del libro para poder entregarles algunas reflexiones al respecto.

Antonia, durante mucho tiempo fue víctima de la violencia que su marido ejercía hacia ella. Un día se decidió enfrentarlo y arrancar de su destino buscando apoyo en el grupo de la parroquia en la que participaba en ese entonces, en dónde junto a otros jóvenes formaban parte de un taller de guitarra. Antonia se daba cuenta que no era la única golpeada por su pareja, muchas mujeres en la población atravesaban por lo mismo y la necesidad de darles comida a los hijos, cuidarlos y salir adelante las llevó a organizarse y emprender proyectos colectivos que les permitirían combatir la adversidad.

Surge así la idea de una guardería infantil la que junto a otras acciones se fueron encontrando, generando lazos imborrables entre ellas. Y aquí una primera reflexión, que puede resultar evidente pero que al mismo tiempo no lo es para quienes se encuentran atrapadas en la violencia doméstica de manera cotidiana… la guardería les permitió verse así mismas con capacidad de dar respuesta a sus necesidades cotidianas, sus necesidades materiales, que en su gran mayoría son las que alimentan las relaciones de dependencia de las mujeres con sus parejas. Relaciones de dependencia que llevan a perpetuar las relaciones de dominación y violencia al interior del hogar, y que está dada, en buena parte, por el sentimiento de soledad y abandono que esta sociedad nos hace sentir a través del individualismo extremo en el que la crianza está concebida, siendo la mujer quien la asume de manera individual.

El encierro, la falta de contacto con otros va limitando la posibilidad de estrechar redes, y de humanizar esta tarea. Sin embargo, cuando la crianza se vuelve colectiva, cuando las redes de apoyo comienzan a existir entonces la capacidad de empoderamiento comienza a acrecentarse sin retrocesos. Y digo empoderamiento, y además colectivo, porque de lo que se trata es de dar una pelea en conjunto, una pelea que es de todas, y porque además no es posible enfrentarla de manera individual.

Así fue que se encontraron haciendo rifas para juntar la plata, trabajando la madera para construir las camitas y un sin número de tareas que las llevó a establecer lazos de confianza y compañerismo, que las llevó a forjar una identidad común, en la que la capacidad de poder, les hizo cambiar su perspectiva frente a la vida.

“Fue algo muy lindo descubrir que la soledad en que estábamos cada una, era justamente lo más nefasto y negativo en nuestra situación. Fue un punto de partida porque después formamos la Bolsa de Cesantes con algunos maridos, la amasandería, el Comprando Juntos y años después una lavandería. De la noche a la mañana estábamos organizados y juntos nos ayudábamos todas y todos” (pasaje del libro Canción de Entresiglos)

 

En estos días en que como organizaciones políticas revolucionarias, nos planteamos cuál es el desafío de un feminismo de clase hoy, la novela nos entrega elementos históricos, y abre preguntas que nos dan luces para impulsar iniciativas concretas a partir del análisis del rol de la mujer tanto a nivel social como a nivel político. Cuestiones que tienen que ver con problematizar hacia la interna de nuestras organizaciones, por ejemplo, cómo avanzamos en cuidar la participación nuestra en espacios de conducción política y de masas, haciendo tarea de la organización la preparación y el desarrollo de las capacidades necesarias para asumir dichos roles históricamente masculinizados; o cómo avanzamos en enfrentar situaciones de abuso de poder, sexual, entre otros, para frenarlos, entregando espacio para su denuncia así como para enfrentarlos colectivamente donde quien abusa también encuentre lugar para su transformación.

Pero esta problematización también es hacia afuera, por llamarlo de algún modo, respecto al trabajo que desarrollamos a nivel político en lo territorial, en lo sindical, en el trabajo de masas. ¿cómo instalamos y profundizamos el proceso de desnaturalización de las prácticas machistas en lo concreto?

Una de las reflexiones que me surgen a partir de la lectura es que la búsqueda por espacios en los que la mujer logra identificarse con otras mujeres, creando un lugar de pertenencia, permite ampliar los niveles de la conciencia, extendiendo la mirada problematizadora ya no sólo a su situación particular, sino hacia la situación de la mujer de manera más global. De este modo hay un paso entre comenzar a darle cara a la violencia al interior de la casa hacia enfrentar también, la violencia de la pobreza y la necesidad, la violencia del capitalismo, aunque no necesariamente siendo tan consciente de ello.

Hay una frase de una canción que mientras leía el libro me hacía mucho sentido “Un coligue es muy delgado y fácil de quebrar pero si juntamos varios son difícil de doblar”.

No obstante, la autogestión por si misma sabemos que no logra superar las problemáticas más profundas que atraviesan ni al feminismo, ni menos a la clase, pero sí, se presenta como una alternativa necesaria para enfrentar hoy al patriarcado, siendo además una posibilidad de desarrollo para la conciencia de nuestra condición de opresión y explotación, y la potencialidad de que esa misma organización se levante en lucha contra el capital.

Otra de las ideas con las que me quedo dando vueltas, tiene relación con pensar a la mujer en tanto su postergación por la maternidad pero también su contrario, que es la decisión de priorizar la lucha por sobre la maternidad frente a contextos de mayor algidez de la lucha o de clandestinidad. Determinaciones no siempre comprendidas y que nos lleva a problematizar cómo han calado los roles en nuestras conciencias, aún más para quienes nos planteamos un horizonte revolucionario.

Así, a través de las distintas historias que se van enhebrando en el relato, se va desprendiendo que una posición feminista es eminentemente práctica, que no está en la academia ni en la moda burguesa, sino en una experiencia de organización y lucha para enfrentar la violencia del patriarcado. Un feminismo de clase, revolucionario, implica dar la pelea por derribar las barreras de la invisibilización y opresión en la que se nos ha situado, al mismo tiempo en que se hace cargo del contexto social y político que da origen o perpetua esas prácticas, impulsando el camino hacia la liberación desde una perspectiva integral, unida a un pueblo en lucha.

El texto me parece claro en ello, si bien podemos y resulta imperativo comenzar a desnudar la opresión en la que nos encontramos como mujeres y buscar los más diversos mecanismos para enfrentar la condición de privilegio en la que históricamente se han situado los hombres respecto a las mujeres, así como la violencia cotidiana que nos relega al mundo de lo privado, al encierro de lo doméstico, a la anulación como sujetas y a la cosificación permanente en objetos e imágenes como puta o madre, no terminaremos con el patriarcado si no echamos abajo al capitalismo.

El patriarcado es el pilar ideológico que sustenta hoy en gran medida las relaciones sociales de producción. El capitalismo se sirve de la ideología patriarcal, de las instituciones como la familia, para sostener las relaciones de dominación sobre la mujer. La función reproductora que nos es impuesta es una función productiva para el sistema en la medida en que garantiza la continuidad de la clase trabajadora, su socialización en los valores del sistema, entre otros, y por tanto se requiere a una mujer sumisa, sin ideas propias que se aboque de manera casi exclusiva a la reproducción y la crianza. Y que además pueda ser usada para vaciar la pulsión sexual y la rabia acumulada de los hombres tras la explotación cotidiana del capital.

El capitalismo es hoy condición de posibilidad del patriarcado, mientras las relaciones sociales de producción capitalista existan, mientras la violencia de la explotación del hombre y la mujer por el hombre y la mujer existan, no acabaremos con la violencia hacia la mujer. Pero requerimos avanzar en la emancipación de la mujer hoy, e ir adquiriendo prácticas liberadoras que avancen en una significación, en una relación distinta desde y hacia la mujer, puesto que no es el socialismo del mañana el encargado de iniciar la tarea, la violencia es hoy, el abuso lo padecemos hoy y requerimos ir acumulando aprendizaje de prácticas distintas que desnaturalicen a la mujer del lugar pasivo e incluso victimizador en la que está, para que el socialismo no sólo derribe por la fuerza la explotación del hombre y la mujer sino también recoja la experiencia de una relación entre iguales ganada por la lucha emancipadora de la mujer.

Para terminar, la novela si bien recoge la experiencia del pasado viene a actualizar en gran medida los debates, los tensionamientos y contradicciones qué como individuos, organizaciones sociales, políticas, pero principalmente revolucionarias se nos presentan a cotidiano en una sociedad tremendamente machista y patriarcal.

Nos transporta al pasado pero desde la actualidad de la lucha, en un ir y venir que nos permite ir mirando con asombro y expectación el pasado, pero que nos entrega muchos elementos para aprender de las necesidades actuales, mostrándonos que la lucha está más vigente que nunca, que no terminó en la “democracia” la voluntad y la determinación de quienes dieron la pelea.

Por: Consuelo Sepúlveda

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