[HISTORIA] La Patagonia Rebelde y el ajusticiamiento que sí fue

El 27 de enero de 1923 es ultimado de cuatro balazos Héctor Benigno Varela, militar argentino y perro fiel de la burguesía argentina de inicios del siglo XX, autor intelectual de diversas matanzas obreras sucedidas en la Patagonia argentina. La escena, que se presenta como corolario de una serie de sangrientos hechos, está marcada de elementos simbólicos que no dejan de hacernos reflexionar en torno a las implicancias de un ajusticiamiento popular de estas características para el devenir histórico: A Varela lo asesinó un obrero anarquista alemán de nombre Kurt Wilckens, quién nunca propugnó la violencia como parte del accionar político de su vida pero que, enfrentado a los hechos ocurridos, decidió tomar la justicia en sus propias manos y asesinar al vivo reflejo de la represión sucedida contra los obreros estancieros apenas unos años antes. Los mismos cuatro balazos que recibió Varela eran el número con los que este último mandaba a fusilar a los obreros estancieros que participaron de las huelgas en la Pampa Argentina, cerrándose en parte la concatenación de hechos que definieron uno de los acontecimientos más oscuros en la historia del proletariado argentino y sudamericano.

Reproducción de ajusticiamiento a Hector Varela

¿Qué contexto y hechos marcan los sucesos previos a este hecho? Es en este breve artículo donde intentaremos dar respuesta a dicha pregunta.

Debemos comprender que los inicios del siglo XX marcan en toda Sudamérica un alza nunca antes vista en las luchas del bullente movimiento obrero: huelgas, paros, mitines, boicots y acciones directas de todo tipo marcaban la hoja de ruta del proletariado hacia la lucha por sus más sentidas reivindicaciones, en un proceso de clara agudización de la lucha de clases a nivel mundial que tuvo su reflejo en nuestro continente. El propio Luis Emilio Recabarren dijo en su momento que la tierra olía a “sangre y pólvora” en nuestro país, debido a las sangrientas consecuencias que las justas luchas obreras comenzaban a presentar cada vez más seguido.

En Chile en particular, la represión del Estado Burgués no se hizo esperar y las movilizaciones obreras fueron aplacadas con la mayor severidad posible, amparándose en la nula legislación y protección a las y los trabajadores frente a la patronal. Cuenta de ello dan las numerosas matanzas obreras que se sucedieron en nuestro país a inicios del siglo XX: La matanza de los portuarios en Valparaíso durante 1903; el asesinato de cientos de obreros mancomunados en Plaza Colón en 1906; o las tristemente célebres matanzas de Santa María de Iquique durante 1907 o La Coruña en 1925 – y en la cual los núcleos de obreros organizados lograron plantear cierta resistencia al Ejército chileno, mediante el uso de armamento artesanal de diversa índole –.

Masacre da Valparaíso

La ofensiva del capital sobre el trabajo en tiempos de contracción económica provocada por el contexto internacional que se atravesaba hacia 1920 – Coletazos económicos de la Primera Guerra Mundial, Triunfo de la Revolución Rusa, etc. – debía mantenerse de alguna manera, ya que los márgenes de ganancia no podían ser pasados a llevar por un puñado de obreros alzados en búsqueda de sus derechos fundamentales como trabajadores y trabajadoras, y así como la burguesía respondió en Chile a las huelgas y movilizaciones con la violencia más descarnada, así también lo hizo en Sudamérica con emblemáticos casos como la matanza obrera de Guayaquil el 15 de noviembre de 19221 o los hechos que nos convocan en este momento, las matanzas obreras perpetradas en la Pampa argentina bajo el gobierno de Hipólito Yrigoyen.

Condiciones de vida de los obreros en las estancias y estallido de las primeras huelgas

Así como nuestro país vivía bajo gobiernos de la oligarquía que la historiografía ha dado por llamar la “República parlamentaria”, así también en Argentina las clases dominantes estaban definidas por las añosas familias que detentaban el poder desde el anterior siglo. En los últimos compases del gobierno de Yrigoyen, una de estas familias poseía prácticamente toda la Patagonia para sus negocios y la controlaba como su latifundio: eran los Braun – Elías y Sara Braun –, que mediante la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego producían inmensidad de lanares gracias al 1.376. 160 hectáreas que poseían2.

En aquel estado de cosas, con extensos territorios patagónicos dominados por una de las familias más poderosas de la Argentina y un Estado al servicio de la oligarquía de la época, para las y los obreros que trabajaban en las faenas australes no existía posibilidad alguna de esperar buenos tratos o regalías por parte de la patronal, sino que muy por el contrario, el aprovechamiento de la burguesía de un marco político y legal que les entregaba plena libertad de acción en la explotación de las y los obreros se expresaba en extenuantes jornadas de trabajo de más de 12 horas; pago en vales – que recuerdan inevitablemente a las fichas del norte salitrero –; y pésimas condiciones de habitabilidad con los obreros durmiendo en barracas que eran cerradas por fuera durante las noches para así evitar su escape.

Con estas condiciones infrahumanas de trabajo, muy a la sazón de la época en nuestro continente, era de esperarse que la chispa de la organización obrera estallara rápidamente, y así fue como pasó.

Las huelgas de la Patagonia Rebelde

En medio de una fuerte contracción económica para el negocio de la lana debido al sobre stock generado por los alicaídos mercados europeos tras la Primera Guerra, el empresariado del sur austral intentaba mantener sus tasas de ganancia de cualquier manera, y claramente en aquella misión la reducción salarial del proletariado era una de las opciones más viables a la mano. Pero si en años anteriores las reducciones salariales no habían encontrado demasiada oposición de las y los obreros, hacia 1920 el escenario político y las relaciones entre capital y trabajo comenzaron a cambiar de manera brusca. Mucha influencia tuvo en ello la Sociedad Obrera de Río Gallegos, organización obrera que hacia inicios de los años 20 adquiría notoriedad y capacidad de organizar a gran número de sindicatos pertenecientes a la provincia de Santa Cruz, y que llevó a cabo una de sus primeras acciones más avezadas apoyando hacia 1920 la demanda por aumento salarial esgrimida desde los Sindicatos Hoteleros, instaurando las técnicas del boicot y la huelga como puntas de lanza de las manifestaciones que buscaban conseguir las reivindicaciones obreras.

Tras tensos momentos y no pocos desencuentros entre el empresariado local y la Sociedad Obrera, el boicot da sus frutos y termina por hacer retroceder en sus intereses a la mayoría de dueños de hoteles de la zona, incluidos los más reticentes, que debieron pagar indemnizaciones a la Sociedad Obrera por los sueldos no pagados.

Luego de este episodio, en que la Sociedad Obrera de Río Gallegos realizó su primera gran demostración de fuerza, adquiriría notoriedad un nobel dirigente por aquellas tierras: Antonio Soto, obrero anarquista español que era reconocido bajo el apodo de “Gallego” Soto debido a su origen peninsular. De ahí en más, su nombre se repetiría y encontraría notoriedad en gran número de movilizaciones obreras. Algunas de las cuales pasaremos a relatar.

Antonio "el gallego" Soto

Luego del impulso adquirido por el gran triunfo de los sindicatos frente a los empresarios hoteleros, la Sociedad Obrera, de matriz ideológica preferentemente anarquista, comenzaría a llevar la idea3 a diversos lugares de la región y a organizar veladas y conmemoraciones con el fin de propagar sus concepciones ideológicas y políticas al mayor número posible de obreros. En aquel marco, durante septiembre de 1920 estallaría la chispa de las posteriores movilizaciones que terminarían siendo reprimidas a sangre y fuego, con la intención de la Sociedad Obrera de conmemorar al pedagogo anarquista Francisco Ferrer Guardia y la rotunda negativa a la conmemoración de Edelmiro Correa Falcón, gobernador de Santa Cruz y fiel representante de la oligarquía terrateniente, filiación que posteriormente lo llevaría a ser protagonista en los hechos de sangre sucedidos en contra del movimiento obrero en las estancias patagónicas.

La negativa de Correa Falcón por realizar la conmemoración y la respuesta de los gremios mediante boicots y paros terminó por resquebrajar cualquier positiva relación que hubiera existido antes entre el proletariado patagónico y las autoridades locales. De ahí en más, los conflictos comenzarían a resolverse mediante la violencia.

A pesar de la negativa de las autoridades locales lideradas por Correa, la huelga en Río Gallegos se tornó general en búsqueda de las reivindicaciones más sentidas, mediante el apoyo de los recién llegados peones del campo patagónico y rechazando la violencia ejercida hacia los obreros con el fin de reprimir las manifestaciones, declarando:

El paro general del campo ha sido decretado; éste será total, absoluto; desde la fecha no se realizará ninguna de las faenas, incluyendo las de acarreo y transporte, relacionada con los trabajos de explotación de ganadería. Única fuente de recursos en el territorio.

Ignórase todavía cuáles puedan ser las consecuencias de este paro y las proporciones que pueda alcanzar, más aún, si se tiene en cuenta que los trabajadores del pueblo están firmemente dispuestos a secundar con todas sus energías la actitud de sus compañeros del campo. Solidarizándose con ellos en justa reciprocidad y apoyándolos en sus más que justas y legítimas aspiraciones. 

Por ello, y en previsión de ulteriores acontecimientos, así como de futuras eventualidades, la Sociedad Obrera de Río Gallegos, quiere descargar a sus componentes de toda responsabilidad, haciendo recaer ésta sobre los estancieros de la zona Sur del río Santa Cruz, quienes… están demostrando, o la más supina ignorancia, o la maldad más refinada, junto con absoluta carencia de sentimientos de humanidad y altruismo y de ideas de justicia y equidad, al pretender seguir tratando a sus obreros asalariados en la forma brutal en que hasta hoy lo hicieran, confundiéndolos con los hombres de la gleba y de la esclavitud y convirtiéndolos en nuevo producto de mercados repugnantes”. 4

Así el estado de cosas, se sucederán tensos meses cruzados por negociaciones y contra negociaciones que no rendirán fruto debido a la férrea posición de los trabajadores en continuar con la huelga, y cuando la burguesía no logra encontrar soluciones mediante las vías “legales” e “institucionales” echa mano a todas las herramientas que tiene a su disposición, una de ellas, el asesinato. Primero fue el fallido intento de asesinar al Gallego Soto durante 1920, luego las acciones aumentarían en la violencia utilizada y alcanzarían a cualquier obrero implicado o relacionado con la huelga general.

El lugar de los primeros hechos de sangre que implicaron la muerte de obreros insertos en el proceso huelguístico fue Puerto Deseado, donde los ferroviarios y personal estanciero de “La Anónima” se declaran en huelga en rechazo a las acciones violentas de la Policía y la influencia del denominado “Círculo Argentino”, agrupación de notables de derecha que poseía gran influencia en el pequeño pueblo argentino y se encontraba en una férrea disputa política con el resto de habitantes del sector.

La huelga alcanzó ribetes sumamente violentos y la ingobernabilidad era la ley. Entre escaramuzas que protagonizaron los trabajadores y la policía, luego de días de enfrentamientos la coyuntura alcanzó el corolario visto tantas otras veces en la historia del proletariado latinoamericano y mundial, ya que una marcha de presión hacia el local donde se reunía el famoso Círculo Argentino terminó con la muerte del joven obrero Domingo Faustino Olmedo, asesinado por los disparos a mansalva perpetrados por los integrantes del círculo. Se consumaba la primera muerte de un obrero movilizado a manos de la reacción derechista y las tensiones en un ya abierto escenario de enfrentamientos directos no harían más que aumentar.

Debido a las presiones de la oligarquía local, que hablaban de un escenario de absoluta ingobernabilidad en la región; Yrigoyen, el tibio presidente que intentaba por todos los medios no quedar mal con absolutamente nadie, debió actuar y enviar tropas del ejército argentino a terminar de una vez por todas con el conflicto, ya que a pesar de los escarmientos y el asesinato de Olmedo, la huelga general aún no era depuesta. El militar designado para comandar dichas tropas fue Héctor Benigno Varela, quien a punta de amedrentamientos logró que patrones y obreros llegaran a un acuerdo que diera paso al fin de la huelga. La centralidad del acuerdo radica en el reconocimiento de la organización obrera y el trabajo por dar respuesta a sus reivindicaciones más sentidas, lo que a la luz de los hechos observaremos como una gran mentira por parte del empresariado local.

La patronal hizo caso omiso de los acuerdos tomados y no sólo no cumplió con su parte del trato, sino que además permitió y motivó la retención de obreros presos en las anteriores movilizaciones en conjunto con la persecución a dirigentes específicos y cualquier indicio de huelga en el ambiente. Frente a esta nueva arremetida de los oligarcas argentinos la respuesta de la Sociedad Obrera de Río Gallegos no se hizo esperar, llamando a una segunda huelga general en la cual se radicalizaron los métodos de lucha mediante el boicot productivo y la toma de estancias. Hacia fines de 1921 Río Gallegos era una ciudad paralizada por la acción de los huelguistas y las acciones de agitación por parte de éstos no hacían más que caldear los ánimos entre la élite de la Patagonia. Cansados, echaron mano a la herramienta que mejores frutos les había dado si de reprimir la lucha proletaria se trataba: el Ejército. Y no cualquier ejército, sino que uno comandado por el pusilánime Varela, que volvía a Río Gallegos tras haber “mediado” en el conflicto meses antes.

Héctor Benigno Varela, militar ya contrastado en la represión al movimiento obrero5 no dudó en reprimir mediante fusilamientos a los huelguistas una vez llegó a la Patagonia, y poco a poco fueron cayendo los participantes de las huelgas. En el transcurso de un mes, la matanza que se inició el 11 de noviembre de 1921 con el fusilamiento del chileno Triviño Carcomo dejó la sangre de 1500 obreros regada por las tierras patagónicas, perpetrada por Varela pero aplaudida entre las sombras por la oligarquía estanciera, que desde la Liga Patriótica veían al fin destruida la lucha de los obreros de la Patagonia Rebelde.

Cabe destacar en esta lucha la resistencia heroica de José Font, dirigente anarcosindicalista argentino conocido como “Facón Grande” quién a sabiendas del fusilamiento y rendición de muchos de sus compañeros dio la última resistencia al ejército argentino enfrentándose en combate, siendo posteriormente capturado y fusilado por orden del mismo Varela.

Facon el grande
Jose Font

El colofón de estos hechos de sangre tuvo al Gallego Soto como uno de los pocos protagonistas que pudo escapar a la descarnada represión del ejército argentino, ya que montado a caballo y en compañía de otros compañeros emprendió rumbo a Puerto Natales, con el posterior peso que recaería sobre él al ser sindicado por la prensa burguesa de la época como un dirigente que “vendió” a sus compañeros y que incluso escapó con los dineros del sindicato, lastre que debió ser limpiado a punta de decisión y perseverancia por el propio Soto a lo largo de su vida, pero aquella historia es harina de otro costal.

Desde el otro extremo de los hechos, lo que pasó con Varela en los meses posteriores a la matanza no difiere mucho con lo sucedido con Roberto Silva Renard acá en Chile, un genocida de su misma estirpe que fue venerado y ensalzado por la burguesía tras haber consumado una de las matanzas más sangrientas en la historia de Latinoamérica. En el caso de Varela, fue premiado por la Liga Patriótica por su actuación en los hechos de la Patagonia Rebelde, ya que gracias a su actuar la ofensiva del capital sobre el trabajo adquiría su curso “normal” y la precariedad y pésimas condiciones de trabajo volvían a ser la tónica en las estancias argentinas.

Varela, el asesino, sonreía frente al trabajo cumplido, pero lamentablemente para él su final no sería tan feliz como lo fue para los patrones a los que sirvió como sicario.

La muerte de Varela y el ajusticiamiento que sí fue

Tal como se relató al inicio de este texto, comprendemos la muerte de Varela como un verdadero ajusticiamiento político y popular, a manos de un obrero anarquista que nunca propugnó la violencia entre sus ideales, pero que motivado por la crudeza de los hechos acaecidos tomó la solidaridad entre proletarios como bandera y vengó, de cierta manera, a sus compañeros caídos.

No comprendemos la violencia como un mero fetiche, sin fines políticos y con la única intención de causar daño. La violencia ejercida en acciones como ésta es la respuesta a la violencia que previamente fue ejercida por el Estado en sus fines represivos, es una pequeña “vuelta de mano”, que aunque poco significante a la luz del devenir histórico, suele tomar los tintes de la justicia más visceral proveniente de las acciones populares. El propio Igor Goicovic nos aproxima a una comprensión de los ajusticiamientos populares cuando escribe lo siguiente:

Todas las convenciones internacionales lo señalan, cuando el Estado es incapaz de hacer justicia o cuando el mismo se convierte en agente de la injusticia, los sujetos quedan liberados de sus compromisos institucionales. Sí, además, no existen alternativas políticas capaces de ofrecer instancias paralelas de justicia, el hombre puede retomar su estado natural y reparar las ofensas a su arbitrio. Consecuente con ello sólo cabe la legítima reacción de los afectados, de los ofendidos, de los encarnecidos y humillados; sólo cabe personalizar la represión estatal en sus figuras más señeras y descargar sobre ellas la ira y el resentimiento popular, alcanzar, por un breve y doloroso instante, la mínima satisfacción de la revancha; alzar la venganza política y personal como contra discurso frente a la impunidad”.6

Frente a la imposibilidad de subvertir aún el orden establecido por la vía revolucionaria, y enfrentados a la crudeza de la represión estatal que no encuentra justicia mediante las vías institucionales, la venganza popular se torna hacia las figuras más señeras de la represión y la violencia se torna justicia. Pequeña, incapaz de devolver a la vida a los caídos, pero poniendo quizás un pequeño punto de equilibrio en el desequilibrado porvenir de estos hechos de sangre. Al menos aquel que ordenó la matanza de obreros en la Patagonia, en Santa María de Iquique o en las Semanas Roja y Trágica de Chile y Argentina respectivamente “pagó por sus pecados”; la sangre se saldó con sangre.

Tanto en el asesinato de Héctor Benigno Varela como en el intento de homicidio perpetrado en contra de Roberto Silva Renard a manos de Antonio Ramón Ramón creemos que la justicia popular fue aquella que actuó a fin de cuentas; Wilckens decidió tomar en sus manos una venganza por quienes sentía como sus propios hermanos y que en su mayoría no conocía, fue la rebelión de la dignidad colectiva7 de aquel ofendido que devuelve la mano al ofensor mediante la misma vía.

La violencia, por más cruda que parezca la afirmación, terminó pagándose con violencia, la muerte de miles tanto en Argentina como en Chile se saldó en parte con los intentos de ajusticiamiento en contra de dos de las figuras más señeras de la represión en contra del movimiento obrero en Latinoamérica. Varela murió en el acto, Silva Renard padeció dolores por el resto de sus días debido a la acción del puñal, y si bien los muertos por sus órdenes no volvieron jamás a la vida, y quienes mandaron a perpetrar dichas matanzas permanecieron el resto de sus vidas en la más absoluta comodidad e impunidad, algo cambió con estos actos. En palabras de Carlos Vicuña, abogado defensor de Ramón Ramón, en estos hechos obró la “venganza más legítima y más justa, que jamás se intentó”8.

Z/Sur

1 El Telégrafo. Ecuador. 17 de noviembre de 2014.

2 Bayer, Osvaldo. La Patagonia Rebelde, Coyhaique, Talleres Gráficos F.UR.I.A., 2009, p. 4.

3 Acepción con la cual las y los obreros anarquistas de la época denominaban al ideario ácrata en su conjunto.

4 Sociedad de Oficios Varios del Río Gallegos, 18 de noviembre de 1920. Extracto.

5 Cuenta de esto da su activa participación en la “Semana Trágica” de 1909, masacre perpetrada contra los obreros metalúrgicos de la fábrica Vasena, y de la cual se pueden encontrar más antecedentes en: http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/movimiento_obrero_hasta_1943/la_semana_tragica.php

6 Goicovic, Igor. Entre el dolor y la ira: la venganza de Antonio Ramón Ramón. Osorno, Ed. Universidad de Los Lagos, 2005, p. 20 – 21.

7 Ibídem. P. 140

8 Ibídem. P. 110

Agregar un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s